Todo hecho artístico de la creación literaria está sujeto a interpretaciones de su tiempo y no como el escritor lo desea o lo haya soñado.

Llama la atención, al pedírsele explicación al denunciar (el poder sustentado en una ideología, la iglesia o un lector desaprensivo o acucioso) por las obras ya escritas, a veces por su vida, las fuentes que dieron origen a la obra, teniendo que dar una respuesta que "convenza" al que cuestiona por lo interpretado en esa escritura.

En el caso de la vida o de la obra, a veces la vida supera a la obra, cuando es todo lo contrario que se persigue, que la obra supere a la vida. Una condensada en el pasado y la otra, la obra, en la lectura.

Las dos pueden verse sometidas a ambas penas a la vez. En caso de que la obra supere a la vida, puede haber problemas. Si la vida es más novelesca. Llama la atención el hecho de que la vida sea más poética en un libro, un lienzo, o cualquier otra manifestación artística. Lo anterior podría ser válido para este tiempo en el que importa más la vida (al público), que la obra, o eso aparenta suceder. "¡Pero, por Dios, no es a mi vida que quiero que destaquen sino a mi obra!" Grita el autor desde la eternidad o desde el espacio vacío que quiere que se llene de su vida biológica.

Los escritores que les deben a una obra determinada su ascenso, su fama como también todos los males del mundo, por sus obras de creación, porque en ella plasmó "actos reñidos con la moral vigente, política, personal, etc.… de seguro que no la va a pasar muy bien". Ante estos últimos la ley les "tuerce el cuello" a esos actos reñidos con las "buenas costumbres", con la "moral vigente", principalmente por la obra escrita, desencadenando hasta el crimen, aún bajo la premisa del artista haberla creado contraria a la ley o por "encima" de la moral vigente.

Un poco de historia

El caso del poeta modernista peruano José Santos Chocano, el autor de Fiat lux (1908), que se vio envuelto en un crimen con todas las de la ley en la década del veinte. Otro caso el de Oscar Wilde, autor de El retrato de Dorian Gray (1891), sin crimen cometido sino por la moral mojigata de su tiempo. El proceso en que se vio envuelto a finales del siglo XIX; no bien cumplió su condena estaba condenado a muerte y como tal murió en París, a lo César Vallejo en su poema: "Piedra negra sobre una piedra blanca". Mucho antes, el novelista Gustave Flaubert, al publicar la novela Madame Bovary (1856), al poco tiempo tenía abierto un proceso judicial en torno al tema y al tratamiento narrativo de la novela, al igual que Charles Baudelaire, con su sulfúrico poemario Las flores del mal (1857). Ambos fueron "absueltos" como personas, aunque se eliminaron por orden judicial algunos poemas, pero eso no evitó que ambos —los poemas y las novelas—, además de ser obras maestras en su estilo escritural, temas y decenas más de atributos que tienen que ver con la calidad de las obras, pasaran a ser obras maestras; todavía son leídos con pasión.

Ponderar lo que pasaba en los países de órbita socialista con los autores que publicaban obras condenadas al ostracismo por los temas contrarios al statu quo (críticas), por oler contrario a las ideas imperantes, es harto sabido. Procesos que tuvieron su mayor auge en la era de J. Stalin y de la órbita socialista; sin contar las decenas de escritores "menores" que fueron expurgados, asesinados y desaparecidos de la órbita socialista en nombre del nuevo dios de las lides e ideas políticas: el comunismo. Es el caso de Boris Pasternak, autor de El doctor Zhivago (1957), y Aleksandr Solzhenitsyn, con El archipiélago Gulag (1974). La lista llevaría hasta el cansancio y algo más.

En nuestras aguas caribeñas, se recuerda a Cuba. No bien triunfó la revolución (1959), aconteció el caso Heberto Padilla, poeta, con su libro Fuera del juego (1968). Algo a resaltar es que los que verdaderamente se ven envueltos, con todos los despliegues publicitarios y las ventas de miles de ejemplares, son los narradores, no los poetas. Heberto Padilla es un caso especial, no como venta. A los poetas no se les da la importancia de sus colegas novelistas. La razón podría ser que la novela se lee más que la poesía y no cualquier poema tiene el efecto de una novela ante el público. No todos son Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda (1924).

Una vez en el exilio, al escritor no necesariamente como antes de irse le espera la alfombra roja esperada y soñada, sino que comienza su peregrinaje o vía crucis, su prueba de fuego más por las obras por publicar. Las publicadas son publicadas de nuevo para reafianzarlas, mas no las que escribirá en el futuro. Son publicadas y publicitadas y podrían ser hasta mejores, pero algo pasa. No les atrae con la misma fuerza espiritual al lector nuevo y viejo, que empieza a destacar diferencias. No pasa lo mismo que con el autoexilio, como les pasó a la mayoría del boom latinoamericano, en que la nostalgia por el país de origen tiene otros efectos a los que expulsan o se va para evitar que los maten. Cuando el exiliado no produce obras de calidad como las que escribió estando en la "opresión", empieza a arrastrar los fantasmas de las obras anteriores. Tal es el caso de Cabrera Infante con sus Tres tristes tigres (1968). No volverá a escribir una obra ni igual ni parecida en calidad literaria. El exilio político real parece que trae a la imaginación del escritor la ruina en todos los órdenes, y tras su muerte, como despedida oscura, una reseña en cualquier periódico recordándole a los lectores las vicisitudes del autor fallecido y el título más importante de la obra por la que se le recordará.

Amable Mejia

Abogado y escritor

Amable Mejía, 1959. Abogado y escritor. Oriundo de Mons. Nouel, Bonao. Autor de novelas, cuentos y poesía.

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