Rara vez se habla del alcohol como un pilar de la economía mundial. Sin embargo, el sector tiene un gran peso: el mercado mundial del alcohol se estima actualmente en unos 1,7 billones de dólares. Un peso económico comparable al de grandes industrias como la automovilística o las telecomunicaciones. Si el tema vuelve a ser noticia en este mes de enero es, en primer lugar, debido al “Dry January”, ese mes sin alcohol en el que las ventas suelen alcanzar su punto más bajo. Pero esta vez, el bajón estacional oculta una realidad más preocupante.
Por primera vez en décadas, la industria mundial del alcohol muestra claros signos de agotamiento a largo plazo. La desaceleración ya no afecta solo al consumo o a las ventas, sino que ahora impacta directamente en la producción. Durante mucho tiempo, el alcohol se ha considerado un mercado refugio, capaz de resistir las crisis económicas, impulsado por el crecimiento demográfico, la globalización y el aumento del nivel de vida. Sin embargo, esta dinámica parece estar hoy en día estancada, o incluso llegando a su fin.
Sobreproducción y existencias récord: un desequilibrio creciente
En concreto, los grandes grupos mundiales del sector se enfrentan a una situación delicada. Los volúmenes se estancan o retroceden, las existencias se disparan y, sobre todo, la demanda ya no sigue el ritmo de la capacidad de producción. Según las cifras recopiladas por el Financial Times, cinco de los mayores productores de alcohol que cotizan en bolsa poseen por sí solos cerca de 22.000 millones de dólares en existencias de bebidas espirituosas. Un nivel sin precedentes en más de diez años. En otras palabras, el alcohol se ha vuelto demasiado abundante para un mundo que bebe menos. Y este desequilibrio tiene un coste directo para las empresas productoras: inmovilización de capital, presión sobre los márgenes y futuros ajustes industriales.
Una caída sostenible y mundial del consumo
El “Dry January” ilustra una tendencia más amplia. La abstinencia temporal forma ahora parte de las tendencias de consumo a largo plazo. En Francia, por ejemplo, las ventas de alcohol en la gastronomía caen más de un 20 % en enero y, lo que es más importante, no recuperan su nivel anterior en los meses siguientes. Año tras año, el consumo disminuye mecánicamente. Y el fenómeno va mucho más allá del ámbito franco-europeo. En Estados Unidos, el primer mercado mundial de bebidas espirituosas, las ventas de vino están disminuyendo, mientras que las de cerveza se mantienen estables. En Asia, las generaciones más jóvenes consumen menos alcohol que sus mayores. Como resultado, las previsiones muy optimistas formuladas hace una década, que apostaban por el auge de las clases medias consumidoras, no se están cumpliendo.
Este cambio de ciclo se explica por varios factores. La salud se ha convertido en una variable económica por derecho propio: los consumidores tienen cada vez más en cuenta el coste sanitario en sus decisiones de compra. El poder adquisitivo también desempeña un papel clave: en un contexto inflacionista, el alcohol, a menudo de alta gama, se convierte en un gasto secundario. Por último, el cambio generacional es determinante: los menores de 35 años beben menos que sus padres y salen de forma diferente.
¿Hacia un “pico” en el consumo mundial de alcohol?
Ahora se plantea abiertamente la pregunta: ¿se ha alcanzado el pico histórico del consumo mundial de alcohol? No se trata del fin del alcohol, pero, al igual que el petróleo o el tabaco, el mercado podría entrar en una larga fase de estancamiento, o incluso de lento declive. Para el sector, el reto es enorme. En los próximos años, tendrá que adaptarse a un mundo en el que el alcohol ya no es un producto central de la sociabilidad, sino un consumo más ocasional.
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