Benjamin Libet, destacado neurólogo de la Universidad de California, a partir de sofisticados experimentos publicados en el libro Mind Time: The Temporal Factor in Consciousness (2004) ha concluido que el tiempo desempeña un papel fundamental en la incorporación de los eventos a nuestra conciencia, y, por ende, a la memoria. A título de ejemplo: necesitaría transcurrir al menos un segundo para que un hecho logre pasar del inconsciente al consciente, y tres para que la amígdala y el hipocampo (áreas cerebrales a cargo de la memoria) procesen apenas el cinco por ciento de todos los estímulos que recibimos. Dicho de otra forma: el presente sólo dura tres segundos ya que el resto de los eventos simultáneamente procesados por el cerebro permanecerán como simples sensaciones alejadas de nuestra conciencia temporal.
La experiencia descrita por Borges como su más cercano encuentro con la eternidad aludida en nuestro texto recién publicado en este medio, es lo que científicamente se conoce como déjà vu o paramnesia: la sensación de que una situación nueva ha sido experimentada previamente (asunto ya abordado en la prosa de Marcel Proust, Dickens y Tolstoi). A su vez, dicho fenómeno puede subdividirse en déjà vécu, ya visto o experimentado, déjà senti, ya sentido, y déjà visité, que implica la sensación de haber conocido anteriormente un lugar nuevo. Jamais vu por el contrario, es no recordar el haber experimentado algo antes a pesar de que el sujeto sabe con certeza que sí ha ocurrido.
Aunque algunos parasicólogos y religiosos asocian el déjà vu a apariciones y clarividencias, Freud lo consideró un fenómeno de mayor complejidad concluyendo que constituía fantasías del inconsciente resultantes de los sueños diurnos. Conviene destacar que recientes experimentos conducidos en Gran Bretaña han demostrado que dicha sensación puede ser inducida de manera intencionada en un laboratorio y que algunas personas la pueden sufrir crónica o repetidamente en una especie de “constante recordar el presente”. Un soñar despiertos entre el pasado inventado, el presente real y el futuro desconocido. Un caos portador de las cuatro dimensiones einsteineanas del tiempo, en resumen.
Es pertinente resaltar aquí las variaciones experimentadas por el tiempo psíquico que viaja desde la certeza de la vigilia al abandono del inconsciente; se trata de intervalos que atraviesan las interioridades del ser, que transcurren entre los intersticios del sueño, y, abalanzados sobre la veracidad de los hechos, nos confrontan ante las vivencias. Freud afirmaba (erróneamente, a nuestro parecer) que los procesos del inconsciente no siguen cronología alguna, que carecen de toda relación con el tiempo. Sin embargo, la mente registra nuestras experiencias y éstas, a su vez, se alojan en aquél haciéndole dinámico y modificable. Los relojes biológicos, por último, niegan tal divorcio tiempo-inconciencia en tanto que ya sea por actividades bioquímicas propias de las células o gracias a la sincronización circadiana inducida por la luminosidad, nuestro cerebro funciona de forma similar a un sistema caótico en el que el tiempo fluye indistintamente mientras es capaz de sostener un biorritmo que otorga sentido y continuidad al diario vivir.
Dos esenciales pensadores contemporáneos, el malogrado filósofo galo Jean-Luc Nancy y el coreano-alemán Byung-Chul Han, en sendos iluminadores ensayos de reciente publicación han abordado el transcurrir del tiempo en el presente milenio aportando importantísimas pautas para su compresión y análisis en el contexto de Occidente. El primero habla de la existencia de un porvenir sin pasado ni futuro en el que los residentes en los (mal) llamados “países desarrollados” se perciben como partícipes de un presente en el que la historia es de mínima ayuda y el futuro aparece pletórico de dudas e incertidumbres. La imposibilidad de predecir los sucesos y el temor hacia sus consecuencias han conllevado a lo que Nancy llama “presentismo”; a que vivamos en una suerte de refugio conducente a una inamovilidad, que, producto de la desorientación ha desencadenado en un pesaroso duelo en el suceder del hombre reciente. “Una angustia o frenesí capaz de destruirnos”, en palabras suyas.
Esa historia que debería orientarnos de manera continua hacia la búsqueda de una existencia más justa está caracterizada por un deformado y degradado modus vivendi en el cual, según el francés, “Toda la historia de la civilización (…) va acompasada con una vacuidad del presente, siempre íntegramente abocado a evaluar su pasado y a preparar su futuro. Hoy, el progreso y estilo de vida occidental está electrificado, petrolizado, higienizado e informatizado. Automóvil, smartphone y residencia de ancianos son el perímetro de nuestro existir.”
Han, por su parte, nos recuerda cómo todo aquello que estabiliza la vida humana (las promesas, el compromiso y la fidelidad) requiere de tiempo; y ante su evanescencia, alerta sobre la necesidad de encontrar políticas y pautas alternativas sobre este. Nuevas formas de abordarle en las que la contemplación detenida de las cosas dice, constituirían fórmulas favorables a la felicidad; víctima de la hiperinformación y de la prisa, ese nuevo tiempo ha desencadenado en un vivir desprovisto de permanencia y duración. “Porque hoy corremos detrás de la información sin alcanzar el saber; viajamos por doquier sin adquirir experiencias; almacenamos grandes cantidades de datos sin recuerdos que conservar; y acumulamos seguidores o amigos sin encontrarnos con el otro.” Sobra acotar, pues, que urge retomar el tiempo, reaprehenderle y abandonar la tiránica computación de los relojes. Por las flores y la risa; por los niños y la poesía. Por la vida, en resumidas cuentas.
Jochy Herrera es cardiólogo y escritor. Premio Nacional de Ensayo de la República Dominicana 2024. El presente texto aparece en el libro De los objetos y el entorno (Isla Negra editores, San Juan, Puerto Rico 2024).
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