El título del presente artículo evoca un poema de César Vallejo, “uno de mis dioses particulares”, para usar una expresión a la que acude Miriam Germán Brito cuando habla de sus artistas favoritos. Pero esta reflexión trasciende el horizonte de lo poético y entra de lleno en el plano de lo ético para vislumbrar las potencialidades constitutivas que la esperanza puede ofrecer a la teoría constitucional que he venido delineando en artículos previos bajo la denominación de “la constitución abierta”. La esperanza se presenta aquí como el pilar axiológico que asegura un compromiso proactivo para movilizar la acción colectiva. Sin ella, la apertura se reduciría a un artefacto sin alma, un diseño institucional incapaz de asegurar la perseverancia del pacto político en medio de las tensiones propias del pluralismo democrático.

La esperanza constituye una disposición fundamental de la experiencia humana, en tanto permite reflexionar sobre el devenir personal y el modo en que se construyen los vínculos que sostienen la comunidad. No es un mero estado de ánimo, una forma de ser, un impulso espiritual o una disposición interna; es una virtud cívica indispensable para todo pacto constitucional como proyecto inacabado y en permanente construcción. Esta impide que la constatación del desacuerdo derive en cinismo o deserción del espacio público, reafirmando la capacidad de actuar e interactuar de manera constructiva con los otros. Ofrece así la apertura existencial que permite asumir la conversación pública entre iguales, sin garantías previas de alcanzar un resultado compartido, pero conscientes del compromiso común como herramienta esencial para la articulación del tejido social.

Toda reflexión madura sobre el accionar colectivo abre un espacio para una revisión del camino recorrido, no con intención de proferir un juicio severo, sino para comprender sus consecuencias y explorar posibilidades reales de crecimiento, redirección y avenencia. La historia constitucional dominicana está atravesada por episodios que testimonian fracasos y desviaciones autoritarias. La apertura constitucional, en vez de olvidar esas heridas, las integra como aprendizaje compartido. Siempre existen márgenes para avanzar en el trayecto, y en esa actitud positiva la esperanza se afirma como horizonte práctico de acción. El futuro no comparece como promesa, es un campo de posibilidades que demanda compromisos y acciones propicias para florecer ―y que cada generación debe preparar― a partir de las diferencias, pero sin renunciar al horizonte común que propicia la propia Constitución.

La esperanza que la constitución abierta requiere no es la espera pasiva que, como advierte Erich Fromm, ignora los impulsos de actuar que dicta el corazón y se contenta con aguardar lo que ocurrirá “el momento siguiente, el día siguiente o el año venidero”, confiando en que, si no se realiza en este mundo, ocurrirá en el otro. Tampoco es el anverso radical del nihilismo que “debido a su falta de realismo y de sentido de la estrategia”, cuando no por “falta de amor a la vida”, termina en el “desprecio de la realidad” y la violencia visceral. “Tener esperanza significa, en cambio, estar presto en todo momento para lo que todavía no nace, pero sin llegar a desesperarse” porque el resultado no está garantizado en el curso del horizonte vital.

Es apreciable, siguiendo a Ernst Bloch, el carácter utópico de la esperanza, pero no en sentido negativo, como figuración irreflexiva o abstracción irrealizable, sino en términos positivos para afrontar la realidad con la disposición de soñar despiertos y mirando hacia delante, es decir, como “un adelantamiento del curso natural de los acontecimientos”. La espera, tanto privada como pública, debe estar abierta a sueños de una existencia que trascienda la mera necesidad. “El afecto de la esperanza sale de sí, da amplitud a los hombres en lugar de angostarlos, nunca puede saber bastante de lo que les da intención hacia el interior y de lo que puede aliarse con ellos hacia el exterior”. Se comprende, así, por qué constituye una de las energías vitales que impulsa el accionar colectivo en procura de un futuro promisorio.

La esperanza es, como advierte Martha Nussbaum, el anverso del miedo. “La esperanza expande hacia afuera; el miedo encoge hacia adentro”. Por eso, entre enemigos no habita la esperanza; surge el miedo, cargado de cautelas y desconfianzas que llevadas al extremo pueden hacer colapsar la paz social. Si el antagonismo es un elemento ineludible de lo político, como sostiene Chantal Mouffe retomando a Carl Schmitt, la pretensión existencial de la Constitución debe ser evitar que degenere en enemistad. La esperanza frena ese riesgo y promueve la deliberación constructiva en la comunidad: mantiene la disposición de apertura hacia el otro, a pesar de las divergencias, al concebirnos como partes de un proyecto superior que convoca a un horizonte compartido. Es, pues, un componente esencial de esa actitud colaborativa que debe materializarse en una sociedad atravesada por diferencias irreductibles.

Se trata de una “emoción moral”, en el sentido de Anthony Steinbock, orientada “hacia una significación futura abierta” que no está completamente bajo nuestro dominio, pero que permite encaminar esfuerzos, compromisos y decisiones en procura del resultado. Configura una gramática existencial imprescindible para proyectarnos en el suelo compartido como un yo dispuesto a la acción con el otro a pesar de las discrepancias. Promueve un compromiso que, en circunstancias propicias y con actitudes adecuadas, tiende puentes que permiten coexistir con las diferencias sin necesidad de eliminarlas. Aporta así la disposición afectiva que requiere la constitución abierta para promover en la ciudadanía la espera de algo que no se controla e instarles a conversar constructivamente para lograrlo sin renunciar al desacuerdo.

Félix Tena de Sosa

Abogado

Abogado constitucionalista con más de 20 años de experiencia en instituciones públicas y organizaciones no gubernamentales. Docente universitario de derecho constitucional, filosofía del derecho y derechos humanos. Apartidista, librepensador, socioliberal, moderado y escéptico. Opina a título personal

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