En una etapa de la vida política dominicana marcada con frecuencia por la confrontación personal y la retórica incendiaria, el debate público sostenido entre Pedro Bretón y José Francisco Peña Gómez, el 22 de febrero de 1988, se erige como un hecho excepcional y aleccionador. No solo por la profundidad de los temas abordados —centrados en el sector agropecuario—, sino por el alto nivel de respeto mutuo, reconocimiento intelectual y madurez democrática demostrado por ambos protagonistas.
José Francisco Peña Gómez, líder indiscutible del Partido Revolucionario Dominicano y una de las voces políticas más influyentes del siglo XX en la República Dominicana, llegó al debate con su conocida fuerza oratoria, sensibilidad social y dominio del discurso político. Frente a él, Pedro Bretón compareció desde una posición eminentemente técnica, sustentando sus argumentos en datos, experiencia práctica y conocimiento estructural del sector agrícola nacional.
Lejos de convertirse en un choque de egos o en una disputa ideológica estéril, el intercambio evolucionó hacia un diálogo de ideas, donde cada planteamiento fue respondido con altura y rigor. Bretón expuso con claridad los retos de productividad, planificación, tecnología y sostenibilidad del campo dominicano, mientras Peña Gómez colocó el acento en la dimensión humana del agro: el campesino, la justicia social y la equidad en el desarrollo.
Lo verdaderamente notable del debate no fue solo la solidez de los argumentos, sino el desenlace simbólico y político. Tras varias horas de intercambio, Peña Gómez reconoció públicamente la capacidad técnica, la preparación y la solvencia intelectual de Pedro Bretón, un gesto poco común en la política dominicana de la época —y aún hoy—. Ese reconocimiento trascendió la coyuntura del debate y envió un mensaje claro: la política puede y debe ser un espacio donde se valore el mérito, incluso cuando proviene del adversario.
Este episodio dejó una enseñanza de fondo. Demostró que es posible confrontar visiones distintas sin descalificar, debatir con firmeza sin perder el respeto, y discrepar sin negar la valía del otro. En un país donde el debate público suele derivar en ataques personales o reducciones simplistas, aquel encuentro representó un ejercicio de civilidad democrática que merece ser recordado.
Hoy, a décadas de distancia, el debate entre Pedro Bretón y José Francisco Peña Gómez adquiere una relevancia renovada. No solo como un capítulo histórico, sino como un referente de cómo el diálogo político, cuando se sustenta en ideas, conocimiento y respeto, puede elevar el nivel institucional del país.
Recordar ese momento no es un ejercicio de nostalgia, sino una invitación a recuperar una práctica política más responsable, más seria y, sobre todo, más digna.
Compartir esta nota