El psiquiatra, entre todos los médicos, es quizá quien debe estrechar más hondamente el vínculo con su paciente, pues su oficio se adentra en los pliegues de la conducta humana. Cuando ésta se quiebra o se distorsiona, y el individuo revela actitudes que se apartan de los cánones que sostienen la normalidad, su intervención se vuelve imprescindible: es entonces cuando la ciencia se convierte en escucha, y la cercanía en herramienta de sanación.

El autor de esta obra, eminente psiquiatra, nos abre las páginas de su vida como si fueran un cuaderno de viajes y responsabilidades. En ellas se entrelazan las experiencias que lo condujeron por Madrid, la República Dominicana, Puerto Rico, Canadá y los Estados Unidos.

En Madrid obtuvo el título de medicina, piedra angular de su vocación. Regresó luego a su natal Puerto Plata, donde ejerció como médico pasante, antes de emprender rumbo hacia Puerto Rico, para integrarse al Presbiterian Hospital. Cada etapa, cada territorio, se convierte en un capítulo de formación y entrega, donde la práctica médica se funde con la experiencia humana y el descubrimiento de nuevas realidades.

La constancia, la fuerza de voluntad y el empeño en alcanzar una especialidad en psiquiatría lo condujeron hasta Canadá. Fue un azar revelador —el encuentro con el psicoanalista Víctor Bernal y del Río en el aeropuerto de Puerto Rico— quien le señaló el rumbo: McGill, en Montreal, albergaba uno de los programas más prestigiosos en el campo de la psiquiatría.

Su estancia en aquella ciudad se convirtió en privilegio y aprendizaje. Bajo la tutela de maestros que dominaban los confines del psicoanálisis y la psiquiatría, absorbió un saber profundo que abarcaba desde los trastornos de la infancia hasta las complejidades de la edad adulta. En ese proceso de formación, mientras trabajaba por obtener el título de psiquiatra, asimiló una enseñanza fundamental: la psiquiatría que no se ejerce con amor y pasión difícilmente alcanza la cura o el control de las desviaciones humanas, y sin ello no se logra lo esencial: la normalización de la conducta del paciente.

Asimismo, la narración subraya la innegable influencia que ejercen la cultura y la religión en la vivencia y el manejo del paciente aquejado de trastornos psicológicos. Estos factores exigen por parte del psiquiatra, una delicadeza extrema; le es imperativo dedicar tiempo y estudio, a fin de desentrañar como esos factores (religiosos y culturales), logran moldear la psiquis y el comportamiento.

Gracias a la prudencia y al entendimiento, el médico puede tender un puente de empatía hacia el paciente, vínculo indispensable para el proceso de sanación. Sin embargo, la experiencia revela que las influencias culturales y religiosas poseen un doble filo: la ansiedad y los delirios que oscurecen la mente.

Por ello, la práctica de la psiquiatría exige del profesional una delicadeza extrema y una concentración rigurosa. Cada paciente es un universo distinto, marcado por patrones de conducta que emergen en situaciones diversas. En esa heterogeneidad se encuentra tanto la dificultad como la riqueza de la labor psiquiátrica: comprender cómo los factores culturales y religiosos moldean la psiquis y, a la vez, aprender a transformar esas fuerzas en caminos de apoyo y esperanza.

En su obra “Trayecto de un Loquero”, el doctor Imbert Brugal nos conduce, a través de relatos minuciosos, hacia la íntima necesidad de la interrelación entre médico y paciente. Entre los casos que atendió, emerge con particular fuerza el de la niña Wendy.

Desde sus primeros días, Wendy fue víctima de un abuso atroz: su madre la golpeaba, la maltrataba, llegando incluso a apagar colillas de cigarrillos sobre sus frágiles bracitos. Aquella infancia marcada por el dolor la convirtió en un ser desconfiado, hostil, incapaz de mirar a los ojos, convencida de que todo rostro escondía un nuevo maltrato sin esperanza.

Conducida por una enfermera del servicio social de Montreal, cruzó el umbral del consultorio del doctor Imbert Brugal. Su presencia era un silencio endurecido: mirada esquiva, gesto huraño, labios sellados por el miedo. El especialista percibió en ella la huella de un mundo quebrado.

