Apareció en un pequeño estanque: una tortuguita solitaria, que pesa alrededor de media libra. ¿Cómo llegó allí, a El Cupey, un campo al sur del macizo montañoso Isabel de Torres, unos 360 metros sobre el nivel del mar? (La corona de la loma supera los 800 metros SNM).

Se afirma que en la isla existe la «Hispaniolan slider», una jicotea endémica especialmente asociada a lagunas, humedales y cuerpos de agua dulce de la región. Puede que este sea uno de esos quelonios que, esforzándose por sobrevivir, llegó al lugar para ocultarse, tal como se afirma que en 1605 hicieron pobladores españoles, huyéndole a las devastaciones de Osorio, cuando se dispuso el traslado de todos los habitantes de Puerto Plata al sur de la isla, para crear Monte Plata.

O tal vez este animalito quiso imitar lo que se dice habían hecho los pobladores canarios enviados por la Corona española en 1737 para refundar a Puerto Plata, quienes huyeron y se escondieron en el corazón de la montaña cuando eran asediados y diezmados por los invasores haitianos tras declararse (en 1804) la primera república independiente de América, gobernada por negros liberados de la esclavitud.

Por una de esas razones nació El Cupey, dentro de una zona de la cordillera septentrional rodeada de bosques húmedos subtropicales, con un clima fresco y neblinoso cuyas temperaturas suelen bajar hasta los 15 °C, y que se caracterizaba por tener pobladores cuya fisonomía de raza blanca y raíces españolas profundas recuerda a sus antepasados europeos.

El nombre proviene del árbol homónimo, que es común en toda el área, con hojas grandes y verdes usadas en medicina popular como cataplasmas, y de cuya corteza y fruto se extrae una resina impermeable y resistente al calor que todavía es empleada en nuestros campos como pegamento.

El Cupey también guarda una leyenda religiosa, respaldada por historiadores como los sacerdotes Francisco Xavier Billini, Carlos Nouel y Rafael Castellanos, quienes escribieron que santa Rosa de Lima —la primera santa de América Latina, declarada patrona del continente en 1671— fue concebida aquí. Según esta versión, Gaspar Flores y María de Oliva, padres de la santa, vivieron en El Cupey antes de viajar al Perú, donde ella nació y murió a los 31 años. Incluso se dice que su nombre real (Isabel Flores de Oliva) rinde homenaje a la montaña puertoplateña, y que la santa protege a esta ciudad de los huracanes.

Pero volviendo a la tortuguita, en mi imaginario ella asimiló y copió la experiencia más reciente de numerosos inmigrantes haitianos indocumentados, quienes huyendo a la persecución de las brigadas de la Dirección General de Migración se han diseminado por estas lomas, convirtiéndolas en refugios y lugares de trabajo, tanto agrícola como de la construcción. Estos extranjeros, expertos en sobrevivencia, en esta demarcación hoy son tan numerosos como los dominicanos.

A la tortuguita no la hemos molestado; al contrario, le organizamos su nuevo hábitat, la estamos protegiendo y alimentando. Al parecer, ídem hacen los pobladores de El Cupey con los inmigrantes sin documentación legal.

Sergio Cueto

Periodista

Lic. en Comunicación Social. Trabajó en diversos periódicos nacionales y en el área de prensa de canales de televisión. También ha dirigido departamentos de Relaciones Públicas y Comunicaciones de dependencias públicas y empresas privadas. Ha recibido premios y reconocimientos por su trabajo.

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