Es uno de esos menús-pizarra que jalonan las aceras de París. En él se pueden leer los precios del mojito o de la caipiriña, y la habitual mención de "happy hours" traducida al francés como "heures heureuses". Entre las letras hay agujeros: los impactos de las balas de kaláshnikov que segaron esos momentos de despreocupación. Porque esta pizarra es la de La Belle Équipe, una de las terrazas parisinas donde decenas de personas fueron asesinadas durante los atentados del 13 de noviembre de 2015.

"Es uno de los primeros, si no el primer objeto, que los visitantes podrán descubrir en el recorrido permanente, porque es especialmente significativo", explica Claire Lartigue, responsable de colecciones para la misión de preparación del Museo-Memorial del Terrorismo (MMT), quien nos guía por las reservas. "En un solo objeto está la vida cotidiana de esos parisinos que querían disfrutar de las ‘horas felices’ en la terraza y que recibieron de lleno toda esa violencia, visible a simple vista. Lo cuenta todo". 

"Dar sentido a los sufrimientos padecidos"

El recorrido permanente ocupará unos 1.000 m² dentro del antiguo cuartel de bomberos de Lourcine. La apertura al público está prevista, como muy pronto, para 2030.

Con esta doble denominación, Museo-Memorial, ¿qué pueden esperar los futuros visitantes? El objetivo declarado en su manifiesto es "dar sentido a los sufrimientos padecidos", evocando la historia del terrorismo y, al mismo tiempo, siendo un lugar de homenaje a las víctimas.

"La mayoría de los museos, memoriales o centros se concentran en un periodo o en una temática. Nuestro proyecto es único porque tiene la ambición de trazar 50 años de historia del terrorismo en Francia y de atentados que han afectado a franceses en el extranjero a través de tres ejes de reflexión", explica Claire Lartigue.

Una reserva secreta para una colección única

Más de 2.500 objetos se han reunido desde el inicio de la recogida en 2021. Se guardan en un hangar de la región parisina cuya dirección se mantiene en secreto. Allí están protegidos por medidas de seguridad reforzadas y por un aire con bajo contenido de oxígeno que favorece su conservación.

Al final de un laberinto de pasillos fríos se encuentra una sala de 60 m². En estanterías metálicas, cajas de distintos tamaños, numeradas, contienen estos objetos preciosos.

Una particularidad de la colección es que el 70% son pruebas judiciales: piezas recogidas por los investigadores y utilizadas durante procedimientos judiciales. Estas piezas encajan perfectamente con el proyecto, ya que dan testimonio tanto del atentado como de su impacto y del modo en que la sociedad lo trata a través de su sistema judicial, desde la investigación hasta el juicio.

"Estos elementos de investigación pueden ser de cualquier tipo, lo que da una diversidad particular a nuestra colección", señala Claire Lartigue. "Hay muchos documentos en papel y digitales, pero también textiles, armas o incluso objetos cotidianos". 

Donaciones con un fuerte valor simbólico y emocional

En el tercio restante de la colección hay algunas compras, como una colección de dibujos realizados durante el juicio de los atentados del 13 de noviembre. Pero sobre todo hay donaciones de supervivientes y familiares de víctimas.

"Estos objetos, muy variados, son extremadamente queridos por los donantes e importantes para nosotros", explica Lartigue. "Mientras que las pruebas judiciales cuentan la investigación, la donación cuenta la historia del objeto, que es lo que realmente le da sentido". 

Algunos supervivientes entregan un objeto inicialmente banal que adquirió un significado especial porque lo llevaban consigo durante el atentado. Otras familias donan objetos que representan a su ser querido fallecido y sus pasiones. También existe un sistema de depósito, es decir, una especie de préstamo en lugar de una donación definitiva.

Un objeto encontrado en el desierto

Entre los objetos se encuentra la hebilla de un cinturón de seguridad con el metal dañado y las correas desgarradas. Procede del atentado contra el vuelo UTA 772, destruido por una bomba colocada por Libia el 19 de septiembre de 1989 mientras volaba sobre el desierto del Ténéré, en Níger.

"La historia es sorprendente", explica Claire Lartigue. "Fue Guillaume Denoix de Saint-Marc, hijo de una de las víctimas, quien fue al lugar del accidente y la encontró allí, en pleno desierto, 17 años después".

Es uno de los objetos más fuertes relacionados con ese atentado: un elemento de seguridad arrancado violentamente, con la inscripción de la desaparecida compañía UTA, al que se suma la singularidad de su descubrimiento.

Las múltiples facetas del terrorismo y la memoria colectiva

Todos estos objetos son como piezas de un rompecabezas que permiten comprender las múltiples facetas del terrorismo y el sufrimiento que provoca a lo largo del tiempo y el espacio.

Las piezas más antiguas evocan atentados de los años 1970, como las fichas de búsqueda difundidas por la policía alemana para miembros de la Fracción del Ejército Rojo, organización de extrema izquierda responsable, entre otros actos, del ataque con granada al drugstore Publicis en París en 1974.

También se prevén préstamos e intercambios con instituciones memoriales y museos estadounidenses y europeos.

Muchos objetos permiten además abordar atentados que causaron víctimas francesas pero que “están menos presentes en la memoria colectiva porque ocurrieron en el extranjero”, explica Lartigue. “Cuando el recuerdo se desvanece, el objeto está ahí para recordar una realidad tangible.”

Ese es el caso de un rosario multicolor donado por un superviviente francés del atentado con vehículo en Las Ramblas de Barcelona el 17 de agosto de 2017. Henri Desmoulins lo llevaba consigo —se lo había regalado su abuela— cuando ocurrió el atentado. Refugiado en un bar, lo sacó para encontrar consuelo y varias personas comenzaron a rezar con él.

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