A menos de mil kilómetros de distancia, observados desde la República Dominicana, muchos venezolanos que permanecen en su país natal pese a las adversidades pueden ser considerados auténticos santos y mártires. La cotidiana lucha por sobrevivir en medio de la precariedad convierte a estos ciudadanos en ejemplos vivos de humildad, abnegación y sacrificio.

Existen esos santos, cierto, pero también hay otros cuyas vidas han sido motivo de mayor reconocimiento. En octubre del año pasado, la Iglesia católica nombró oficialmente como Santos, con mayúscula[1] a dos venezolanos.  Se trata del beato José Gregorio Hernández (1864-1919), conocido como “el médico de los pobres”, y de Carmen Rendiles (1903-1977), menos popular fuera de su país, que ahora será conocida como Santa María del Monte Carmelo.

José Gregorio Hernández no necesita presentación. Su imagen se encuentra en tiendas de artículos religiosos, escaparates de objetos típicos e incluso en santerías, reflejo del cariño profundo y ecuménico del que es objeto desde hace más de cien años. De hecho, se dice que su proceso de canonización se vio retardado por las tendencias sincréticas que tenemos en estas tierras.  Sin embargo, su trayectoria vital fue muy ortodoxa. Estudió la escuela primaria en su pueblo natal, Isnotú; la secundaria y la universitaria en la capital, Caracas.  Regresó a su estado natal y la envidia local fue tan grande que sus colegas y competidores le consiguieron financiamiento para estudiar en Francia. Regresó a Venezuela y continuó su práctica profesional a favor de muchos. Quiso entrar en las órdenes religiosas, pero, él que sanaba a tantos, tenía una salud frágil dentro del monasterio. Debió salir de allí y añadió la dimensión de catedrático a su práctica médica.  Falleció a destiempo como consecuencia de un accidente automovilístico.

Para el momento de la muerte de este hombre que los latinoamericanos llamábamos Santo desde antes de su canonización, ya había nacido Carmen Rendiles, quien inició su dedicación religiosa en la Congregación de Siervas de Jesús en el Santísimo Sacramento, en Caracas.  Esta orden de origen francés la aceptó sin reparos pese a que nació sin el brazo izquierdo. Tras varios años de noviciado, fue enviada a un convento en Toulouse, Francia, regresando luego a Venezuela, donde fue nombrada maestra de novicias y, posteriormente, superiora de toda la orden en su solio natal. Su labor fue decisiva en la expansión de la congregación, fundando colegios y contribuyendo a la elaboración de elementos litúrgicos. Además, se dedicaba a la carpintería en su tiempo libre, quizá como una demostración adicional de su identificación con Jesucristo.

Cuando la congregación francesa optó por convertirse en una orden seglar, Rendiles quiso defender la vocación monástica de quienes se habían adherido bajo ese estilo de funcionamiento y, luego de consultas con sus acólitas y con altos dirigentes de la iglesia, fundó las Siervas de Jesús, eliminando del título la mención al Santísimo Sacramento. Después de esa transición, durante dos lustros más continuó su apostolado.  El Vaticano la definió como “la Santa valiente”, reflejando el carácter firme con el que ella desplegaba su entrega a la vida religiosa.

Al igual que José Gregorio Hernández, Rendiles también perdió la vida como consecuencia de un accidente de tráfico. Sus últimos años estuvieron marcados por la pérdida de movilidad derivada de un choque entre dos vehículos y finalmente falleció a causa de una enfermedad respiratoria. La trayectoria de estos dos santos venezolanos pone de manifiesto tanto la capacidad de un continente de ver florecer ciudadanos que son ejemplos genuinos de amor por Dios, como el de ver tronchadas vidas valiosas por razones evitables.

[1] En el catecismo de mi infancia, “santos” éramos todos, por ser hijos de Dios y “Santos” eran aquéllos que habían exhibido singular cercanía con Dios y con el prójimo y por ello, después de un proceso de conocimiento y depuración llevado a cabo por la Congregación para las Causas de los Santos, se erigían como ejemplos a emular y espíritus que podían servir de ayuda en nuestros propósitos.

Jeanne Marion Landais

psicóloga y escritora

Jeanne Marion-Landais cuenta con una experiencia profesional importante en el mundo financiero y diplomático. Ha vivido en Estados Unidos, Francia y República Dominicana y su mirada al mundo está permeada por sus vivencias en estos países. A título voluntario colabora desde el 2014 con El Arca, asociación en torno a la discapacidad intelectual. Es madre de dos hijos.

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