El problema quizás consista en admirar de manera irreflexiva. Lo que empeora cuando no se toma en cuenta que ese que usted admira irreflexivamente puede fallarse a sí mismo en dar una cara que ni él mismo sabía que tenía y que, de las caras posibles, es la peor de ver. No importa que se le conociera ayer o toda la vida.
Admirar a alguien por sus dotes personales, como inteligencia, sabiduría, don de gentes, padre, madre y espíritu santo forma parte de la manera de pensar y actuar de cualquier ser humano.
Admiramos la bondad, entrega, sapiencia, inteligencia, hasta el don de emprendimiento, como se dice ahora, avalado por haberlo demostrado, por supuesto de cualquier forma mortal, porque está dentro del ser humano hacerlo.
Se deja de admirar una vez que ese que se admira resbala, flaquea. Al admirar se debe evitar que la personalidad del admirado aplaste la propia, no le permita respirar, y la pregunta a surgir sería: ¿y cuando falle? Sin importar que sea verdad o no lo que se dice de esa persona respecto a lo que lo llevó a fallar. Siempre estamos al tris de fallar o fallarnos a nosotros mismos. Es nuestra naturaleza. Le fallamos al otro hasta cuando no cedemos en lo que el otro quiere de uno o uno quiere de él. Son los tiempos que nos han tocado vivir, una vorágine de niebla en la que se interactúa con el sol afuera, en el plano de la admiración.
El afán de justicia, religioso, moral y de amar nos convierte en pequeños déspotas o pichones de mesías. El afán de pretender lo «mejor» para los «nuestros» hace que cojeemos en nuestro deber de guía compartido, olvidando que al guiar nos guiamos, que al ver nos vemos.
Una vez que nos abrogamos el derecho, divino o no, de creernos imprescindibles, cualquiera sea el orden de la relación, cerramos los ojos para no vernos a nosotros mismos sino con los ojos del otro, que nunca son bastante grandes para verse a sí mismo con profundidad como se debería. Deberíamos ejercitarnos en ver al otro tal y como es; una vez que se exageran sus virtudes o don de gentes, una vez que no veamos cómo debemos ver, empieza a nublarse nuestro yo, y ya no vemos con claridad.
Si perdemos el juicio por lo que creemos, no le hacemos ningún bien a la meta a alcanzar. Perder el juicio tiene que ver con la personalidad de cada quien, de ver en otro «su salvador». Si no se aprende a ver por sabiduría cómo somos y son los otros, no hay educación que consiga eso. Se alcanza a verse a sí con profundidad a partir de sí mismo, en ser consciente de que lo que damos, si viene de nosotros, es mil veces tan importante que la del otro, a quien se sigue ciegamente.
Toda cualidad humana está en cada individualidad en la medida de su vida, no en la del otro que ensalzamos para cubrir la propia. El ensalzamiento lo encontramos en los políticos eternos, religiosos, en líderes de cualquier casta, al creerse que, porque hablen de la bondad, del bien, de la honestidad, de la sinceridad, etc., son mejores. No olvidemos que en el fondo somos iguales; que en la admiración excesiva también el otro va al baño al igual que uno, aunque no utilicemos el mismo papel ni el mismo lugar, que es lo que hace la diferencia, además del agua. El desencanto propio tiende a exagerar la calidad humana del otro. En fin, andémonos con cuidado con aquel —incluyendo la propia sombra— que se admira irreflexivamente.
Admiremos la perseverancia del que da lo mejor de sí mismo cada día, tanto en la relación con el otro como consigo mismo. Evitemos dejarnos encantar, admirar más de la cuenta. Hay que pensar, bajo todas las circunstancias, que rendimos cuentas por nuestros actos; pero cuando es por seguir al otro irreflexivamente, siendo en esencia igual que el otro pero sin la oportunidad del otro, es que fracasamos como personas. Hay que buscar admirar como si se pudiera caminar sobre el agua. Como nadie puede, excepto el que usted sabe, trate de admirar con cautela para que conserve su lucidez.
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