"Al principio, los cruceros eran más bien un turismo de lujo. Pero con el paso del tiempo, a partir de los años 70, vimos que los cruceros se democratizaron y se abrieron a las clases medias. Hoy en día, incluso hay cruceros de bajo costo. Se ha convertido en un turismo de masas. En los últimos veinte años, los barcos han duplicado tanto su tamaño como su número. Tenemos barcos cada vez más grandes y cada vez más numerosos", constata Fanny Pointet, responsable de transporte marítimo en la ONG Transport et Environnement.
Ciudad flotante
Esta carrera hacia el gigantismo seguramente no va a detenerse pronto. Prueba de ello es el relanzamiento de un proyecto utópico o de pesadilla: el Freedom Ship. Este "barco de la libertad" consistiría, de hecho, en vivir encerrado en una ciudad flotante de 1,5 km de largo. Podrían vivir allí de forma permanente 50.000 personas. El "barco" podría transportar a un total de 80.000 personas, contando a los turistas y a todo el personal. Una verdadera gran ciudad, con escuelas, oficinas, un hospital, un museo, un estadio de fútbol… Un proyecto que, sin embargo, deja algo escépticos a muchos expertos.
"¿De verdad la gente querrá vivir hacinada?", se pregunta Fanny Pointet. "En ese caso, ¿por qué no vivir en una isla si es para ver el cielo azul y el mar todo el día? A nosotros nos hace pensar: realmente hay una carrera hacia el gigantismo que nada detiene".
Contaminación gigantesca
Este gigantismo tiene un costo: la contaminación. Aunque los cruceros representan solo el 1 % de todos los buques del mundo, contaminan relativamente mucho más, debido a su tamaño. Un crucero emite 20.000 toneladas de gases de efecto invernadero al año, tanto como 10.000 autos.
También está la contaminación del aire, particularmente peligrosa para la salud humana cuando los barcos están en el puerto. Y allí permanecen mucho tiempo, para que los turistas paseen, mientras las chimeneas escupen sus humos muy sucios. "Tenemos partículas finas, óxidos de azufre, óxidos de nitrógeno, y todo esto puede provocar enfermedades respiratorias y cardiovasculares en las personas que respiran todas estas partículas finas", destaca Fanny Pointet.
Barcos prohibidos Ante esta contaminación, y todos los daños colaterales que causan los cruceros, algunos puertos han tomado una medida radical: su prohibición, en Niza, Ámsterdam o Venecia, donde los barcos amenazaban la laguna e incluso los cimientos de la ciudad lacustre más bella del mundo.
Hay otras soluciones posibles. En Marsella, desde hace un mes, los cruceros apagan sus motores y se conectan a la red eléctrica, tal como lo exigirá una normativa europea en todos los puertos europeos en 2030. También existen nuevos combustibles, un poco menos contaminantes, pero que son más caros. El sector promete alcanzar la neutralidad de carbono en 2050.
Ballenas muertas
En alta mar, los cruceros también son un problema, especialmente para la fauna marina, debido al ruido, que resulta muy perturbador. Por no hablar de las colisiones de las que son víctimas los cetáceos. "Un barco que va muy rápido, que es muy grande, si choca de frente con una ballena, esta no tiene muchas posibilidades de sobrevivir", resume Fanny Pointet.
La ONG IFAW aboga por una reducción de la velocidad de todos los barcos. "Una simple reducción de la velocidad del 10 % permitiría reducir a la mitad el riesgo de colisiones con las ballenas y en un 40 % las emisiones sonoras submarinas generadas por el tráfico marítimo", argumenta Aurore Morin, responsable de la campaña de Conservación Marina de IFAW. Una medida fácil de implementar, que también tendría efectos beneficiosos para el clima. Pero, mientras tanto, los cruceros siguen causando estragos.
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