En los sectores automotriz, químico y siderúrgico, sus líderes vendían la excelencia alemana por todo el mundo. Y es precisamente este pilar industrial el que, desde hace cinco o seis años, no deja de resquebrajarse. Empezando por el sector automotriz: según un estudio exhaustivo de la consultora EY publicado en febrero, la industria automotriz ha perdido más de 140.000 empleos desde 2019. Desde entonces, los gigantes alemanes Volkswagen y Mercedes han anunciado planes de recortes drásticos y el probable cierre de varias fábricas en territorio alemán. Un terremoto. Las razones son múltiples: el fallido giro hacia los vehículos eléctricos, la competencia china, el costo de la energía agravado por las guerras en Ucrania y en el Medio Oriente, y las repetidas guerras comerciales desencadenadas por Donald Trump han socavado un segundo pilar de la economía alemana: el comercio internacional.

La industria automotriz es la más afectada, es la más simbólica, pero no es la excepción, es la regla: es todo el modelo alemán el que hoy está en tela de juicio.

Este descenso está directamente relacionado con el voto de la extrema derecha: el 10 % de los votantes de la AfD están desempleados. Es más que en cualquier otra formación política, pero es incluso de 5 a 10 veces más que en los llamados partidos de gobierno. En otras palabras, existe una correlación directa entre el desempleo —que es consecuencia de todo lo que acabamos de describir— y los resultados de la extrema derecha.

Pero eso no basta para explicar el resultado del domingo. Para ello, hay que hablar del declive demográfico que afecta a Alemania. La población alemana disminuye año tras año. El fenómeno no es nuevo, pero se está acentuando: en 2025, el número de nacimientos alcanzó su nivel más bajo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad, la inmigración ya no logra compensar la disminución de los nacimientos, hasta tal punto que el año pasado el país perdió 100.000 habitantes. Y este fenómeno afecta especialmente a las regiones de la antigua Alemania Oriental, como Sajonia-Anhalt. Regiones que, en el momento de la reunificación hace 35 años, ya habían sufrido un éxodo masivo y el cierre de fábricas. Hoy en día, estas regiones en crisis son también las que menos atraen a la población inmigrante. Los turcos, los sirios, los ucranianos y los inmigrantes europeos se establecen principalmente en las grandes ciudades del oeste para encontrar trabajo.

Las proyecciones de los demógrafos prevén que, con excepción del Gran Berlín, las regiones de la ex RDA podrían perder entre el 6 % y hasta el 25 % de su población para el 2045. Y tal vez ahí radique toda la paradoja de este voto a la AfD: los votantes de Sajonia-Anhalt respaldan a un partido que ha hecho de la lucha contra la inmigración su prioridad, cuando lo urgente sería revitalizar estas regiones atrayendo a una nueva población. Pero eso sería pasar por alto la dimensión xenófoba del voto a la extrema derecha. Ahí ya nos salimos de la economía y entramos en el ámbito de la sociología.

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