Un negocio puede aumentar sus ventas, facturar más que el mes anterior y, aun así, quedarse sin dinero para pagar la nómina del viernes.

Hay empresas que atraviesan esa dificultad con el almacén lleno y la libreta de pedidos al día. Sus propietarios trabajan sin descanso y, al revisar la cuenta, descubren que no alcanza. La actividad que parecía anunciar prosperidad comienza a producir angustia.

Mi abuela decía: «Los negocios son para ganar dinero, no para perderlo». La sencillez de aquella frase encierra una advertencia que el entusiasmo suele ocultar. Con el tiempo, he comprendido que también exige distinguir entre lo que se vende, lo que se gana y el dinero disponible para cumplir los compromisos.

Una venta puede dejar beneficios y tardar semanas en convertirse en efectivo. Mientras llega el cobro, vencen el alquiler, la energía, los salarios y las facturas de los suplidores. La operación puede ser rentable, aunque el dinero de la venta todavía no se haya cobrado. Esa espera también necesita financiamiento.

Cuando un cliente paga a sesenta días y el proveedor cobra a treinta, alguien debe cubrir la diferencia. Si los pedidos aumentan, también crece la cantidad que habrá que adelantar. El negocio puede estar vendiendo más y disponer de menos efectivo, precisamente porque una parte mayor de sus fondos queda comprometida en atender esas ventas.

Por eso, el crecimiento merece una lectura cuidadosa. Aceptar un pedido importante puede exigir mercancía adicional, transporte, personal y espacio. Antes de celebrarlo conviene saber cuánto habrá que desembolsar, cuándo se cobrará y qué quedará para sostener la operación habitual. Una oportunidad puede ser conveniente por su margen y difícil por sus condiciones de pago.

El crédito ayuda a cubrir esa distancia cuando sus costos y vencimientos se ajustan a la capacidad del negocio. El problema aparece cuando cada deuda necesita otra para pagarse y nadie examina qué está provocando la falta de dinero. En esas condiciones, el próximo ingreso llega comprometido y deja muy poco para continuar trabajando.

Tampoco toda dificultad de liquidez se explica por descuido. Un cliente que incumple, una avería o un aumento inesperado de costos pueden alterar una operación organizada. Precisamente por eso hacen falta registros y previsiones: permiten reconocer la causa del problema y responder con mayor criterio.

El dinero mal administrado suele agotarse mediante decisiones que parecen menores. Una compra apresurada, un retiro personal sin registrar o mercancía acumulada sin rotación reducen la disponibilidad de efectivo. Cuando esas salidas quedan dispersas en la memoria del propietario, resulta difícil comprender por qué se trabaja tanto y queda tan poco.

Revisar las cuentas exige aceptar lo que muestran. A veces revelan que un cliente compra mucho, pero paga demasiado tarde; que un producto se vende con facilidad, pero deja un margen insuficiente; o que la expansión requiere fondos que todavía no existen. Conocerlo permite renegociar, ajustar las compras o dividir las entregas antes de comprometer la continuidad.

Una previsión sencilla de cobros y pagos puede ayudar. Anotar lo que se espera recibir y las obligaciones de las próximas semanas permite identificar cuándo faltará efectivo. También conviene considerar qué ocurriría si un cliente se retrasa. Ese ejercicio ofrece tiempo para negociar y evita que cada vencimiento se convierta en una urgencia.

La imagen de la torre en Lucas 14:28–30 ofrece una enseñanza pertinente. Jesús describe a quien, antes de construir, se sienta a calcular si dispone de lo necesario para terminar. El pasaje se refiere al costo del discipulado. Sin trasladarlo directamente al terreno financiero, la imagen permite reflexionar sobre la seriedad de asumir una responsabilidad y los medios necesarios para sostenerla.

En la actividad empresarial, esa reflexión tiene una consecuencia humana. La nómina representa el trabajo de personas que cuentan con su salario. La factura del suplidor expresa una confianza concedida. Administrar con prudencia permite responder ante quienes participan en la operación y dependen de que los acuerdos se cumplan.

La enseñanza de mi abuela conserva su fuerza, pero también nos deja una tarea: mirar las cuentas con suficiente honestidad para saber qué está ocurriendo. Ganar requiere conocer los costos; continuar exige disponer del dinero cuando corresponde pagar.

Antes del próximo pedido o de ampliar el local, conviene sentarse a calcular. ¿Cuánto dinero habrá disponible? ¿Qué pagos vencerán primero? ¿Qué ocurrirá si el cobro se retrasa? El crecimiento fortalece al negocio cuando puede sostener sus promesas hasta el final.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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