Hace más de cincuenta años, mi adolescencia, empecé a construir mi modelo de la realidad a partir de lecturas, imágenes y conversaciones. Influyeron la radio, el cine, el teléfono y la televisión. Cada modernización de una nueva tecnología expandía mi universo y modificaba mi percepción del mundo.
En los años 60, la televisión se convirtió en el gran tótem cultural de mi generación. Yo vivía por los frentes de RTVD y pasaba horas observando cómo se fabricaba aquello que millones llamaban realidad. Con el tiempo fui tomando conciencia de que al consumir información entrabamos en un molde conductual que moldeaba, lo que hoy se llama historicidad cognitiva.
Décadas después, la revolución digital transformó la ecuación. El problema ya no era quién o cómo producía el mensaje, más bien quién acumulaba los datos que revelaban nuestras conductas, preferencias, miedos y deseos.
La sociedad industrial abrió paso a la sociedad de la información y luego a la sociedad algorítmica. Y la sorpresa hoy es que el valor no reside literalmente en la producción de bienes físicos ni en el conocimiento abstracto; dueña y señora es la capacidad de capturar, procesar y utilizar información sobre individuos y comunidades enteras; y para qué? Pues, como venimos viendo, para desinformar descaradamente.
Cuando Edward Snowden reveló los sistemas masivos de vigilancia global en 2013, muchos vimos un conflicto entre privacidad y seguridad nacional. Visto desde hoy, aquellas revelaciones fueron apenas el prólogo de una transformación más profunda. Lo que parecía una disputa entre ciudadanos y agencias de inteligencia se viene convirtiendo en una suerte de competencia global por el control de los flujos de información.
Verbigracia América Latina donde somos sido testigos de ello. En Perú, la fragmentación política y la debilidad institucional convierten la información en un arma tan poderosa como cualquier instrumento tradicional de poder. En Venezuela, el control informativo es un mecanismo esencial de gobernabilidad: la disputa ocurre en redes, plataformas y sistemas de vigilancia donde la información sirve para monitorear, persuadir y controlar. En Colombia, los algoritmos y la circulación estratégica de contenidos dividen a una sociedad con más eficacia que muchas formas tradicionales de confrontación. En Argentina, las redes digitales han permitido la emergencia de liderazgos que desafían las estructuras políticas mediante comunicación directa, emocional y permanente. En Chile, los debates constitucionales evidenciaron cómo una sociedad conectada produce y disputa significados a gran velocidad.
La lección es clara: la información crea una realidad paralela.
Quien controla las bases de datos, los algoritmos de recomendación, las plataformas y los sistemas de inteligencia artificial posee una ventaja estratégica que los imperios industriales jamás imaginaron. Ese espacio es ocupado por las Big Tech que le han dado un giro a las guerras y que son hoy menos guerras de territorio y cada vez más guerras de información y/o desinformación donde la mentira gana espacio en el imaginario popular. Los acontecimientos de la última década lo confirman. Ya no se trata sólo de espías interceptando comunicaciones, son de millones de personas participando en una lucha invisible por definir qué es verdad, qué merece atención y qué debe permanecer oculto a los ojos de Dios.
Snowden expuso un sistema global de vigilancia. Pero el verdadero descubrimiento de nuestro tiempo es más inquietante: la vigilancia ya no es monopolio de los Estados. Empresas tecnológicas, plataformas, grupos políticos y actores económicos compiten por nuestra atención como recurso estratégico. Nuestros datos. Nuestras emociones. Nuestra capacidad de decidir.
¿El capital decisivo del siglo XXI es el petróleo y el oro? No. Es la información sobre la conducta humana. Y la gran pregunta ya no es quién nos gobierna, más bien quién procesa los datos que determinan cómo entendemos el mundo. Porque quien controla la información le basta con conquistar la percepción, en vez de territorios.
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