Hace más de una década, a solicitud del Ministerio de Medio Ambiente y la Cancillería, participé en dos ocasiones en reuniones de la Comisión Ballenera Internacional, celebradas en Europa, donde defendí la protección de las ballenas jorobadas que cada año llegan a la Bahía de Samaná, en la República Dominicana; para reproducirse y dar vida. Admito que estuve muy activa en ambas reuniones y esa experiencia dejó en mí una huella profunda.
El Santuario de Mamíferos Marinos de Samaná es uno de esos regalos excepcionales que la naturaleza concede a muy pocos países. Cada año, durante los meses de invierno, las ballenas jorobadas regresan a estas aguas cálidas para reproducirse y dar a luz a sus crías, repitiendo un ciclo milenario que se ha mantenido gracias al equilibrio natural del mar.
Nuestro país es profundamente privilegiado. No todos los territorios pueden decir que forman parte de la ruta vital de una especie tan emblemática como la ballena jorobada, cuya sola presencia transforma el océano en un espacio de vida, renovación y aprendizaje.
Las ballenas no solo conmueven por su tamaño o su belleza. Cumplen un rol esencial en la salud de los océanos: contribuyen al equilibrio del ecosistema marino, favorecen la productividad de la vida oceánica y participan, de manera silenciosa, en procesos naturales que ayudan a regular el clima. Donde hay ballenas, hay mares más vivos y resilientes.
Su presencia también impacta positivamente la vida humana. Cada temporada, miles de personas visitan Samaná para observarlas, impulsando un turismo responsable que genera empleo, fortalece la economía local y promueve una relación respetuosa con la naturaleza. El avistamiento de ballenas se ha convertido en una experiencia educativa y transformadora, que conecta a quienes participan con la importancia de conservar lo que hace único a nuestro país.
Quizás por eso las ballenas despiertan tanta emoción. Nos recuerdan que el desarrollo no debe estar reñido con la protección del entorno; que crecer también puede significar cuidar; y que existen equilibrios invisibles que sostienen la vida mucho más de lo que imaginamos.
Proteger el santuario de Samaná es honrar una herencia viva. Es reconocer que somos custodios temporales de un privilegio natural que trasciende generaciones. Y es, sobre todo, comprender que cuidar a las ballenas es también cuidar nuestro futuro.
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