Hoy en día, si uno busca autos de marcas chinas como BYD o MG Motor en territorio estadounidense, no encontrará —prácticamente— ninguno. Para empeorar aún más las cosas, Washington aplica, entre otras medidas, aranceles del 100 % a los vehículos eléctricos chinos. Pero todo esto podría cambiar.
De hecho, Donald Trump parece estar dejando ahora una puerta abierta. Su idea: permitir que un fabricante chino instale una fábrica en Estados Unidos, siempre y cuando contrate a trabajadores estadounidenses.
El presidente estadounidense toma además como ejemplo a los fabricantes japoneses. Toyota, Honda o Nissan llevan mucho tiempo fabricando autos en Estados Unidos, en fábricas estadounidenses y con trabajadores estadounidenses.
En cambio, Donald Trump no quiere bajo ningún concepto que los fabricantes chinos fabriquen sus autos en otros lugares para luego exportarlos a Estados Unidos. El objetivo es, sobre todo, evitar que los vehículos eléctricos se ensamblen en México, donde los costes de producción son más bajos, antes de venderse en el mercado estadounidense.
Los fabricantes estadounidenses temen la competencia china
Esta posibilidad no gusta en absoluto a la industria automovilística estadounidense. Seis grandes organizaciones que representan a una gran parte del sector piden formalmente a Donald Trump que abandone cualquier proyecto de este tipo.
Su argumento es sencillo: permitir la entrada de un nuevo competidor, especialmente poderoso, en un mercado en el que los fabricantes estadounidenses ya han invertido decenas de miles de millones de dólares podría, según ellos, generar una competencia desleal.
Y si los fabricantes chinos dan tanto miedo, es porque su cuota en el mercado mundial del automóvil ha crecido considerablemente en los últimos años, sobre todo en el ámbito de los coches eléctricos. Grupos como BYD han desarrollado vehículos a precios muy competitivos.
China también controla gran parte de la cadena de producción, especialmente en el sector de las baterías. El resultado: los fabricantes chinos han adquirido una importante ventaja industrial frente a varios fabricantes occidentales tradicionales.
Esta cuestión también se plantea en Europa. Pero para el consumidor estadounidense, la llegada de nuevos competidores podría ser, en teoría, una buena noticia, ya que supondría autos más baratos. De hecho, el precio medio de un auto vendido en Estados Unidos ronda los 50.000 dólares.
La paradoja de la estrategia estadounidense
Para los fabricantes estadounidenses, el problema radica precisamente ahí. Temen no poder competir en igualdad de condiciones con las empresas chinas, que cuentan no solo con una industria muy potente, sino también con un importante apoyo por parte de las autoridades chinas.
La paradoja de la estrategia estadounidense es, por tanto, bastante clara. Por un lado, Donald Trump quiere reindustrializar Estados Unidos atrayendo inversiones extranjeras y creando empleo en el país. Por otro lado, considera a China un competidor estratégico y sigue tratando de limitar su influencia en los sectores considerados sensibles.
El encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping podría, por tanto, permitir ver si esta apertura hacia los fabricantes de automóviles chinos constituye una verdadera vía de negociación o simplemente una declaración destinada a ejercer presión sobre Pekín en el marco de unas conversaciones más amplias entre las dos potencias.
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