La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura se estableció hace hoy justo 90 años, el 16 de octubre de 1945. Para celebrar el nonagésimo aniversario de su fundación, esta institución decidió dedicar un año de actividades a reivindicar a las agricultoras, así, en femenino. Tiene muchas razones para hacerlo. Entre otras cosas, se piensa que fueron las mujeres quienes descubrieron la agricultura, pues eran ellas las que permanecían varios meses seguidos en un mismo lugar entre el final del embarazo y los primeros meses de vida de sus bebés, condición que les permitía observar la transformación de la semilla en planta y el crecimiento de estas. El lenguaje también nos ofrece pistas: en la etimología de la palabra «cereal» está Ceres, la diosa madre y regidora del cultivo de las plantas.
Pero quizás una de las razones más poderosas para concentrar los esfuerzos de doce meses de trabajo de este organismo del sistema de las Naciones Unidas fueron los resultados de la investigación realizada por la danesa Esther Boserup, que sugerían que las mujeres son esenciales para el desarrollo de la agricultura a escala nacional. No me malinterpreten: siempre se ha sabido que los hombres son importantes, y ahí están los libros de historia llenos de nombres masculinos, los panteones nacionales albergando principalmente a varones y, ni hablar, la cantidad de puestos de dirección ocupados por personas con cromosomas XY. Lo que la investigadora danesa demostró para la agricultura fue reiterado, literalmente, en cientos de investigaciones posteriores en los ámbitos financiero, educativo y de promoción del desarrollo social. Los fondos distribuidos a través de las mujeres tienen un mayor impacto social que los distribuidos a través de los hombres.
Por eso, y no solo por las ideas expresadas por mujeres preclaras como Olympe de Gouges (Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, 1791), en Francia; Mary Wollstonecraft (Reivindicación de los derechos de la mujer, 1792), en el Reino Unido; o Abigaíl Mejía, en la República Dominicana, numerosas agencias internacionales empezaron a proponer agendas centradas en la atención a las mujeres, es decir, marcos de acción que tengan en cuenta que la igualdad de derechos es una manera de no desperdiciar un talento que beneficia a la humanidad entera.
Además de celebrar todas las actividades de 2026 en torno a las agricultoras, en la víspera del aniversario se reconoció la labor en favor de la agricultura de cien mujeres, procedentes de igual número de países. La idea debió de ser ilustrar las buenas prácticas en muchos confines del mundo, manteniendo al mismo tiempo la selectividad y un alto nivel de excelencia. De ellas, doce corresponden a la región de las Américas, entre las cuales se cuenta una dominicana: Altair Rodríguez. Reconocer a las mujeres que alimentan al mundo es sembrar, desde hoy, un futuro más justo, próspero y sostenible para toda la humanidad.
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