…Si me dijeran pide un deseo, preferiría un rabo de nube… Silvio Rodríguez Domínguez

Desde la semana pasada hemos propuesto una tregua en nuestra especie de cruzada en pos de un mejor (¿?) proceso de gentrificación que implique a nuestra diáspora en Europa o, lo que es lo mismo, una pausa en estos temas sociales, antropológicos, urbanísticos y arquitectónicos que giran en torno al citado proceso. Extendiendo la pausa, nos encontramos con Heidegger; y muy a propósito de una errata detectada en nuestro texto anterior, en el que decíamos algo así como: “…Desde una perspectiva filosófica —que conecta directamente con tu proyecto Filosofía y Arquitectura…”, cuando lo que realmente queríamos decir era que conecta directamente con un proyecto de filosofía y arquitectura.

Para nuestro existencialista, descubrimos que, al plantear una propuesta arquitectónica que sitúa al sujeto supuesto saber tal que centro necesario del proyecto habitable,  podemos concluir, aunque solo sea parcialmente, que al filosofar comprometemos ese supuesto saber y pasamos a interrogar el sentido del ser.

No se trata de conceptos abstractos alejados de la vida cotidiana. Tanta palabrería puede inducir al lector al error y, por ello, pedimos disculpas por tales divagaciones. Esos conceptos mundanos, humanos por definición, nos permiten comprender nuestra existencia concreta en el mundo. Esa comprensión nos conduce, sí o sí, a la determinación del ser en Heidegger y a su cabaña o Hütte, advirtiéndonos sobre las estructuras ocultas de la experiencia humana y sobre el ser como algo inseparable del estar.

“La llamada cabaña de Heidegger es uno de los lugares más emblemáticos de la filosofía del siglo XX. Se encuentra en el pequeño pueblo de Todtnauberg, en plena Selva Negra, a unos 1.150 metros de altitud”. Este texto, tomado prestado de una de las IA utilizadas en nuestro entorno laboral, reduce la cuestión de la susodicha cabaña a una mera referencia geográfica.

Heidegger, quizás distante de nuestro admirado Kierkegaard, sitúa buena parte de sus teorías en lo tangible como expresión de plenitud para el hombre y convierte su cabaña en un conector entre el ser humano y el bienestar. En un lenguaje llano y desde una perspectiva instrumentalmente arquitectónica, podría decirse que la forma, la función y, en este caso, el bienestar hacen que quien habita la casa se sienta en plenitud de confort.

En la conferencia Construir, habitar, pensar, Heidegger afirma —como toda afirmación filosófica, de manera plena— que el ser humano no solo ocupa un espacio; ciertamente, habita ese espacio, en tanto que habitar significa cuidar la tierra, aceptar nuestra finitud, convivir con los otros y realizar una introspección hacia el propio ser.

La cabaña, una simple cabaña,  una casa, otorga un orden material y tangible a estas ideas.

Una casa produce bienestar, y esta especie de summa, que por antonomasia huye de cualquier reduccionismo, supone un ejercicio de filosofar por parte del autor de esta columna, en su propio afán profesional de que los espacios creados a demanda de un cliente constituyan una contribución al estado de bienestar de quienes los habitan.

Juan C. Sánchez González

Arquitecto

Doctor Arquitecto. Especialista en Arquitectura Bioclimática y Eficiencia Energética en la Edificación.

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