En el centro de este nuevo desacuerdo europeo se encuentra el gigante chino Huawei. Desde hace varios años, la empresa se ha consolidado como uno de los principales proveedores de equipos de telecomunicaciones del mundo. Huawei fabrica, entre otros, antenas 5G, infraestructura de Internet, servidores y soluciones en la nube. Gracias a equipos a menudo menos costosos y, en ocasiones, más avanzados tecnológicamente que los de sus competidores europeos, el grupo chino ha ido ganando cuota de mercado en el continente. Como resultado, numerosos operadores europeos han integrado equipos de Huawei en sus redes de telecomunicaciones.
Pero esta presencia masiva preocupa hoy a Bruselas. Porque, más allá de los simples equipos, las redes de telecomunicaciones se han convertido en infraestructuras estratégicas. Controlar las redes es también controlar una parte de la economía digital, las comunicaciones y los servicios esenciales. Es precisamente esto lo que alimenta las inquietudes occidentales. Desde hace varios años, Estados Unidos acusa a Huawei de mantener estrechos vínculos con el poder chino y de representar un riesgo potencial para la seguridad de las infraestructuras críticas.
Bruselas quiere endurecer las normas de ciberseguridad
Hasta ahora, la Unión Europea se ha mantenido relativamente cautelosa en el caso de Huawei. Pero la situación está cambiando. La Comisión Europea está preparando actualmente una reforma de su legislación sobre ciberseguridad. Su objetivo es permitir la exclusión progresiva de los proveedores considerados de “alto riesgo” de las infraestructuras críticas europeas. Aunque Huawei no se menciona explícitamente en el texto, la empresa china aparece claramente como uno de los principales objetivos de esta futura normativa.
El problema es que Europa se ha equipado ampliamente con estas tecnologías en los últimos años. Reemplazar estas infraestructuras no significaría simplemente cambiar unas cuantas antenas. Implicaría reconstruir una parte importante de las redes digitales europeas. Y la factura podría ser particularmente elevada. La Comisión Europea ya estima que la sustitución de los equipos afectados representaría una inversión de varios miles de millones de euros. Según un estudio encargado por la Cámara de Comercio China ante la Unión Europea, el costo podría incluso alcanzar cerca de 370 mil millones de euros de aquí a 2030 si los proveedores chinos fueran excluidos de numerosos sectores estratégicos.
Alemania y España temen las consecuencias económicas
Es precisamente por esta razón que algunos Estados miembros, en particular Alemania y España, se muestran reticentes ante los proyectos de Bruselas. Alemania mantiene estrechos vínculos económicos con China. Los fabricantes de automóviles alemanes realizan una parte importante de sus ventas en el mercado chino, mientras que numerosas industrias del país siguen dependiendo en gran medida de las cadenas de suministro chinas. Berlín se encuentra, por lo tanto, en una posición delicada. Por un lado, las autoridades alemanas reconocen los retos relacionados con la ciberseguridad y la soberanía digital. Por otro lado, temen las consecuencias económicas de un enfrentamiento con Pekín. Esta preocupación se ve reforzada por las amenazas de represalias formuladas por China. Pekín ya ha advertido que podría tomar contramedidas si Huawei fuera excluida de las redes europeas.
España también comparte esta cautela. Madrid lleva varios años tratando de atraer inversiones chinas, especialmente en los sectores de los vehículos eléctricos y las energías renovables. Detrás de la batalla en torno a Huawei se perfila, por tanto, una fractura más amplia dentro de la Unión Europea. El debate ya trasciende la mera cuestión de las telecomunicaciones. Afecta a la capacidad del continente para alcanzar la soberanía tecnológica sin dejar de preservar sus intereses económicos. Porque la Unión Europea se encuentra hoy atrapada entre dos grandes potencias. Por un lado, Estados Unidos presiona a sus aliados para que reduzcan su dependencia de China.
Por otro lado, Pekín sigue siendo un socio comercial fundamental para muchas economías europeas. La dificultad para los Estados miembros consiste ahora en encontrar un equilibrio entre la seguridad, la soberanía tecnológica y los intereses económicos. Un desafío que podría marcar el rumbo de las relaciones entre Europa y China en los próximos años.
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