Hay que conducir a toda velocidad al entrar en Jersón, localidad situada a escasos dos kilómetros de la línea del frente, para evitar ser perseguido por un dron ruso. La carretera está además parcialmente protegida por redes destinadas a detener estos artefactos de muerte. Según Oleksander Tolokonnikov, jefe adjunto de la administración regional de Jersón, serían muy eficaces.
«Utilizamos diferentes tipos de redes para detener los drones», explica. «Hay redes con orificios de distintos tamaños que pueden frenar tanto los drones como las cargas explosivas que lanzan. Y no se trata solo de redes: contamos con sistemas de interferencia contra drones y, por último, con unidades móviles que pueden dispararles y derribarlos».
Resignados a morir en cualquier momento…
A pesar de todo, los drones regresan una y otra vez a Jersón, según los pocos habitantes que no han huido de la ciudad. La atmósfera es sombría. Pero Vika ha decidido tomar un café al aire libre con una amiga, desafiando el frío y la amenaza. Se ha acostumbrado a la idea de morir en cualquier momento. Y apenas tiene 16 años.
«Cuando escuchas el sonido de un dron, no sabes qué te va a pasar, si vas a poder llegar a tu destino o si el dron te va a alcanzar. Entonces me escondo bajo los árboles, sí, ¡los árboles! Es una apuesta», cuenta la adolescente.
… o encomendarse a Dios
Esconderse bajo los árboles, una protección irrisoria. Ludmila, en cambio, prefiere encomendarse a Dios. Esta mujer de 71 años, envuelta en su abrigo acolchado, salió a hacer una diligencia. «Antes de salir de mi casa, le rezo a Dios para que me acompañe, para que no me pase nada, ni a mí, ni a mis hijos, ni a mis nietos, ni a mi iglesia», explica.
El 80 % de los habitantes ha huido de Jersón. Solo permanecen las personas mayores, los funcionarios y sus familias. Para ellos, la vida pende de un hilo.
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