En 1961 Emmanuel Levinas publica Totalité et Infini: essai sur l’extériorité. Es un texto clave dentro de su pensamiento. En él estructura de forma ordenada muchas de las ideas, argumentos e intuiciones que había publicado en los tres lustros previos y será desde ese texto que desplegará gran parte de su obra filosófica hasta su muerte en el 1995, justo el día de Navidad. El título completo en castellano es Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad.
El problema que le preocupa a Levinas aparece desde el inicio de la obra. Y es la cuestión que abre la modernidad desde un Descartes (1596-1650), que es el autor considerado como puerta al pensar sobre la misma. ¿Cuán seguros estamos de conocer la realidad? ¿Vivimos en una fantasía?
Levinas lo formula de esta forma. Que todo aparecer del ser sea una posible apariencia; que la manifestación de las cosas y el testimonio de la conciencia no sean, quizá, sino el efecto de una cierta magia, capaces de extraviar al hombre que espera salir de si hacia el ser, todo esto no es un loco pensamiento de filósofo. Es todo el desarrollo de la humanidad moderna: su temor a dejarse hechizar. (las negritas son mías).
Contextualicemos el asunto. Ya desde el pensamiento griego antiguo, incluso entre los presocráticos, aparece la cuestión de diferenciar el ser y el aparecer. Lo verdadero y la apariencia. Alétheia y doxa. El conocimiento, según Parménides, debe seguir el camino que conduce a la verdad, a lo que es. Y lo formula de una forma simple y directa: el ser es y el no ser no es. La apariencia es el no ser.
Para Levinas la gran cuestión que enfrenta en su libro es si la modernidad es una suerte de hechizo, una apariencia. Si en último término la manifestación de las cosas (la información que nos brindan los sentidos) y el testimonio de la conciencia (lo que nuestra razón nos señala como cierto) es falso, es una ilusión, si vivimos extraviados del ser, entonces todo es doxa.
Tema que ocupó a Kant, a Marx, Freud y Nietzsche, pero también a las hermanas Wachowski (The Matrix). En términos cinematográficamente simples: la pastilla roja o la pastilla azul. ¿Funcionará realmente la pastilla roja?
La herencia filosófica que dejó el pensamiento escolástico, en ese pequeñito lugar que llamamos Europa Occidental, distinguía entre el conocimiento humano y la experiencia de la Fe. Bajo la influencia, muy fuerte, de Platón y Aristóteles. Se pretendía que la Fe era fuente de verdad, sin evidencias empíricas o racionales, y convertía su defensa en abrazar creencias a-priori mientras se caminaba en la densa niebla que nos ocultaba el fundamento de lo real.
La única forma de salvar lo que la ciencia y el pensar iban logrando era reconocer la validez de ambos caminos, el conocimiento humano y la Fe, pero siempre considerando lo primero subordinado (ancilla) al segundo. En gran medida fue la fórmula tomista. Como la inmensa mayoría de los que “pensaban” en esa minúscula península del gran continente euroasiático, durante casi diez siglos, estaban vinculados y se beneficiaban de la estructura eclesial, no podían rechazar lo que de la Fe se decía. Esa osadía se pagaba con cárcel, tortura o la muerte…o los tres.
Gracias al quiebre del control eclesial en el siglo XVI (fruto de un divorcio real y los pruritos de conciencia de un monje agustino) se desató en muchos lugares de Europa la oportunidad de hacer ciencia sin esperar las “orientaciones” teológicas. Ayudó, no debemos olvidarlo, la separación que efectuó Guillermo de Ockham entre ciencia y Fe.
La duda sobre si podíamos llegar a lo verdadero y la poca confianza en que los sentidos y nuestra razón nos brindara el acceso al ser, no se desvaneció con los primero logros de la ciencia empírica. Eso explica la duda metódica cartesiana y su formulación de que únicamente la conciencia de la próxima existencia era un dato claro y distinto. La cuestión que Levinas nos plantea sigue frente al mismo problema. Que es todo el desarrollo de la humanidad moderna: su temor a dejarse hechizar.
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