En estos tiempos de preocupación ecológica y por lo que el papa Francisco llamó en su encíclica Laudato si: la casa común, es necesario replantearnos este mandato que da el Señor en Génesis 1,28 al momento de terminar su magna obra que es nuestro planeta. Dios le dice a la recién creada pareja, después de bendecirlos, que sean fecundos, que se multipliquen, que llenen la tierra y que la sometan. Esta última orden o mandato de Dios: someter la tierra, es algo que ha sido malentendido a lo largo de la historia por algunos grupos humanos, y ha traído el conocido problema ecológico que hoy enfrentamos a grandes niveles, poniendo en peligro toda la vida en la tierra y de ella en sí misma.
Para nadie es un secreto todo el problema climatológico y de deforestación que vemos y experimentamos, cómo especies completas han desaparecido y otras están en peligro de extinción, cómo el caudal de nuestros ríos se agota, zonas que eran prósperas ahora desérticas, y cómo se ha ido consolidando toda una depravación de los suelos tras explotaciones mineras fuera de control, sin tomar en cuenta el peligro que ocasionan para la existencia de la vida en sus entornos, y así podríamos citar más problemática que brota de este falso entender este mandato de Dios.
Si leemos el relato de Génesis 1 desde el principio hasta este verso 28, veremos que la coletilla al final de cada acto creador de Dios se repite: «Y vio Dios que era bueno». Todo lo que crea es por bondad suya y para beneficio del hombre y también de todo el planeta, por lo tanto no se debe desestimar esta apreciación del autor sagrado cada vez que enuncia una nueva creación de Dios. Entonces, si tomamos en su acepción original el verbo someter, primero en hebreo, el verbo kavash, veremos que su significado fuerte es: ordenar, gobernar, poner control; y en griego tenemos al verbo katakuriuo, cuyo significado equivale a ejercer señorío, como a una mayordomía o administración. De esto quedan claras dos cosas: primero, que el hombre no es dueño de lo creado, sino que tiene control, que es señor de la creación por el talante que Dios le ha dado, que es un administrador, un mayordomo, cuyo oficio es ordenar las cosas, su trabajo es cuidarla, es el oficio que le ha dado su patrón. Y lo segundo es que, si el hombre es administrador, a todo administrador tarde o temprano se le pedirá cuenta.
Entonces: ¿cuál es la cuenta que le vamos a dar a nuestro Señor sobre las riquezas naturales y planetarias que él ha puesto en nuestras manos? ¡Acaso será un desierto! Y no debe ser así, pues eso no fue lo que nos confiaron. Es mucha la belleza y grandeza natural que Dios nos puso a administrar y a cuidar; hay mucha vida en nuestras manos. Por eso, todo ejercicio que degrade la creación o la vida que bulle en ella es condenable y falto a los deseos primeros de nuestro Dios y a la encomienda que nos dejó de administrar y cuidar, no de destruir y aniquilar. No confundamos el someter con depravar o explotar medalaganariamente lo que Dios nos ha dado y encomendado; administremos, cuidemos y preservemos todo lo creado ecuánimemente y como el mismo creador quiere y espera.
Damos gracias a Dios por lo que nos dio y confió, respondamos con lealtad a su mandato de preservar lo creado, respetemos las vidas animal, silvestre y en todos los niveles que hay entre nosotros, pues así también nos preservamos a nosotros mismos.
Compartir esta nota