El tiempo, sin embargo, no le permitió al doctor acompañar el desenlace de aquella niña. Antes de partir, aplicó diversas terapias, entre ellas la de juego, legado de especialistas europeos, que poco a poco fueron cerrando grietas en el muro de su desconfianza. Wendy comenzó a transformarse.: Su estado. mejoró tanto que, en más de una ocasión, invitó al galeno a compartir con ella la inocencia de un juego, gesto que revelaba la luz que emergía en su interior, como presagio de esperanza. en su interior.

Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, advertía que los maltratos dejan cicatrices indelebles en la psiquis de quien los padece. A la luz de esa sentencia, el autor recuerda las palabras de su maestro, el Dr. Jorge Macklean —entonces presidente de la Asociación Canadiense de Psiquiatría Infantil—, quien le confesó con amarga lucidez: “Esos no son niños; han sido tan heridos que jamás podrán llegar a serlo”.

En paralelo, la historia revela cómo los estragos de la Segunda Guerra Mundial imprimieron giros decisivos en la psiquiatría del continente americano. El autor subraya que las innovaciones en el tratamiento de los trastornos mentales se abrieron paso gracias a la llegada de eminentes investigadores y psicoanalistas europeos. Huyendo de la sombra nazi, muchos emigraron a Estados Unidos, donde desplegaron un saber distinto al que imperaba entonces en nuestro hemisferio.

Ese caudal de conocimiento, nutrido por la urgencia del exilio y la fuerza de la experiencia, no tardó en cruzar fronteras: se convirtió en semilla fecunda que transformó la práctica psiquiátrica en América, marcando un nuevo rumbo en la comprensión del sufrimiento humano.

Dichos cambios, mencionados por el autor, se sustentaban en la filosofía de la enseñanza, favoreciendo el equilibrio entre el psicoanálisis, fenomenología y ciencias médicas, basados en el eclecticismo sugerido por Freud. A pesar de estas innovaciones que transformaron por completo el tratamiento aplicado a los pacientes con problemas mentales, el autor de la obra nos dice que: “muy pronto se alejarán del tratamiento psiquiátrico los medicamentos tóxicos y serán sustituidos por otra modalidad”.

El autor nos presenta la narración de la construcción del hospital psiquiátrico de China, denominado Tshingua Al Agent Hospital, uno de los más vastos de aquella nación, administrado exclusivamente por máquinas. En su obra, el Dr. Imbert Brugal advierte: “la psiquiatría actual tiende a olvidar los aspectos psicosociales del paciente y por tanto contribuye a la deshumanización de la psiquiatría y de la práctica médica”. Tal afirmación nos conduce a interpretar que, allí donde el psiquiatra no esté presente para escuchar y descifrar el intríngulis del cerebro humano, la dimensión emocional y cognitiva del paciente quedará silenciada, sin posibilidad de ser transformada

En sintonía, Martha Nussbaum nos recuerda: “No somos máquinas incompletas, sino seres relacionados, necesitados de otros y abiertos al cuidado”. Esta reflexión ilumina la vulnerabilidad compartida que nos define y que ninguna máquina puede suplir.

De ahí que, siguiendo el criterio del autor, sostengo que las máquinas son meras herramientas: carecen de corteza cerebral, de corazón y de alma. No poseen sentimientos ni pueden ofrecer la calidez afectiva que brota de la pasión y el amor. Sólo la relación médica‑paciente asegura ese vínculo humano, capaz de transformar el sufrimiento en esperanza y la soledad en compañía.

Freud afirmaba que: “la esencia de la salud mental radica en dos pilares fundamentales: amor y trabajo”. En otras palabras, la plenitud psíquica requiere el equilibrio entre vínculos personales satisfactorios y una actividad vital que otorgue sentido.

Si los hogares cumplieran cabalmente su función formadora, cultivando el ejemplo y la guía oportuna, y si en ellos prevalecieran el amor y los sentimientos necesarios para forjar mentes sanas, las manifestaciones de trastornos psicológicos serían escasas. La sociedad, en condiciones naturales, se erigiría como espacio de armonía, donde el afecto se convierte en sostén y la convivencia en escuela de humanidad.

Quizás esta visión parezca una utopía. Sin embargo, en tal escenario el psiquiatra se ocuparía únicamente de los trastornos congénitos, pues los adquiridos desaparecerían en una comunidad integrada por seres equilibrados, que vivirían en respeto mutuo y alegría compartida. El mundo se transformaría en un ámbito de entendimiento, libertad y paz, no como quimera, sino como posibilidad concreta, siempre que la responsabilidad familiar y política se ejerza de manera conjunta y solidaria.