Porque: "Hagas lo que hagas, hazlo bien"
Tienes miedo de morir, pero qué diferencia hay con lo que estás viviendo y el estar muerto. — Séneca
Pienso que quizás, aun y si fuese político como profesión, existiría la posibilidad de que, por igual, no comprendiera determinados hechos que ocurren en ese ámbito oscuro, atiborrado de intereses y manipulaciones. Nos referimos a la publicidad o propaganda —expuestas y llevadas muy bien por Joseph Goebbels durante la Segunda Guerra Mundial— cuya finalidad última es harto difícil visualizar en el presente.
Detalles que parecen inocuos que, por más que intenten explicar, simplemente son imposibles de justificar ante cualquier ser con más o menos conocimientos o cultura. Se gastan miles de millones en infraestructuras destinadas al famoso "turismo", dineros que regularmente provienen de préstamos, los cuales condenan a las próximas generaciones a pagar las indelicadezas cometidas hoy por una partida de políticos indolentes cuyas ambiciones parecen no tener límite alguno.
Sin dudar, decimos que estas estructuras pareciesen ser solo para los hoteleros, con la particularidad de que estos demuestran, cual si fuese un fastidio, la sola presencia de los turistas locales. Si así no fuese, ¿cómo se explicaría que el costo para un extranjero de hospedarse por una semana en uno de estos hoteles, incluyendo hasta el transporte, al turista criollo, por dos noches, le salga por el triple, sin incluir su desplazamiento y gastos incurridos para llegar al hotel?
En tanto, el gasto destinado a esta actividad solo va dirigido a presentar una imagen de algo que quizás siquiera existe, mientras a cualquier dominicano sensible, o que no pertenezca a los "solidarios" o parásitos que viven de las migajas que el clientelismo político destina desde el erario público para mantenerlos, se le destroza el alma al ver cómo los cocoteros de las playas son desnudados en sus raíces por los efectos de las mareas, sin que nadie —dentro de las bondades de los préstamos— se tome la molestia de colocar siquiera sacos de arena que los protejan.
Ni hoteleros ni funcionarios políticos designados como herederos o predestinados a serlo les importa un bledo mantener la naturaleza de nuestras playas que, de así continuar, se convertirán en desiertos a la orilla del mar. Pero eso solo es parte del gran problema del que nadie habla y mucho menos rinde cuentas.
Las estadísticas soportan todo, pero nadie, absolutamente nadie, ha expuesto cuánto, en realidad —efectivo, no cuentos— les entra al Estado producto de esta actividad. ¿Dónde van a parar los impuestos y cuál es su desglose? Y que no hablen del sambenito sobre la producción de empleos, sin especificar las condiciones y sueldos que percibe el personal hotelero. No decimos que llegan a la casi esclavitud debido a su explotación, pero no es que tampoco se encuentren muy lejos.
Los políticos y funcionarios se han encargado de llenarnos de marcos reguladores, un marco aquí y otro por allá, en el supuesto de regularizar, normalizar y desarrollar este medio, indiscutiblemente considerado como una industria productora de divisas; pero todos esos marcos, por lo regular, están vacíos, sin ninguna foto o imagen, ya que en la realidad no fueron creados con esa finalidad, sino para saciar ambiciones de personas y organismos que, simplemente y así es, son insaciables, ya que no solo se trata de obtener dineros para enriquecerse más, pues a esto hay que agregarle el poder político, aquel que se encarga de asegurar al primero.
Para cerrar, por hoy, queremos reiterar la ineficiencia de todos esos marcos "legales" sobre el famoso turismo, porque la triste realidad es que nuestras playas —las no privatizadas— las han convertido en reales putiferios que solo llaman a lo peor de las chusmas que vienen a "vacacionar" y que han sido tomadas, por igual, por los pobres padres de familia para establecer chinchorros y comedores de mala muerte, sin referirnos al bandidaje que todo este descontrol conlleva. No traten de verificar estas desagradables verdades y se evitarán la vergüenza de ver en lo que nos hemos —o nos han— convertido. ¡Sí, señor!
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