“Somos la savia en un solo verso,
perdidos y encontrados
en la savia de un te quiero”.
—Benjamín Amathís
Cada 14 de febrero el amor suele vestirse de símbolos visibles: flores que se marchitan, promesas que compiten con la prisa y palabras que a veces duran menos que el día que las pronuncia. Sin embargo, existe un amor más hondo, silencioso y verdadero: el amor que se vuelve savia, ese fluir invisible que sostiene la vida desde dentro.
Ayer fue día de los enamorados. Las calles parecían latir con una prisa distinta: gente que iba de aquí para allá y de allá para acá, como si el amor tuviera horario y el tiempo pudiera alcanzarse entre regalos, mensajes y promesas apresuradas. Sin embargo, cuando la noche comenzó a descender con su silencio inevitable, todo volvió a lo esencial. Las palabras sobraron, el ruido se hizo leve y muchos comprendieron que, después de tanto correr, la noche solo quería terminar en un abrazo.
Amar no es solamente sentir. Es perderse en la presencia del otro hasta que el tiempo cambia de ritmo y las horas adquieren una densidad distinta. En ese territorio íntimo, la mirada despierta lo sagrado y el cuerpo deja de ser frontera para convertirse en lenguaje. Entonces comprendemos que la pasión, cuando es verdadera, no destruye: revela.
Hay un instante en que el amor logra unir libertad y deseo sin violencia. Los labios hablan con la serenidad del vino antiguo, la piel recuerda verdades olvidadas y el encuentro deja de ser impulso para transformarse en diálogo profundo. No se trata solo de cercanía física, sino de una comunión donde lo humano roza lo eterno y lo cotidiano se abre a la trascendencia.
Por eso el amor auténtico crea jardines interiores. En la piel del otro aparecen universos, florecen cantos suaves y cada rincón guarda historias sembradas con paciencia. Amar así es aceptar que el misterio no se explica: se habita. Es comprender que la ternura puede ser más fuerte que el miedo y que la cercanía sincera tiene la capacidad de reconciliar lo que parecía fragmentado.
Es probable que la imagen más fiel del amor sea precisamente la savia. No se ve, pero alimenta. No hace ruido, pero sostiene. No presume su fuerza, pero mantiene viva la raíz incluso en tiempos de sequía.
Cuando dos personas llegan a sentirse un solo verso, el amor deja de ser emoción pasajera y se convierte en el soplo que permanece. Perdidos y encontrados al mismo tiempo, descubren que amar no es poseer, sino permanecer dentro de un mismo latido, cuidando lo frágil como quien protege una llama en medio del viento.
Quizá eso es lo que realmente celebramos en esta fecha: no un gesto romántico efímero, sino la posibilidad de que el amor una cuerpo y espíritu, deseo y ternura, tiempo y eternidad en un mismo susurro de vida compartida.
Fragmentos de “Savia de Amor”, de Benjamín Amathís
Tu saliva es la savia de mis versos,
comunica lo profundo en eco;
amor en diálogo inmenso,
encerrados en sus besos.
Somos la savia en un solo verso,
un amor tan inmenso en su revuelo;
perdidos y encontrados
en la savia de un te quiero.
Perdidos y encontrados,
latiendo en un mismo eco,
somos savia que no muere
dentro de un eterno te quiero.
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