El desarrollo ocurre cuando un país transforma simultáneamente a su gente, sus instituciones y su aparato productivo. Corea del Sur, Singapur e Irlanda no llegaron a donde están apostando por mano de obra barata, sino invirtiendo en capital humano y formación técnica para migrar hacia actividades intensivas en conocimiento. Tampoco dejaron todo en manos del mercado: identificaron dónde podían competir, usaron la inversión extranjera como instrumento, no como fin, y construyeron instituciones que sostuvieran esa estrategia más allá de un ciclo electoral. Sobre todo, tradujeron ese crecimiento en bienestar.

República Dominicana ha superado una primera etapa de ese camino: estabilidad macroeconómica, crecimiento sostenido, turismo, zonas francas, infraestructura e integración comercial con Estados Unidos. El propio gobierno lo reconoce en Meta RD 2036. Hace unas semanas, en esta misma columna, planteé ese reto: el país ha necesitado entre trece y quince años para duplicar su PIB real, pero cerca de veinte para duplicar el PIB real per cápita, y la pregunta decisiva no es solo si podemos producir el doble, sino qué debe cambiar para que vivamos sustancialmente mejor.

Existe un caso de nuestras zonas francas que demuestra que el salto es posible: una multinacional no solo instaló aquí una fábrica, sino capacidad para diseñar e investigar. Hoy Eaton tiene cuatro plantas, un centro de diseño que al inaugurarse ya trabajaba en 16 patentes y más de cinco mil empleados dominicanos. Su historia no se explica por los incentivos fiscales, sino por la articulación de los actores de la pentahélice: el Estado, sosteniendo el régimen de zonas francas y capacitando a través del INFOTEP; la academia (INTEC), en alianza con los politécnicos de Haina y Loyola; el sector privado, apostando por el país frente a México, Costa Rica y Colombia; y la sociedad civil, con una fuerza laboral que la empresa describió como «una ventaja única y valiosa».

Suscribo esa tesis: cuando el Estado, el sector privado, la academia y la sociedad civil se alinean, República Dominicana no solo compite, gana. Esa misma empresa jugó también el papel del quinto actor, el inversionista de I+D+i dispuesto a crear aquí capacidades antes inexistentes, al construir ese centro. Y el patrón comienza a repetirse: Chris Chupp, fundador y director ejecutivo de Greater Goods, lo confirma con su decisión de no traer "una fábrica más grande" a Santiago, sino una función regulatoria y de calidad para dispositivos médicos que antes solo existía en Boston o Mineápolis, documentada en el Segundo Foro de Nearshoring. Eso va más allá de la manufactura: es una incubadora de talento y capacidad técnica. El reto es atraer deliberadamente a esa clase de socios, y motivar a los que ya están aquí a incubar, no solo a producir.

Actualmente, el debate público gira alrededor de un número: 12.5%, el nuevo arancel que Estados Unidos aplica a nuestras exportaciones, dos puntos y medio por encima de lo que pagan otros países de la región. Preocupa y no debemos minimizarlo, pero tampoco sobredimensionarlo. Ninguna empresa de manufactura avanzada decide instalarse en un país únicamente por un arancel: también evalúa estabilidad, cercanía al mercado, talento, infraestructura y seguridad jurídica, ámbitos en los que República Dominicana sigue siendo altamente competitiva para este tipo de inversión. Esa base no desaparece por un ajuste arancelario. Mientras el Gobierno del presidente Luis Abinader encauza el necesario diálogo bilateral, debemos actuar con mayor urgencia sobre aquello que depende de nosotros. El 12.5% no debería interpretarse como una traba, sino como una prueba de la que podemos salir mejor preparados.

Eaton ya trazó la ruta en componentes electrónicos; toca replicarla en toda la manufactura avanzada: dispositivos médicos, ensamblaje electrónico (placas, componentes, sensores, controles) y robótica y automatización, cada vez más conectada con la industria aeroespacial. No son apuestas separadas, sino una misma familia productiva que exige precisión, calidad certificada y personal técnico capacitado. Costa Rica ya lo demostró en varios de estos frentes, atrayendo en más de dos décadas a decenas de empresas líderes. Lo que fue un caso aislado puede convertirse en la estrategia explícita de un país entero.

La apuesta, como en Corea, Singapur e Irlanda, solo será verdadero desarrollo si se traduce en bienestar, algo que va mucho más allá de mejores salarios. Por décadas nuestras zonas francas crecieron sobre el modelo de gran maquiladora, un motor de empleo formidable pero de salarios modestos. La manufactura avanzada paga distinto y puede elevar el ingreso per cápita. Pero no basta con formar mejores técnicos e ingenieros: necesitamos mejores ciudadanos. Un país no se desarrolla solo con menos pobreza; se desarrolla con más conciencia cívica y social: respeto a la ley, tener claro el límite de nuestros derechos para no atropellar los del otro, cuidado del medio ambiente, y hasta cómo nos comportamos en el tránsito. Ese terreno importa tanto como cualquier incentivo fiscal.

Esta oportunidad les habla a quienes deciden. Al Estado, para acelerar aduanas, fortalecer la conectividad entre parques, puertos y aeropuertos, y atraer capital de investigación e incubación, no solo plantas de ensamblaje. A las universidades y centros de formación, para seguir el ejemplo del INTEC, el INFOTEP y los politécnicos de Haina y Loyola, y multiplicar la alianza entre industria y educación, formando profesionales, técnicos y ciudadanos con sentido de lo público. Al sector privado y a las administradoras de parques, para certificar proveedores locales, cerrar la brecha de estándares e integrar talento, hasta volver el encadenamiento una realidad y no un discurso. Sin eso, el parque sigue siendo una isla. Y a los inversionistas, para multiplicar ese patrón con fondos e incubadoras de I+D+i en estos sectores.

La pentahélice también la sostiene la sociedad civil: no es una conversación solo para funcionarios y empresarios. Es una invitación al joven que se capacita, al técnico que busca su primer empleo calificado, al pequeño taller que se pregunta si esto es solo para multinacionales. No lo es. Cuando una planta pide proveedores locales, o un inversionista trae una función que antes solo existía en otro continente, abre oportunidades para el emprendedor dominicano y empleos que pagan varias veces más que el ensamblaje. La inteligencia artificial multiplica el valor de quien sabe; no el de quien solo compite por ser barato. La próxima etapa de nuestras zonas francas se construye con más dominicanos preparados para liderarla.

Corea, Singapur e Irlanda tardaron décadas en construir, casi desde cero, cada una de sus piezas. Nosotros ya tenemos varias funcionando, y al menos un caso, Eaton, que demuestra que el Estado, la academia, el sector privado y la sociedad civil saben trabajar juntos. Nos falta escalar ese patrón, multiplicar el modelo en toda una familia de sectores, y no olvidar que ninguna pieza vale nada sin ciudadanos formados también en lo cívico. Esa es, para los próximos diez años, la respuesta a la pregunta inicial: no cuánto podemos producir, sino qué estamos dispuestos a construir juntos para vivir, esta vez sí, sustancialmente mejor.

Giovanni D'Alessandro

Ingeniero Industrial

Ingeniero Industrial, Maestría Administración de Empresas Esposo y padre de tres profesionales Activista social y asiduo tuitero

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