En el ámbito de la arquitectura contemporánea existe casi cualquier tipo de arquitecto: desde los desconocidos, pasando por los anodinos y, luego, subiendo al olimpo de los dioses. Pero Santiago Calatrava no se encuadra del todo en ninguno de estos renglones y, si lo hiciera, habría que considerar su acceso a ese olimpo.
Admirado por su forma de fundir la estructura con la más pura expresión artística, pero criticado por el elevado coste de algunas de sus obras y por sus aspavientos formalistas, el arquitecto valenciano, creador del proyecto de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, representa una forma de entender la arquitectura que trasciende la simple resolución de un programa funcional. Con sus obras no pretende solamente albergar una actividad; aspira a emocionar, a transmitir su arte mediante uno de sus gigantes escultóricos.
Su principal virtud, que desde luego la tiene, consiste en integrar ingeniería y diseño, ciencia física pura y arte. Gracias a su doble formación, Calatrava concibe la estructura como el auténtico elemento generador del proyecto. Sus arcos, costillas, tirantes y grandes elementos de hormigón blanco no quedan ocultos tras acabados (porque, quizá, cuando los pone, sencillamente se desprenden), sino que quieren constituir la propia arquitectura. Sus edificios evocan alas desplegadas, esqueletos o formas orgánicas inspiradas en la naturaleza, muy a lo Leonardo, o quizá recuperando una tradición iniciada por Antoni Gaudí y desarrollada posteriormente por ingenieros como Pier Luigi Nervi o incluso decodificando la racionalidad matemática de Félix Candela.
Esta búsqueda de la belleza estructural ha permitido crear algunas de las imágenes más reconocibles de la arquitectura reciente. Ya hemos mencionado el ejemplo de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, pero también tenemos el Oculus de Nueva York; ambos son ejemplos de edificios que han superado su función original para convertirse en símbolos de sus respectivas ciudades.
Sin embargo, esas mismas particularidades de los proyectos de Calatrava constituyen también el origen de las principales críticas. La complejidad geométrica de sus proyectos exige soluciones constructivas no convencionales y, en muchas ocasiones, poco duraderas en el tiempo o con usos que colindan con la inutilidad o el peligro, como es el caso del Puente de la Constitución, en Venecia, famoso por su suelo acristalado y resbaladizo. Todo esto sin contar los sobrecostes de construcción y mantenimiento, que suelen ser superiores a los de una arquitectura convencional.
Al observar la obra de Calatrava nos preguntamos: ¿se limita su arquitectura a resolver problemas funcionales o aspira a convertirse en una manifestación artística? Mientras algunos grandes arquitectos como Moneo, Campo Baeza, Tuñón o Mansilla defienden con sus proyectos una arquitectura discreta y eficiente, Calatrava reivindica el derecho a emocionar mediante la forma, la luz y la estructura, pero todo ello como parte de una gran escultura habitable.
Desde luego, nos guste o no, Calatrava, el arquitecto de nuestra infancia arquitectónica, nunca deja indiferente.
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