La estanflación es la contracción de dos nociones teóricamente opuestas: estancamiento e inflación. En otras palabras, una economía que avanza lentamente mientras los precios siguen aumentando. Es una combinación particularmente difícil de gestionar y, para muchos especialistas, el peor escenario económico posible. En pocas palabras, es cuando todo va mal al mismo tiempo.
El mecanismo que puede desatar la estanflación es relativamente simple. Las empresas ven aumentar sus costes y los trasladan a los consumidores. Los hogares, por su parte, deben destinar una mayor parte de su presupuesto a gastos obligatorios —energía, transporte, alimentación— y reducen el resto del consumo. Al mismo tiempo, las empresas dudan en invertir en un entorno incierto. Resultado: la economía se desacelera. Es precisamente esta combinación —inflación al alza y crecimiento a la baja— la que define la estanflación.
Para entender por qué este riesgo reaparece ahora, hay que observar la situación geopolítica. En las últimas semanas, las tensiones en Oriente Medio, el bloqueo del estrecho de Ormuz y los ataques a infraestructuras petroleras y gasísticas han hecho subir los precios de la energía. El petróleo vuelve a superar los 100 dólares por barril, mientras que el precio del gas se dispara. Y ya se sabe: cuando la energía se encarece, todo se encarece. Los costes de producción, transporte y distribución aumentan, extendiéndose al conjunto de la economía.
Este choque energético pesa tanto sobre las empresas como sobre los hogares, alimentando la inflación y frenando el crecimiento.
Bancos centrales: un dilema sin solución sencilla
Ahora bien, todavía no estamos en una situación de estanflación. En Europa y Estados Unidos, el crecimiento sigue siendo ligeramente positivo y la inflación había sido contenida en los últimos meses. Pero el actual choque energético podría cambiar el panorama. Por ahora, algunos economistas hablan más bien de "slowflation", es decir, una inflación persistente en un contexto de crecimiento débil. Una versión atenuada de la estanflación, pero ya preocupante.
El verdadero problema de la estanflación es que coloca a los responsables económicos ante un dilema. En tiempos normales, cuando la inflación aumenta, los bancos centrales elevan los tipos de interés para frenar la subida de precios. Pero esto ralentiza la actividad económica. Por el contrario, cuando el crecimiento se desacelera, los tipos se bajan para estimular la inversión y el consumo, con el riesgo de alimentar la inflación.
En un contexto de estanflación, estas herramientas dejan de funcionar correctamente: cada decisión conlleva efectos secundarios negativos. Ese es precisamente el desafío al que se enfrentan hoy los grandes bancos centrales: arbitrar entre la lucha contra la inflación y el apoyo al crecimiento. En este contexto, la consigna sigue siendo la prudencia. Todo depende de un factor clave: la duración de la crisis energética. Si las tensiones se alivian rápidamente, los precios podrían bajar y el riesgo disiparse. Pero si el conflicto se prolonga, los efectos podrían instalarse de forma duradera. La historia demuestra que este tipo de situaciones tiene precedentes, como los choques petroleros de los años 70 o, más recientemente, la crisis energética vinculada a la guerra en Ucrania.
La situación, por ahora, está bajo control
Frente a la estanflación no existe una solución milagrosa. Apoyar masivamente el poder adquisitivo mediante subsidios puede ayudar a corto plazo, pero corre el riesgo de alimentar la inflación. Por el contrario, no intervenir puede lastrar el crecimiento. La respuesta más equilibrada suele consistir en orientar las ayudas hacia los hogares más vulnerables y evitar medidas excesivas.
Hoy en día, el riesgo de estanflación es real. Pero, por ahora, las grandes economías se mantienen en una zona de incertidumbre más que en una crisis abierta. Lo que sí parece invariable es esta regla: la inestabilidad económica nunca es buena para los negocios.
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