Thomas Hobbes escribió que el hombre es un lobo para el hombre, una frase incómoda que, siglos después, sigue describiendo con precisión perturbadora el clima social de nuestro tiempo. En un mundo que presume de modernidad, conectividad y avances democráticos, la lógica de la confrontación parece haberse normalizado. Basta observar el tono del debate público para advertir que la civilidad ya no es la regla, sino la excepción.

Hobbes sostenía que, en ausencia de límites compartidos, los seres humanos entran en una dinámica de desconfianza permanente: una guerra de todos contra todos. No se trata de una inclinación natural al mal, sino del miedo, la ambición y la necesidad de afirmarse frente al otro. Esa descripción resulta inquietantemente familiar en sociedades donde la diferencia política o ideológica se vive como una afrenta personal y donde el desacuerdo se interpreta como traición.

En contextos como el nuestro, el debate público se ha ido empobreciendo. La discusión de ideas cede terreno al ataque personal, al descrédito sistemático y a la sospecha constante. El adversario ya no es alguien con quien se compite dentro de reglas mínimas, sino alguien a quien hay que deslegitimar. Esta lógica, lejos de fortalecer la democracia, la erosiona silenciosamente. Cuando todo se reduce a bandos irreconciliables, el espacio común desaparece.

Esta fragmentación no ocurre por azar. El conflicto permanente suele beneficiar a quienes detentan el poder real. Una sociedad dividida discute entre sí mientras los problemas estructurales permanecen intactos. Hobbes advertía que el caos entre los ciudadanos abre siempre la puerta a formas más sofisticadas de dominación. Hoy, ese poder no se presenta con rostro único ni con discurso autoritario explícito; opera de manera difusa, administrando tensiones, explotando miedos y dejando que los enfrentamientos hagan el trabajo.

Las redes sociales han intensificado este escenario. Allí, la agresividad se ejerce sin mediaciones, con una crudeza que sería impensable en el trato cara a cara. En estos espacios, tan presentes en la vida cotidiana dominicana, el insulto se convierte en opinión y la descalificación en argumento. Se lincha simbólicamente con la tranquilidad de quien no ve al otro como persona, sino como una etiqueta ideológica.

Desde una mirada hobbesiana, las redes funcionan como un nuevo estado de naturaleza: ausencia de autoridad moral efectiva, competencia constante por visibilidad y una lucha feroz por imponer narrativas. Cada comentario agresivo, cada burla colectiva, cada campaña de descrédito confirma que la convivencia es más frágil de lo que solemos admitir. La tecnología no ha eliminado el conflicto; lo ha amplificado.

El problema no es la diversidad de opiniones, sino la incapacidad de convivir con ellas. Hobbes pensaba que solo un poder fuerte podía contener la violencia latente del ser humano. Sin necesidad de asumir su solución autoritaria, su advertencia sigue siendo válida: sin normas compartidas, sin respeto básico, la sociedad se desliza hacia la autodestrucción. Cuando se pierde el límite, el lobo despierta.

Un mundo hobbesiano no es aquel donde reina el caos absoluto, sino aquel donde la hostilidad se normaliza y la agresión se vuelve costumbre. La realidad dominicana, como tantas otras, ofrece señales preocupantes en ese sentido. Si no se recupera el valor del diálogo y el reconocimiento del otro como semejante, la frase de Hobbes dejará de ser una metáfora para convertirse en un diagnóstico preciso. Y entonces, el verdadero peligro no vendrá de fuera, sino de nosotros mismos.

Rafael Alvarez de los Santos

Escritor y educador

Escritor y educador. Autor de las obras, Vivencias en broma y en serio y La Sociedad de la Nada. Twitter: @locutor34 Facebook: vivencias en broma y en serio

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