Si esto continúa así: con una sociedad mayormente indiferente y un sistema educativo que presiona constantemente al docente, en pocos años será difícil encontrar personas interesadas en estudiar Educación. Muchos, después de aprobar el Concurso de Oposición Docente, pasan años esperando ingresar al sistema. En mi caso, esperé casi tres años. Y no son pocos los que, al enfrentarse a la realidad de las aulas, renuncian. No los culpo. Se necesita fortaleza en todos los sentidos para permanecer.
En mis años de estudiante, el docente era respetado. Es lamentable que eso haya cambiado en tan poco tiempo.
No entraré en detalles sobre el reciente caso de agresión a un docente en la escuela Juan Pablo Duarte, ni en lo que pueda haber detrás, si lo hay. Lo cierto es que el panorama actual de la educación dominicana no va por buen camino.
Ahora bien, ¿a quién responsabilizamos y arrojamos a la hoguera?¿A los docentes? ¿Al Ministerio de Educación? ¿Al presidente? ¿A las familias? ¿A la sociedad en general? Quizás debamos cuestionarnos todos.
Basta analizar cómo fueron formadas las generaciones pasadas, no solo en las escuelas, sino también en los hogares —donde realmente se forjan los valores— para comprender que algo no marcha bien. Cada año se habla de avances sociales en República Dominicana, pero ese discurso se desvanece cuando observamos la realidad.
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