Los bosnios han acudido a las urnas para elegir a los tres miembros de la Presidencia tripartita, uno bosniaco, uno serbio y uno croata, la composición del Parlamento estatal y las instituciones de las dos entidades que forman el país: la República Srpska, de mayoría serbia, y la Federación de Bosnia y Herzegovina, donde conviven bosniacos y croatas. Un complejo sistema institucional heredado de los Acuerdos de Dayton, que pusieron fin a la guerra en 1995.
Con un 38% de participación, estas elecciones han mantenido la mayoría nacionalista en las diferentes asambleas. En la Federación, el Partido de Acción Democrática (SDA) se mantiene como la principal fuerza bosniaca, mientras que la Unión Democrática Croata de Bosnia y Herzegovina (HDZ BiH) conserva el peso político entre los croatas. Ambos partidos nacionalistas son defensores de la integración europea y del alineamiento con el bloque euroatlántico.
Por su parte, en la República Srpska, ha ganado Savo Minić, candidato de la Alianza de Socialdemócratas Independientes (SNSD), partido de Milorad Dodik. Este, aunque no podía presentarse tras su inhabilitación, ha seguido marcando la campaña de su partido y defendiendo una mayor autonomía de la entidad serbobosnia, así como el acercamiento a Rusia y Serbia.
Ante la victoria de su candidato, Dodik ha declarado: “Este es un resultado similar al de hace 20 años. Y ahora me pregunto: ¿qué haremos entonces en los próximos 20 años de desarrollo?”
La continuidad nacionalista también se refleja en la Presidencia tripartita. Así, Denis Bećirović, candidato del Partido de Acción Democrática (SDA), obtuvo el puesto bosniaco; Darijana Filipović, de la Unión Democrática Croata de Bosnia y Herzegovina (HDZ BiH), el correspondiente a los croatas; y Željka Cvijanović, candidata de la Alianza de Socialdemócratas Independientes (SNSD), se hizo con el puesto serbio.
Estos resultados electorales muestran que los bosnios han elegido la continuidad de las principales fuerzas nacionalistas que llevan años dominando la política del país, marcada por profundas diferencias étnicas y políticas que dificultan el funcionamiento de las instituciones. Una decisión que marca, además, el proceso de integración europea, condicionado por la capacidad de las instituciones estatales y de las entidades para superar sus bloqueos políticos.
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