En tiempos en que la universidad pública enfrenta el desafío de reinventarse sin perder su esencia, la discusión sobre quiénes deben ocupar los espacios de dirección no puede reducirse a consignas ni a simpatías coyunturales. Se trata de liderazgo académico, de trayectoria probada y de compromiso sostenido. En ese contexto, la candidatura del doctor Víctor Saldaña a la Subdirección Académica del recinto San Francisco de Macorís de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) merece una reflexión que trascienda lo meramente electoral.
La UASD, primera universidad del Nuevo Mundo y columna vertebral de la educación superior dominicana, no es solo una institución: es un símbolo de movilidad social, pensamiento crítico y construcción democrática. Su recinto en San Francisco de Macorís —heredero del antiguo CURNE— ha sido, desde finales del siglo XX, un motor de transformación regional. En ese proceso histórico, Saldaña no ha sido un espectador.
Su vinculación con la vida universitaria se remonta a las jornadas de lucha de los años ochenta y noventa para la construcción y terminación de los primeros edificios del recinto. Aquella etapa, marcada por precariedades materiales pero también por una enorme mística colectiva, forjó generaciones de universitarios comprometidos. Saldaña participó activamente en ese esfuerzo, integrándose a los movimientos estudiantiles y organizativos que buscaban consolidar la presencia académica en la región Nordeste.
No se trata solo de activismo juvenil. En la década de los noventa fue elegido presidente de la Asociación de Estudiantes del recinto y miembro del Consejo, espacios desde los cuales impulsó acuerdos de convivencia que hoy parecen obvios pero que en su momento requirieron liderazgo: la eliminación del uso indiscriminado de afiches y pintura en las paredes del centro, por ejemplo, fue parte de una política de ornato y respeto institucional. También gestionó la ampliación del transporte estudiantil, extendiendo un beneficio que hasta entonces favorecía únicamente a Cotuí.
Pero la universidad no vive solo de gestión administrativa ni de reivindicaciones logísticas. Vive, sobre todo, de cultura. Y en ese terreno Saldaña ha dejado una huella profunda. Fue fundador del Taller Literario Domingo Moreno Jiménez y del Grupo de Teatro del recinto, iniciativas que ampliaron el horizonte formativo más allá de las aulas tradicionales. Más adelante fundó y dirigió el Festival Cultural Maestra Ana Luisa Arias, hoy convertido en patrimonio del recinto, en homenaje a quien fuera su mentora y directora, figura clave en los primeros diplomados de Educación Artística impartidos en el centro.
En el ámbito literario, su trayectoria también es reconocida a nivel nacional. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía en la Feria Internacional del Libro 2002 y el Premio Nacional de Cuentos otorgado por la Comisión para la Celebración del Sesquicentenario de la República y la empresa E. León Jiménez. No son galardones menores en un país donde la literatura ha sido vehículo de identidad y resistencia cultural.
Quizá uno de los aportes más estratégicos de su carrera ha sido la coordinación del acuerdo de doble titulación entre la UASD y la Universidad de Bérgamo, en Italia, donde fungió como profesor invitado de literatura caribeña. En un contexto en que la internacionalización es indicador clave de calidad académica, ese tipo de convenios abre oportunidades reales de movilidad para estudiantes y docentes, insertando al recinto en circuitos globales de conocimiento.
No menos significativo es su reconocimiento como hijo meritorio por el Ayuntamiento de San Francisco de Macorís, distinción que habla de un vínculo orgánico entre universidad y comunidad. En un país donde muchas veces las academias viven de espaldas a su entorno, esa conexión es un valor estratégico.
Ahora bien, el debate no debe limitarse a enumerar logros. La pregunta de fondo es qué tipo de Subdirección Académica necesita hoy la UASD en San Francisco. La educación superior enfrenta retos complejos: transformación digital, actualización curricular, acreditaciones, investigación con impacto social y sostenibilidad financiera. Se requiere alguien que comprenda la tradición institucional, pero que también entienda el nuevo ecosistema académico global.
Saldaña, descrito por quienes lo conocen como un académico humilde y de trato cercano, combina experiencia organizativa, producción intelectual y gestión cultural. Esa mezcla no garantiza por sí sola el éxito administrativo, pero sí ofrece un perfil integral: alguien que ha vivido la universidad desde el aula, el movimiento estudiantil, la creación artística y la proyección internacional.
El viejo adagio bíblico —“Por sus frutos los conoceréis”— suele citarse en momentos decisivos. En política universitaria, más que promesas, cuentan las trayectorias. Y en ese terreno, el expediente de Víctor Saldaña muestra coherencia entre discurso y acción.
La elección de autoridades no es un simple trámite interno; es una definición de rumbo. Si la UASD quiere fortalecer su identidad pública, expandir su presencia internacional y mantener vivo su compromiso cultural, necesita liderazgos con raíces profundas y visión amplia. La discusión está abierta. Los méritos están sobre la mesa.
Albany Aquino es poeta, ensayista y abogado
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