Decenas de miles de personas llevan más de dos semanas saliendo a la calle en Albania. Todo empezó con una imagen: la de un activista arrastrado por unos guardas en el parque de Narta-Vjosa, el espacio natural protegido amenazado por los planes inmobiliarios de la familia Trump. Esa imagen hizo estallar la rabia ciudadana y desde entonces las protestas no se han detenido.
Cada día, los manifestantes se congregan en la plaza Skanderbeg de Tirana y desde allí marchan por las calles de la capital. Sus exigencias son claras: la dimisión del primer ministro, Edi Rama, y el apartamiento del líder de la oposición, Sali Berisha. El primero ha respaldado el proyecto inmobiliario; el segundo no se opone a él. Los cánticos lo resumen sin ambages: Rama a prisión, Berisha a prisión.
La respuesta de Rama no ha contribuido a calmar los ánimos. "Gente incivilizada", "estúpidos como animales": así ha descrito el primer ministro a quienes protestan en las calles. Las palabras han alimentado aún más la indignación.
"Ha llegado el momento de iniciar el proceso de democratización"
Pero detrás de la chispa que encendió estas protestas —el proyecto Trump en la laguna de Zvërnec— hay un trasfondo más amplio, según explica la arquitecta Doriana Musaj: "Después de 35 años, ya ha llegado el momento de iniciar el proceso de democratización que llevamos tanto tiempo esperando". El activista Melitjan Nezaj lo concreta en términos jurídicos: "Es inaceptable. No se puede cambiar una ley que firmaron antes".
La movilización se ha extendido ya a otras zonas del país, donde han surgido protestas contra proyectos similares. Todavía no es un movimiento político articulado. Pero sí una sacudida a un sistema.
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