Corría el año 1980 cuando ingresé como abogado a la firma Russin Vecchi & Heredia Bonetti y me encontré allí a un abogado norteamericano que marcaría mi vida profesional para siempre.
William Cecil Headrick había llegado a Santo Domingo en 1974 con un perfil sobre todo académico, luego de estudiar derecho en Yale (1961) y en la UNAM (1967) y ser profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Puerto Rico y en la de Montana. Su compañero de Yale, Dominic Perenzil, socio de Kirkwood Kaplan Russin & Vecchi en la oficina de Colombia, se lo había recomendado a Luis Heredia Bonetti para atraerlo a la oficina de Santo Domingo.
De inmediato hice una buena relación con él y a pesar de que mi práctica se concentraba en el área de litigio y la de él en la consultoría, sobre todo en negocios, se convirtió, junto a Roberto Rizik, en mi consejero en el inicio de una carrera en un ambiente judicial permeado por la corrupción.
Me enseñó la importancia de mantener al cliente siempre bien informado de la evolución de sus casos, de que se enteraran por mi vía de las noticias buenas como de las malas, de admitir los errores y trabajar para corregirlos, de profundizar en los temas y ahorrarles tiempo a jueces y clientes escribiendo solo lo necesario, reduciendo el uso de adjetivos calificativos.
Maestro de la sintaxis, me criticaba continuamente la extensión innecesaria de consultas y escritos, que bien podían escribirse con menos palabras, como lo demostraba en sus fichas de sentencias de la Suprema Corte de Justicia, en las que resumía un precedente en uno o dos párrafos, y que luego dio lugar a su Compendio Jurídico Dominicano, obra indispensable en la práctica del derecho para abogados y jueces.
Su vocación por la investigación lo llevó a recomendar que la firma RV &HB adquiriera en Francia la majestuosa obra de Jurisprudencia General Dalloz, que recopila la jurisprudencia, legislación y doctrina francesa año tras año desde 1821. Cuando formamos nuestra firma de abogados, también adquirimos esa colección, que solo aparecía en librerías especializadas cuando una oficina francesa cerraba o algún abogado francés que la tenía moría.
Era un personaje muy singular. Tenía un vehículo que prácticamente no usaba pues prefería ir en bicicleta al trabajo y a las reuniones, lo que le valió una crítica pues los clientes podrían equivocarse sobre el tipo de abogado que era. Aceptó la crítica y abandonó la bicicleta para entonces llegar a pies. Llevaba a sus hijos al colegio a pies, sobre todo a la pequeña Cecilia, una dominicana que él y su esposa Inga adoptaron para que fuera hermana de sus dos hijos, Allan y Marck.
Un par de veces al año cambiaba su maletín de abogado por su mochila de caminante impenitente por las cordilleras dominicanas. En varias ocasiones lo acompañé. Él y yo, solo con mochilas, subimos al Pico Duarte, cruzamos desde Constanza hasta San Juan de la Maguana, y varios recorridos más que él conocía al dedillo.
También era un hombre de motocicleta. Tenía dos: una Harley Davidson y una BMW con side car, y también tuve la oportunidad de acompañarlo en moto por la geografía nacional, sobre todo por la zona fronteriza, algunas veces en la Harley, y otras en el side car de la BMW.
Como buen gringo cumplía religiosamente con el día de acción de gracias y creó la costumbre, antes de yo conocerlo, de invitar a su casa para almorzar pavo a toda la oficina, primero en RV&HB y luego en HRAF. Cuando se retiró, Mary y yo continuamos la tradición en nuestra casa, y hasta hoy continuamos, reuniéndonos todos el cuarto jueves de cada mes de noviembre, y William venía a almorzar con nosotros desde su retiro, hasta que hace unos años su situación de salud se lo impidió, pero participaba por teléfono.
Enemigo de la mentira y de ocultar información que la firma o los clientes debían conocer, o poner en papel o expresar hechos divorciados de la realidad. Su franqueza era notable y decía lo que tenía que decir sin inmutarse, por más duro que fuera.

