En este 2026 la clase obrera dominicana se encuentra sumida en una gravísima situación de orfandad política porque carece de un partido obrero y clasista. En pocas palabras, ante la continuidad de políticas de hambre y anti-obreras, es urgente construir un instrumento de lucha para organizar a las trabajadoras y los trabajadores para que den la lucha por los derechos adquiridos, salarios justos y mejores condiciones laborales.
Históricamente una de las tareas de la izquierda revolucionaria ha sido la construcción de instrumentos de lucha obrera y socialista.
En nuestro país, el intento de construir un partido obrero terminó en un inmenso fracaso. Ese proceso de organización y construcción partidaria se puso en marcha a finales de la década de 1960, pasando por la década de 1970 y culminando en la década de 1980 en momentos muy contradictorios entre sí: primero, bajo la represión de la dictadura balaguerista (1966-1978) y, segundo, durante la transición a la democracia burguesa bajo el mandato presidencial de Antonio Guzmán del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), ubicado en aquel entonces de forma nominal en la corriente socialdemócrata.
En un periodo de aproximadamente veinte años se llevaron a cabo una serie de acalorados, fraternales y aguerridos debates e intercambios de perspectivas en torno a la fusión, la reunificación y el reagrupamiento de los sectores más combativos de la izquierda con el objetivo de formar un partido de la clase obrera dominicana. Con la experiencia de abril de 1965 como telón de fondo, la izquierda miraba al futuro ante las derrotas sufridas. El conglomerado plural y variopinto de la izquierda dominicana estaba bajo la influencia de estados burocratizados (la antigua Unión Soviética y China), el foquismo guevarista, sectores de la izquierda cristiana y la izquierda crítica encabezada por la revista teórica marxista Nuevo Rumbo y el Movimiento por el Socialismo (MPS).
El 21 de diciembre de 1980 se conformó, bajo los auspicios de la desaparecida organización maoísta Línea Roja, el Partido de los Trabajadores Dominicanos (PTD), pero su dirección, en vez de adoptar y poner en marcha un programa revolucionario y anticapitalista, optó por la vía reformista de colaboración de clases, terminando por adaptarse a la democracia burguesa y al electoralismo. Al final, Línea Roja (1968-1980), una de las organizaciones más combativas de la izquierda dominicana, terminó liquidando su identidad política e impulsando una orientación reformista encarnada en el PTD, el cual consideramos fue la culminación de un proyecto político de norte limitado, desmovilizador de las luchas sociales en las calles y centros de trabajo, que terminaría siendo un aparato conciliador de las luchas de clases.
Aliado del PRD bajo el liderazgo de Peña Gómez en la década de 1990, la dirección del PTD traicionó a la clase obrera dado el historial anti-obrero del gobierno perredeísta de Salvador Jorge Blanco, quien impuso las políticas de hambre que empujaron a las masas populares al estallido social de abril de 1984. La falta de independencia de clase del PTD dio inicio a su irreversible derechización y, ya a finales de la década de los años 1990, integrado al sistema, el PTD se incorporó al mal llamado Bloque Progresista como partido bisagra o satélite del peledeísmo. El Bloque Progresista era la coalición electoral que sustentaba el proyecto presidencialista de Leonel Fernández, la cual agrupó a partidos grandes y pequeños ubicados nominalmente en la centroizquierda y, en su gran mayoría, provenientes de la derecha tradicional y la extrema derecha.
En el 2019, tras la división del PLD entre danilistas y leonelistas, Leonel Fernández sale del partido morado y de inmediato se prepara para hacer tienda aparte. El nuevo conuquito lo encuentra en la franquicia del PTD, ya a años luz de sus orígenes, dando nacimiento a la Fuerza del Pueblo, un partido reaccionario y añejo representativo de los intereses de clase que sostienen este sistema putrefacto, opresor y explotador.
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