Son las diez de la mañana en un supermercado de Ámsterdam. Una señora coloca un café, un pan y una botella de leche sobre la caja registradora. Cuando saca un billete de veinte euros, la cajera sonríe y señala un pequeño letrero: "Solo pagos electrónicos." Hace apenas quince años, esa escena habría parecido extraña. Hoy ocurre miles de veces cada día. Sin embargo, mientras los Países Bajos avanzan hacia una economía casi sin efectivo, su propio banco central envía un mensaje sorprendente: el dinero en efectivo sigue siendo indispensable.
¿No es una contradicción?
En realidad, es una de las lecciones económicas más importantes de la última década. Y es una lección que la República Dominicana haría bien en observar con atención.
El laboratorio europeo de los pagos digitales
Los Países Bajos figuran entre los países con menor uso de efectivo del mundo. Hace apenas diez años, más de la mitad de las compras en comercios todavía se pagaban con billetes y monedas. Hoy, más del 80 % de las compras en puntos de venta ya se realizan electrónicamente mediante tarjetas, teléfonos móviles o relojes inteligentes.
La transformación fue extraordinariamente rápida.
El éxito no se debió únicamente a la tecnología. También influyeron la enorme confianza en el sistema bancario, una excelente infraestructura digital, el acceso casi universal a cuentas bancarias y el desarrollo de soluciones sencillas de pagos instantáneos como iDEAL y los pagos sin contacto. Para millones de neerlandeses, pagar se ha convertido en un acto casi invisible. Ya no se piensa en el dinero; simplemente se acerca el teléfono al terminal y la compra queda completada en cuestión de segundos. La economía gana velocidad.
¿Por qué todos salieron ganando?
La digitalización de los pagos ofrece ventajas difíciles de ignorar. Los consumidores disfrutan de mayor comodidad, rapidez y seguridad. No necesitan llevar efectivo encima ni preocuparse por el cambio. Además, cada transacción queda registrada automáticamente, facilitando la gestión de las finanzas personales. Para los comercios también representa un avance importante. Menos efectivo significa menos errores de caja, menos robos, menores costos de transporte y almacenamiento de dinero y una conciliación contable mucho más sencilla. El Estado también obtiene beneficios. Las transacciones digitales aumentan la transparencia, dificultan el lavado de activos, reducen parte de la evasión fiscal y ayudan a disminuir el tamaño de la economía informal.
Desde un punto de vista económico, el balance parece evidente. Si los pagos digitales son más rápidos, más baratos y más seguros, ¿por qué seguir utilizando efectivo? Precisamente aquí comienza la parte más interesante de la historia.
La paradoja que nadie esperaba
Mientras el efectivo desaparecía de la vida cotidiana, el Banco Central de los Países Bajos empezó a preocuparse… por protegerlo. ¿Por qué defender un medio de pago que cada vez utilizan menos personas? Porque el dinero ya no se analiza únicamente desde la perspectiva de la eficiencia. También debe analizarse desde la perspectiva de la resiliencia. Una economía moderna depende completamente de la electricidad, de internet, de los centros de datos, de las telecomunicaciones y de sistemas informáticos extremadamente complejos. Mientras todo funciona, apenas somos conscientes de ello. Pero basta un gran apagón, un ciberataque, una falla masiva en una red bancaria o una crisis geopolítica para que millones de personas descubran que no pueden pagar absolutamente nada. En ese momento, el dinero en efectivo deja de ser un símbolo del pasado para convertirse en el único sistema de respaldo que continúa funcionando.
Factores como la guerra en Ucrania, el aumento de los ciberataques contra infraestructuras críticas y varios incidentes tecnológicos en Europa han cambiado profundamente la forma en que los bancos centrales observan el efectivo.
Ya no lo consideran una reliquia. Lo consideran un componente esencial de la seguridad económica nacional. Por eso, mientras la sociedad utiliza cada vez menos efectivo, el Estado trabaja para garantizar que siga existiendo.
El efectivo también protege a las personas
La segunda razón es mucho menos tecnológica y mucho más humana. No todos vivimos la revolución digital de la misma manera. Pensemos en una persona mayor que nunca utilizó una aplicación bancaria. O en alguien con baja alfabetización digital. O en una persona con discapacidad visual que encuentra más sencillo utilizar billetes que navegar por una aplicación móvil. Una economía completamente digital puede terminar excluyendo precisamente a quienes más necesitan inclusión.
