A partir del #MeToo, una de las discusiones de mayor debate es la de la idea de consentimiento en el ámbito de la libertad sexual.
Desde el punto de vista jurídico, constituye la base del derecho contractual y puede definirse como la manifestación libre, clara y consciente de la voluntad mediante la cual una persona acepta vincularse legalmente, asumir obligaciones o permitir que se realicen determinados actos sobre sí o sus bienes.
Cuando se habla de lo sexual, consiste en la aceptación voluntaria y consciente de sostener relaciones sexuales con otra persona y, al no darse de manera exacta o específica, sino continua, puede ser más difícil de constatar. El hecho es que, aunque en un determinado momento se haya expresado la voluntad, no significa que no se pueda cambiar de opinión más adelante, puesto que siempre se está comprometiendo la integridad física y emocional.
Algunos han propuesto, incluso, que se exija la firma de un contrato a la hora de tener sexo con alguien, lo cual es absurdo y ridículo, ya que no se puede asegurar que el consentimiento se vaya a mantener indefinidamente.
España, luego del caso de La Manada, aprueba en 2022 la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual, conocida como la «ley del solo sí es sí», que elimina la distinción entre abuso y agresión, estableciendo que solo se considera que hay consentimiento cuando se manifiesta libremente. Ha supuesto un cambio trascendental de paradigma, pues lo posiciona como el único elemento definitorio de la agresión sexual.
Es de orden destacar que el sí supone ver el sexo como un acuerdo entre adultos con capacidad de elección que consienten, en igualdad de derechos. Por tanto, la reformulación jurídica del concepto «consentimiento» en ese sentido impone otra mirada en la comprensión y significación de la libertad sexual.
Podría decirse que se deja abierta una brecha para denuncias falsas, cuestión que la correcta valoración de las pruebas debe subsanar. La violencia no siempre muestra un rastro físico y, como ya he expresado en otras ocasiones, el precio de no creerle a la víctima es muy alto.
En resumidas cuentas, el consentimiento es la manifestación más pura de la autonomía personal, del derecho de cada individuo a decidir sobre su cuerpo y su vida, asumiendo con ello las consecuencias.
[1] En 2023 fue modificada para ajustar las escalas de las penas, manteniendo intacto su eje central.
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