Hablar del tránsito en Santo Domingo es hablar de un sistema que, más que fallar por infraestructura, que también,  falla por el comportamiento de los conductores. Aunque los elevados, túneles y corredores son parte de la agenda pública, hay un elemento silencioso que explica gran parte del desorden de la ciudad: la educación vial.

La capital dominicana convive con un modelo cultural donde las normas tienden a flexibilizarse, la convivencia es frágil y la idea de ciudadanía se diluye entre la prisa, la informalidad y la improvisación. Comprender este problema exige analizar no sólo lo que ocurre en las calles, sino las raíces de ese comportamiento colectivo.

La primera evidencia de esta debilidad es histórica. En República Dominicana, la educación vial nunca ha ocupado un lugar central dentro del sistema educativo. Aunque hay normativa que establece principios claros sobre tránsito y movilidad, su aplicación formativa ha sido limitada. La mayoría de la población aprende a conducir por imitación, no por educación formal; reproduce comportamientos que observa, y en un entorno de caos, esos comportamientos rara vez son correctos. El resultado es un ecosistema donde las normas se conocen superficialmente, pero no se interiorizan como prácticas de convivencia, no hay una fiscalización preventiva, objetiva, eficiente , porque la ausencia de educación es precisamente la norma.

Esta falta de formación se refleja de manera clara en las calles. El comportamiento vial de muchos ciudadanos —desde conductores privados hasta motoristas y transporte público— expone un patrón: se privilegia la rapidez sobre la seguridad, el atajo sobre la regla y la conveniencia personal sobre lo colectivo. Los motoristas circulan en sentido contrario, utilizan aceras como carriles, ignoran semáforos y transportan pasajeros sin casco. Los conductores privados cambian de carril sin señalizar, se estacionan en doble fila y bloquean intersecciones como si la ciudad fuera una extensión de su propio espacio. El transporte público, es lo peor; un capítulo que debería ser ejemplo de responsabilidad, opera con paradas improvisadas y maniobras agresivas para captar pasajeros.

Pero no se trata únicamente de acciones individuales. Existe una dimensión cultural profunda: la normalización del irrespeto.

Continuará…

Juan C. Sánchez González

Arquitecto

Doctor Arquitecto. Especialista en Arquitectura Bioclimática y Eficiencia Energética en la Edificación.

Ver más