Durante una visita reciente a los Países Bajos, observé cómo una señora mayor intentaba pagar con efectivo en una pequeña cafetería. El establecimiento aceptaba exclusivamente pagos electrónicos. Finalmente, otro cliente pagó su café con tarjeta y ella le entregó las monedas.
La operación terminó realizándose… gracias al efectivo. La escena duró apenas unos segundos, pero ilustra un debate mucho más profundo: la innovación no debe convertirse en una nueva forma de exclusión social.
¿Quién tiene razón?
Cada vez más empresas prefieren eliminar el efectivo. Y existen razones perfectamente comprensibles: menores costos, menos robos, más rapidez, mayor eficiencia. Pero también existe el interés colectivo. ¿Debe un ciudadano poder utilizar el dinero emitido por su propio banco central? Los Países Bajos están intentando encontrar un equilibrio entre ambos intereses. El Gobierno y el banco central están impulsando medidas para garantizar que el efectivo siga siendo accesible y aceptado en los servicios esenciales, incluso en una sociedad altamente digitalizada. No se trata de frenar la innovación. Se trata de garantizar que nadie quede atrás y que la economía siga funcionando cuando la tecnología falle.
¿Qué puede aprender la República Dominicana?
La República Dominicana se encuentra en una etapa muy diferente. El efectivo sigue desempeñando un papel fundamental, impulsado en parte por una importante economía informal y por diferencias en el acceso a los servicios financieros. Sin embargo, el cambio ya ha comenzado.
La República Dominicana también está viviendo su propia transformación. Cada vez es más común pagar con tarjetas de débito o crédito sin contacto, mientras que la banca digital permite abrir cuentas, contratar productos financieros y realizar múltiples gestiones sin salir de casa. Paralelamente, futuras soluciones como Pago al Instante y las inversiones realizadas por bancos y empresas fintech están modernizando el sistema nacional de pagos. La tendencia es clara: el país avanza hacia un ecosistema financiero cada vez más digital, eficiente y conectado. El reto consiste ahora en acelerar esa transformación sin perder de vista la inclusión financiera y la resiliencia del sistema.Este proceso ofrece enormes oportunidades.
Digitalizar los pagos reduce costos, mejora la competitividad, facilita la formalización empresarial y amplía el acceso a servicios financieros para miles de personas que antes permanecían excluidas. Pero precisamente porque la República Dominicana aún está construyendo ese sistema, tiene una ventaja extraordinaria. Puede aprender de quienes ya recorrieron ese camino. Puede aprender tanto de los éxitos como de los desafíos observados en Europa. Puede diseñar desde el principio un sistema de pagos que combine eficiencia, inclusión y resiliencia.
Cinco lecciones para el futuro
La experiencia neerlandesa deja cinco enseñanzas especialmente valiosas. Primero, seguir impulsando la digitalización de los pagos porque genera productividad, competitividad y crecimiento económico. Segundo, invertir tanto en educación financiera como en alfabetización digital. La tecnología solo crea valor cuando las personas saben utilizarla. Tercero, facilitar el acceso de pequeños comercios a soluciones digitales sencillas y de bajo costo, evitando que las comisiones se conviertan en una barrera. Cuarto, fortalecer la resiliencia del sistema nacional de pagos mediante inversiones en ciberseguridad, infraestructura crítica y planes de continuidad operativa. Y quinto, preservar el efectivo como mecanismo de respaldo. No porque represente el pasado, sino porque puede resultar esencial cuando el futuro deja de funcionar durante unas horas.
Mucho más que una discusión sobre dinero
Durante años pensamos que el progreso consistía en sustituir los billetes por teléfonos móviles. La realidad ha demostrado algo bastante más interesante. El verdadero progreso no consiste en eliminar opciones. Consiste en disponer de varias. Cuando todo funciona, los pagos digitales son extraordinarios. Son rápidos, eficientes y cómodos. Pero cuando algo falla —un apagón, un desastre natural, un ciberataque o una caída masiva de las telecomunicaciones— el efectivo deja de ser una costumbre antigua para convertirse en la red de seguridad de toda la economía.
La República Dominicana tiene hoy una oportunidad excepcional. No necesita escoger entre efectivo o pagos digitales. Puede construir un sistema mejor que combine ambos. Un sistema donde la innovación impulse el crecimiento económico, donde nadie quede excluido por falta de conocimientos o acceso a la tecnología y donde el país pueda seguir funcionando incluso cuando la infraestructura digital falle. Porque, al final, una economía verdaderamente moderna no es aquella que elimina el efectivo. Es aquella que nunca deja de funcionar.
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