A París, donde vivió durante 16 años desde mediados de los años sesenta, Bryce Echenique la describe como una ciudad que parecía aburrirse antes de las manifestaciones de Mayo del 68. En la universidad, recuerda, "teníamos que aplaudir después de cada curso".
A esta ciudad llegó "atraído por los mitos de Henry Miller y Ernest Hemingway. París, la fiesta de París". Pero luego descubrió que "la fiesta, en realidad, no existía. Uno ponía música y la portera subía a gritarle a uno, a decirle que se callara la boca. Había mucha mezquindad".
Bryce Echenique reconoce también haber vivido momentos de una "bohemia muy violenta", especialmente en sus primeros años en Europa, pero insiste en que la escritura exige una disciplina rigurosa y una vida organizada. Esta dualidad entre caos y orden forma parte de su personalidad y de su proceso creativo: periodos de exceso seguidos de periodos intensos de trabajo.
El escritor peruano confiesa asimismo que siempre tuvo una capacidad para escaparse "hacia otros grupos sociales". Tenía, por ejemplo, una "relación entrañable" con los empleados que llevaban trabajando desde hacía muchos años en la familia. “Recuerdo siempre que después de terminar de comer con mis padres y hermanos, yo pasaba al comedor de 'los sirvientes', como se les llamaba entonces, tan duramente. Me quedaba con ellos hablando, contándoles anécdotas y haciéndolos reír". Le gustaba desde joven entablar amistad "con personas de otros medios sociales, lo que les chocaba profundamente a mis otros amigos, mis amigos naturales, los de mi colegio (…) siempre hubo en mí una atracción por aquello que me debía ser extraño, aquello que me debía ser ajeno", dice.
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