El debate nacional contemporáneo en torno al desmonte arancelario del arroz en la República Dominicana, exacerbado por la culminación formal del calendario de desgravación del acuerdo comercial DR-CAFTA, ha colocado la producción agrícola local en una encrucijada histórica y estructural de trascendental importancia socioeconómica. Las lecturas dominantes formuladas por destacados analistas económicos del país han tendido a evaluar la eliminación definitiva del gravamen del 99% a las importaciones provenientes desde los Estados Unidos bajo parámetros estrictamente monetarios, legales o descriptivos. Este artículo ofrece una crítica sistemática desde la sociología económica contemporánea, argumentando que dichos modelos incurren en un severo reduccionismo analítico al concebir el cereal como una mera mercancía transable y descuidar las instituciones históricas, las redes sociales complejas y las asimetrías estructurales de poder geopolítico que vertebran el espacio rural dominicano.

En primera instancia, el análisis propuesto por Andrés Dauhajre hijo (2026) centra su argumentación en la teoría del bienestar del consumidor y la eficiencia asignativa del libre mercado. Dauhajre postula que la eliminación total de las barreras arancelarias libera recursos financieros para más de 11 millones de consumidores locales y turistas, al tiempo que sostiene que los subsidios agrícolas directos otorgados por el gobierno estadounidense se mantienen dentro del margen de minimis del 5% permitido por la Organización Mundial del Comercio (OMC). Sin embargo, desde la perspectiva fundacional de Karl Polanyi (1944) en La gran transformación y el paradigma de la incrustación social de Mark Granovetter (1985), esta postura adolece de una seria ceguera sociológica. Polanyi demostró que el trabajo y la tierra son mercancías ficticias, cuya articulación no responde a las leyes puras de la oferta y la demanda sin destruir la sustancia humana y natural de la sociedad. Tratar la producción arrocera como una actividad puramente intercambiable ignora que 1.5 millones de tareas cultivadas en 21 municipios vulnerables, concentradas en las cuencas hidrológicas de las provincias Duarte, La Vega, Sánchez Ramírez, Montecristi y Valverde, representan la base fundamental del tejido comunitario, la estabilidad demográfica regional y el desarrollo económico de las regiones. La quiebra masiva de 30,000 productores primarios no genera una reasignación fluida de mano de obra hacia sectores urbanos, sino una dislocación social caracterizada por la migración forzada y la expansión de cinturones de miseria. Asimismo, el enfoque contable del margen de minimis soslaya lo que la sociología del desarrollo identifica como subsidios civilizatorios e hidrológicos: cuantiosas inversiones federales acumuladas durante más de un siglo en la infraestructura del río Misisipi por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército estadounidense, las cuales reducen artificialmente los costos de transporte y origen del grano norteamericano, configurando una competencia estructuralmente desigual que rebasa con frecuencia el cálculo de la tarifa aduanera.

Por su parte, la aproximación de Jaime Aristy Escuder (2026) enfoca el dilema desde el cumplimiento contractual y la estricta observancia del derecho internacional. Aristy Escuder argumenta que renegociar o violar los compromisos del DR-CAFTA minaría la seguridad jurídica de la República Dominicana, exponiendo al país a represalias comerciales severas contra sectores dinámicos como las zonas francas industriales. Si bien el respeto a las reglas del juego es fundamental para la estabilidad macroeconómica, la teoría de las organizaciones de Paul DiMaggio y Walter Powell (1983), junto con la sociología de los mercados de Neil Fligstein (2001), permite desmitificar el supuesto carácter neutral de los marcos legales internacionales. Los acuerdos comerciales son instituciones complejas moldeadas por relaciones de poder geopolítico asimétricas, donde las potencias hegemónicas ejercen un isomorfismo coercitivo sobre las economías periféricas. Exigir la estricta aplicación del desmonte arancelario en una nación en desarrollo, mientras el capital agrario de los países desarrollados se beneficia de seguros catastróficos, créditos preferenciales y salvaguardias implícitas, constituye un claro fetichismo jurídico. La seguridad jurídica abogada por Aristy Escuder (2026) termina priorizando la protección de los flujos de inversión extranjera sobre la preservación de 130,000 empleos directos y 300,000 indirectos que sustentan la paz social y la sostenibilidad social a largo plazo en las zonas agro productivas del país.

En una tercera vertiente, Apolinar Veloz (2026) ofrece un diagnóstico centrado en la capacidad de cobertura de la oferta nacional y en la arraigada lealtad del consumidor dominicano hacia el grano local. Veloz destaca que la producción interna satisface habitualmente más del 90% de la demanda nacional, relegando las importaciones de Estados Unidos a una cuota marginal de entre el 5% y el 7%. A partir de estos indicadores, concluye que el impacto de la apertura arancelaria podría ser amortiguado por las preferencias culinarias de la población. No obstante, las aportaciones de Pierre Bourdieu (2000) sobre las estructuras sociales de la economía, los estudios de Viviana Zelizer (1994) sobre la significación del dinero y los análisis de Michel Callon (1998) respecto a la performatividad de los mercados demuestran que el gusto no es una variable cultural estática ni invulnerable. En sectores de ingresos medios y bajos, la plasticidad del consumo está fuertemente condicionada por la brecha de precios. Un diferencial de costos sostenido reconfigura velozmente los patrones de compra en comedores populares, instituciones públicas y cadenas de comida rápida, desplazando gradualmente el grano nacional en el mercado interno. Adicionalmente, este enfoque omite la performatividad del capital molinero local. Las factorías de arroz operan como agentes financieros orientados a la maximización de beneficios; ante una avalancha de grano importado a bajo costo, los intermediarios sustituirán progresivamente el financiamiento al productor nacional por la intermediación de importaciones, garantizando sus márgenes comerciales con un riesgo operativo sustancialmente menor.

El debate económico tradicional sobre el arroz dominicano evidencia una clara insuficiencia teórica al desvincular los precios y los contratos de las estructuras comunitarias que los sustentan. La sociología económica demuestra que el mercado no es un mecanismo autorregulado de asignación eficiente, sino una construcción social atravesada por disputas de poder, hábitos culinarios modificables y relaciones de subordinación internacional. Proteger la producción arrocera nacional no implica defender un proteccionismo ineficiente, sino reconocer que la soberanía alimentaria, la cohesión territorial, seguridad territorial y la estabilidad rural constituyen bienes públicos no negociables. Una política agrícola integral para la República Dominicana debe trascender la dicotomía simplista entre el libre comercio absoluto y el aislamiento aduanero, articulando estrategias de eficiencia productiva, fortalecimiento cooperativo y diplomacia comercial activa, soberanas y equitativas que sitúen la dignidad humana, la justicia distributiva y el desarrollo sostenible en el centro de las decisiones estatales.

Héctor Almonte Mella

Nació en el municipio de Mao, Valverde, RD. 1955. Con Maestría en Ciencias Sociales (UASD). Posgrado en Desarrollo Territorial en Alemania y Perú. Director. Ejecutivo del Centro para la Educación y Acción Ecológica, CEDAE. Líder del área Social del Instituto de Investigación Socioambiental, INISA; institución especializada en Desarrollo Territorial y Bioeconomía, adscrito a CEDAE.

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