Un hecho que lo describe fue cuando decidimos formar nuestra propia firma. Los cuatro socios fundadores discutíamos qué tiempo de preaviso debíamos dar a RV&HB. Roberto, Mary y yo pensábamos en 30 días. William dijo que 11 meses. Nos dijo que para sustituir a un abogado dominicano en República Dominicana 30 días podían ser suficientes, pero para buscar un abogado norteamericano y entrenarlo en derecho dominicano, se requerirían por lo menos 11 meses. Así de preocupado estaba de que nuestra salida no generara perjuicios a la firma que dejábamos.
Pero William fue el arquitecto del contrato de sociedad bajo el cual nació nuestra firma de abogados. Yo quería tener asegurado un ingreso fijo mensual garantizado que me permitiera cumplir con mis obligaciones, pero la regla que se adoptó fue la de que los socios recibirían un avance de salario que luego se complementaría con su producción, si era positiva, recibiendo un suplemento, pero si era negativa devolviendo a la firma la diferencia.
También se afianzó el concepto de firma de abogados, que consistía en que los clientes y los ingresos, así como los gastos, eran todos de la firma y que había que darle prioridad a la firma por encima de los socios y asociados.
El nombre de la firma es un dato curioso. La idea de la firma fue originalmente de William y Roberto, que luego de tener ya acordado su creación, nos invitaron a Mary y a mí al proyecto. Había otro abogado invitado al proyecto, que informó que su apellido debía estar en el nombre de la firma, a lo que William y Roberto se opusieron pues ellos dos habían sido los de la idea y proponían que se llamara Headrick y Rizik, como se llamó el primer año. Eso provocó que el quinto potencial socio abandonara, pero Mary y yo propusimos que luego de un año William y Roberto evaluaran, ellos dos solos, si merecíamos que nuestros apellidos figuraran en el nombre de la firma, como ocurrió. Tanto William como Roberto se habían ganado nuestra confianza, que nunca fue defraudada.
Hoy nuestra marca es Headrick, aunque nuestro nombre sigue siendo Headrick Rizik Alvarez & Fernández.
Cuando William cumplió 65 años se retiró, como lo tenía planificado. Pagaba sus impuestos en República Dominicana, pero sobre todo en los Estados Unidos para tener derecho a una pensión. Eligió establecerse en Durham, Carolina del Norte, donde no conocía a nadie, solo porque su universidad, Duke University, tenía una biblioteca que le permitiría retomar su vocación de investigador.
En su “retiro”, desde Durham, publicó Tendencias Actuales del Derecho Francés, Los Derechos Humanos en Europa y América, Derecho Francés y Common Law: pasado y presente, La Familia en Derecho Dominicano y Francés, y Cuasicontratos en derecho francés y dominicano, que se unieron a su Compendio y a Diez Años de Jurisprudencia Civil y Comercial (1997-2007), para dejarle a la República Dominicana un legado invaluable, pues todas sus obras están dirigidas a la práctica y a la academia dominicanas, aun aquellas trabajadas desde los Estados Unidos.
Antes y después de su retiro, William impartió docencia en la Escuela Nacional de la Judicatura, colaborando con ella en la formación de los jueces e incluso donando a la Escuela el derecho de autor de su Compendio, que dio lugar a El Headrick en la ENJ, para su consulta en línea y a trabajos posteriores de recopilación jurisprudencial de la Escuela, bajo su supervisión.
De Durham, pasó a vivir en Austin y luego en College Town, Texas, ciudades donde residía su hijo Mark y en esta última ciudad murió este 11 de septiembre de 2026, a los 89 años. Mary y yo lo visitamos tanto en Durham como en College Town y todos en la firma lo recordamos cada día, orgullosamente, con su apellido como nuestra marca, y cada vez que se envía un correo, como yo desde falvarez@headrick.com.do, pero sobre todo con su ejemplo, que nos dejó de legado.
Hasta siempre Bill.
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