Hoy en día —y ya lo he manifestado en diferentes artículos— toda la carga de educar a niños, niñas y jóvenes se está dejando casi exclusivamente en manos de los docentes. Vivimos en una sociedad que muchas veces prefiere cerrar los ojos cuando le conviene; una sociedad que, frente a cualquier problemática educativa, señala sin detenerse a pensar a los supuestos culpables del sistema: los maestros y maestras.
Nunca se ve, nunca se habla, nunca se señala al padre o a la madre irresponsable que no dedica ni un minuto de su tiempo para verificar si sus hijos están rindiendo en la escuela. Personas que jamás preguntan al docente por el comportamiento o el desempeño académico de sus hijos, pero que son las primeras en arrojar la piedra ante cualquier situación.
Ser maestro o maestra en estos tiempos significa, sin duda, ser una persona valiente. Un docente puede tener años de servicio, una excelente formación y el mejor perfil profesional, pero basta el más mínimo error —propio de cualquier ser humano— para que se enfrente al sistema, a los padres y a la sociedad. Por acciones tan simples como corregir a un estudiante, muchos docentes se ven expuestos a procesos, acusaciones e incluso a perder su trabajo sin que, en ocasiones, se escuche siquiera su versión de los hechos. Hoy en día, la palabra de un maestro vale poco.
Tenemos un sistema educativo al que parecen importarle más las evidencias burocráticas que la voz del docente. Un sistema que pocas veces escucha al que está en el aula. Siempre he sostenido que ya no se trata solo de vocación; se trata de la presión constante que ejerce el sistema educativo. Muchos maestros continúan en las aulas no únicamente por amor a la enseñanza, sino porque han hecho de la educación su camino de vida. Sin embargo, si a cada docente se le presentara la oportunidad real de migrar hacia otra carrera o mejores condiciones laborales, muchos lo pensarían seriamente. La educación, lamentablemente, se ha convertido para muchos en sobrevivir un día más.
La educación no es una tarea exclusiva del maestro: es un compromiso compartido entre escuela, familia y sociedad.
No es una cuestión de los estudiantes. Al final, son niños y niñas en formación. El problema radica en una sociedad que ataca al maestro, pero que no colabora en la búsqueda de soluciones. Una sociedad que exige resultados, pero que no asume su parte de responsabilidad en la formación integral de las nuevas generaciones.
Hace tiempo que el sistema educativo le arrebató al docente gran parte de su autoridad. Y sin autoridad pedagógica, sin respaldo institucional y sin el compromiso de las familias, es difícil avanzar hacia una educación de calidad.
Si queremos que esta realidad cambie, así como se cuestiona y se ataca al docente por la más mínima situación, también deberían establecerse mecanismos de corresponsabilidad. Los padres y madres que nunca asisten a reuniones, que no dan seguimiento al proceso educativo de sus hijos y que solo aparecen para reclamar, también deben ser llamados a rendir cuentas. La educación no es una tarea exclusiva del maestro: es un compromiso compartido entre escuela, familia y sociedad.
Ser docente hoy es resistir. Pero también es seguir creyendo que, a pesar de todo, educar sigue siendo uno de los actos más necesarios y transformadores de nuestra sociedad.
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