A mediados de los ochenta, en mis 32 años, recalé en Natal, Rio Grande do Norte, Brasil. No como turista; más bien un aprendiz de ritmos y de memorias. Un domingo cualquiera me iba a una feria distinta hasta que caí en una feria bastante característica porque, en vez de mucho de melodías de forró que se enredaban con la samba y el maracatú, la peculiaridad era la literatura y ya ahí mis pies se detuvieron frente a un cordel colgado de una cuerda, como quien detiene el tiempo y la respiración ante un milagro. Allí estaban ellos: Lampião y María Bonita, dibujados en una xilografía tosca, con sus miradas de fuego cuasi inocente y fusiles al hombro.

Debo decirles que el cordel es la voz del sertón (territorio semidesértico). Es hecho en papel barato, donde el pueblo nordestino guarda sus hazañas, sus penas y su fe. Lampião, Virgulino Ferreira, el rey del cangaço (similar al gavillerismo), no era un simple rebelde; era el grito de los desposeídos contra los coroneles que compraban la ley a costa de sangre. Y María Bonita, casada por mandato paterno con un zapatero de alma mezquina, rompió su jaula para seguirlo. Durante veinte años, ella fue su brazo armado femenino, su vigía en las noches de luna y su conciencia que no lo dejaba equivocarse. Montaban, disparaban y amaban bajo el sol implacable de la caatinga, clima semiárido, convencidos de que la soberanía se gana con fusil y con dignidad. Pero el poder no perdona. En la cañada de Angicos, una delación los entregó. Cayeron abrazados, y sus cabezas fueron cercenadas y expuestas en cajas de cristal para escarmiento. Sin embargo, la violencia del Estado no logró borrar su memoria; al contrario, la encendió como una hoguera en medio de la sequía.

Leyendo aquel cordel, sentí un escalofrío de reconocimiento y todo se hizo mudo a mi alrededor. Sí, era historia ya conocida: la misma que sacudió a los campos de mi República Dominicana rebelde y digna. Así como Lampião desafiaba a los coroneles del Nordeste, nuestros gavilleros del este —Ramón Natera, Vicente Evangelista y tantos otros anónimos— alzaron sus machetes y carabinas contra la ocupación yanqui de 1916. También combatieron a los terratenientes que les arrebataban el suelo patrio para sembrar caña de ajena cosecha de extranjeros. De los criminalizados por la historia oficial, tildados de facinerosos por los gobiernos de turno. Pero el campesino que los veía pasar por los caminos polvorientos les guardaba un pedazo de casabe y un shhh cómplice, porque sabía que aquellos guerreros eran su única arma de resistencia. Perseguidos sin tregua, decapitados o mutilados, y sus cuerpos exhibidos en plaza pública para provocar miedo. Gavilleros que, aunque derrotados en vida, se convirtieron en mitos de resistencia que el tiempo y la historia oficial se empeñan en borrar.

Similitudes que se avecinan por iguales causas justas: la gente del campo, ya sea en la caatinga brasileña o en el batey dominicano, siempre ha luchado por un pedazo de tierra donde sembrar su sustento y por el derecho a ser sin amos que los narigoneen. El cordel en Brasil y la décima improvisada en nuestros campos son el mismo idioma: la poesía de los que no tienen acceso a la imprenta oficial, pero tienen la memoria viva y el galillo listos para el “grito de Capotillo”.

Fue así que de golpe comprendí las luchas revolucionarias de América Latina que se escriben en la voz del pueblo que canta en las ferias y en los bohíos. Lampião, María Bonita y nuestros gavilleros fueron inmolados por el sistema, pero el campesino, que escribe su historia con palabras del recuerdo, que repite la verdad que ni el plomo ni el formaldehído logran borrar: el amor a la libertad es eterno, y cuando se lucha por la soberanía y la felicidad del pueblo, la muerte es apenas un tránsito hacia la leyenda. Y en esa leyenda, como en el cordel que aún guardo entre mis papeles, el relámpago y la bonita siguen cabalgando junto a nuestros héroes anónimos, todos ellos unidos por un mismo grito que el viento del Caribe y del sertón se encargan de repetir.

La historia de Lampião y Maria Bonita como pareja dentro del cangaço se desarrolló entre 1930 y 1938, desde que ella se unió al grupo hasta que ambos murieron juntos en la emboscada de Angico el 28 de julio de 1938.

¡Gloria eterna de un amor digno!

EN ESTA NOTA

Etzel Báez

Gestor cultural

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