En medio de tantas crisis simultáneas (desde el Golfo Pérsico hasta América Latina), hay algo que empieza a llamar más la atención que los propios conflictos. No es solo lo que está pasando, sino cómo se está gestionando. Más allá de los titulares, lo que parece estar cambiando son las reglas del juego.

Las tensiones recientes entre Estados Unidos, Irán e Israel reflejan bastante bien esta realidad. Ya no estamos ante escenarios de confrontación indirecta como en el pasado. Hoy se percibe una dinámica mucho más directa: ataques de misiles, bombardeos puntuales y respuestas casi inmediatas. Irán ha elevado el tono y el alcance de sus acciones, mientras Israel ha respondido incluso dentro del propio territorio iraní. Al mismo tiempo, bases militares estadounidenses en países árabes han sido blanco de ataques, lo que añade un nivel adicional de complejidad. Todo esto, en conjunto, dibuja un escenario que, aunque todavía contenido, se mueve peligrosamente cerca de una escalada mayor.

Pero quedarse únicamente en lo militar sería simplificar demasiado la situación. Hay un elemento que atraviesa todo esto y que muchas veces pasa a un segundo plano: el petróleo . El estrecho de Ormuz vuelve a estar en el centro de la conversación, y no es casualidad. Por ahí transita una parte significativa del petróleo mundial. Cualquier tensión en esa zona, por pequeña que parezca, tiene efectos inmediatos. De hecho, ya se ha visto un aumento en los precios del combustible en varios países, incluyendo a la República Dominicana. En ese punto, el conflicto deja de ser algo lejano y empieza a sentirse en la vida cotidiana.

Más allá de los hechos concretos, hay una tendencia que resulta difícil de ignorar. Se percibe un uso cada vez más frecuente de estrategias unilaterales en la gestión de estas crisis. En distintos escenarios, Estados Unidos ha optado por actuar con rapidez, muchas veces marcando el ritmo de los acontecimientos. Esto abre interrogantes sobre el papel del derecho internacional y sobre hasta qué punto los mecanismos multilaterales siguen siendo efectivos. No es que hayan desaparecido, pero sí da la impresión de que su capacidad de influencia es cada vez más limitada.

En contraste, algunos países europeos han mostrado una postura distinta. Sin romper con sus alianzas tradicionales, han intentado apostar por la diplomacia y la contención. No siempre con éxito, pero con una lógica diferente. Esto deja ver algo interesante: dentro del propio bloque occidental ya no existe una alineación tan automática como antes. Y eso, en sí mismo, también es un cambio importante.

En el fondo, todo esto apunta a algo más grande. No se trata solo de conflictos aislados o de decisiones puntuales, sino de una transformación más profunda del orden internacional. La combinación de tensiones militares, presión energética y acciones unilaterales está generando un entorno más incierto, donde las reglas parecen cada vez menos claras.

La pregunta central, entonces, no es solo si el mundo atraviesa un momento crítico, sino si aún existe una arquitectura internacional capaz de gestionarlo con equilibrio y previsibilidad. Porque lo verdaderamente inquietante no es únicamente la intensidad de las crisis, sino la posibilidad de que evolucionen sin límites claramente definidos. Y en un escenario así, el margen de error, político, militar o diplomático, se reduce a niveles peligrosamente estrechos.

Franklin García Sosa

abogado

Un párrafo que dice quién es ya qué se dedica: Franklin Manuel García Sosa. Abogado egresado de la UASD, con maestria en Derecho Administrativo y Procesal Administrativo (pendiente de tesis). Se desempeña como Consejero en la Embajada de la República Dominicana ante el Reino Unido.

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