Los topónimos describen el nombre propio de un lugar. En el caso dominicano comenzamos con el nombre que a la isla le dio el Almirante de la Mar Oceana durante su primer viaje, cuando la llamó “La Española”. Los cartógrafos angloparlantes, enemigos de la “ñ” lo tradujeron por “Hispaniola”.

Luego, cuando los españoles se trasladaron de La Isabela, en la costa norte, a la desembocadura del rio Ozama en la costa sur y fundaron la ciudad de Santo Domingo, desde entonces ese fue el nombre con que se conoció la isla. Cuando comenzaron a llegar los bucaneros y filibusteros franceses a la costa noroeste, a esa parte se le llamó “Saint Domingue”. Por mucho tiempo la isla fue conocida como “Santo Domingo” en el este y “Saint Domingue” en el oeste.

Cuando en 1801 los haitianos declararon su independencia, en vez de ponerle al nuevo país un nombre que recordara las raíces africanas de sus diferentes tribus, optaron, sorprendentemente, por el taíno “Haití” con el cual los indios denominaban a zonas montañosas o rocosas. Por eso es que en lo que hoy es la República Dominicana tenemos a “Los Haitises”, zona de formación kárstica al sur de la bahía de Samaná y cerca de Monción a “Haití Picao”. Consecuentemente, es un topónimo común a ambos países.

Cuando en 1844 los Trinitarios tuvieron que decidir qué nombre darle al nuevo país, era obvio que llamarlo Santo Domingo era complicado, ya que el resto del mundo por muchos años había conocido a la parte oeste, la más rica de todas las colonias francesas, como “Saint Domingue”. El llamarle “Quisqueya” también era conflictivo, aunque se usó ese nombre en el himno nacional, ya que esa palabra taína abarcaba a la isla entera y por eso en Puerto Príncipe existe la universidad “Quisqueya”. También era problemático llamarle “Dominicana” ya que existía Dominica, la isla caribeña posesión inglesa. Como desde hace años nos autodenominamos “dominicanos”, se optó por “República Dominicana”. Somos de los pocos países en el mundo donde la mención del régimen político bajo el cual funciona aparece en el nombre. Los otros pocos casos incluyen a la República Checa y a la República Argentina, pero esta última es conocida simplemente como “Argentina”. Los Estados Unidos Mexicanos por su lado, son conocidos simplemente como “México”, pero ese no es el caso de los Estados Unidos de América.

En épocas modernas los suramericanos y los centroamericanos nos conocen como ”La Dominicana” y los haitianos como “La Dominicanie”. Los angloparlantes cambian el orden y para ellos somos “The Dominican Republic” y, en abreviatura, nos llaman “Dom Rep”, o, simplemente, “DR”. En el aeropuerto de Orly en París, esperando el avión de regreso, escuché en una ocasión que anunciaban el vuelo a “Saint Domingue” pues los franceses todavía recuerdan el nombre de su muy rica ex colonia.

Varios otros nombres son comunes a la isla: Anacaona, probablemente reinó en lo que hoy es Haití y Enriquillo comenzó su rebeldía en la parte del Bahoruco que hoy es Haití, cerca de Jacmel, pero luego se trasladó a la parte que hoy es República Dominicana, al sur de Duvergé, en la zona montañosa de Puerto Escondido.

Otros topónimos se refieren a que en el lugar existía un árbol, como son los casos de “El Limón” y “El Naranjo”, o un lugar de muchas palmas como “Palmar de Ocoa”. Otros reciben el nombre del primer habitante. Para nosotros el caso más curioso queda cerca de Cotuí, donde hay un paraje conocido como “Rosa la Blanca” y, a pocos kilómetros, hay otro que lleva el nombre de “Rosa la Prieta”.

Topónimos taínos los hay muchos. Todos nuestros ríos llevan nombres taínos excepto El Pedernales, el Isabela y el Masacre, pero este originalmente llevaba el nombre taino de Dajabón, hasta el violento intercambio en ese río entre españoles y franceses en el siglo XVIII. Casi todos nuestros peces llevan nombres taínos y docenas de lugares mantienen su nombre taíno, como Macorís, Bonao, Ocoa y Maguana. En fin, que nombres taínos y españoles nos caracterizan.

Bernardo Vega

Historiador, economista

Economista, historiador, autor de decenas de libros. Impenitente columnista, fue gobernador del Banco Central y embajador ante la Casa Blanca. Ex director del periódico "El Caribe" y de la revista "La Lupa Sin Trabas". Actualmente es presidente de la Academia Dominicana de la Historia.

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