Se trataba de un individuo socialmente excluido, objeto de burlas por las clases tradicionales que le objetaban su carencia de educación, su lenguaje soez y su actitud violenta. A pesar de su falta de educación escolar, disponía de una inteligencia práctica forjada en el quehacer de la calle: el tipo de inteligencia práctica que requiere el político, aunque insuficiente para convertirse en estadista.
Sus ambiciones presidenciales se percibían como el sueño de un joven que, emborrachado de dinero, fama y lisonjas, deliraba con megalomanía. Lo despechaban quienes pertenecían a las élites económicas porque se había criado en la pobreza; lo rechazaban los intelectuales por su falta de formación; lo despreciaban los defensores de «las buenas costumbres» porque lo tildaban como la encarnación de los antivalores; lo subestimaban los políticos profesionales quienes pensaban que podían aprovecharse de su popularidad para asociarse con él y manipularlo.
Lo subestimaban también los analistas que minimizaban su falta de experiencia y carencia de estructura partidaria; lo despreciaban con crudeza los opinadores que, desde la atalaya de una infancia más benigna, parecían culpabilizarlo por el entorno donde había forjado su carácter.
Pero la historia es más tozuda que quienes la olvidan. Desde la Roma de Maximino el Tracio hasta la Alemania de Hitler, y desde la República Dominicana de Trujillo hasta la Uganda de Idi Amin Dada, individuos despreciados por sus procedencias y sus carencias fueron objeto del rechazo que gestó el resentimiento y sirvió de combustible para incendiar todas las barreras.
Todavía a las puertas del poder se minimizó a estos tiranos subestimados, intentando arroparlos con alianzas que les ataran las manos. No obstante, más pronto que tarde se evidenció que no había cadenas para atrapar a semejantes fieras, instituciones que pudieran limitarlos, ni fuerzas sociales que se interpusieran en el camino. Por el contrario, hubo suficiente gente dispuesta a seguirlos hasta el abismo.
Más que él, deberíamos preocuparnos por quienes lo desprecian, y subestiman: los que alimentan la furia. Porque son ellos los que le dan fortaleza, junto a los millones que pueden identificarse con una comunidad de despreciados. Solo espero que no lleguemos al día -en cuatro, ocho o doce años- en que, demasiado tarde, digamos con Martin Heidegger: “Solo un dios podrá salvarnos”.
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