El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente soy Borges.
En La persistencia de la memoria, un joven Dalí plasmará sus obsesiones con el sexo, los sueños y la relación acontecida entre las concepciones del tiempo, en particular el subjetivo, el de los recuerdos, y aquel que deambula por los rincones del inconsciente. Es por ello por lo que, en este magnífico óleo completado por el artista en apenas unas horas, aparecen ante un paisaje de la playa catalana de Cadaqués cuatro relojes de peculiares rasgos indistintos entre sí. Uno cuelga de las ramas de un arbusto; otro, derretido, parecería distorsionar y destruir la realidad quizás reflejando su inestabilidad efímera; un tercero, que, ocultando sus manecillas, y, por ende, ignorando la inexorabilidad de nuestro transcurrir manifiesta una sugerente descomposición ―podredumbre si se quiere― simbolizada en las hormigas que le cubren. Y un cuarto reloj, posado sobre lo que parecería ser el propio perfil del pintor, insinúa su relación personal con la existencia misma.
Lo descrito tiene que ver con la encarnación no convencional de una objetividad desafiada por la visionaria concepción surrealista del espacio y el tiempo adoptada por el genial creador. En semejante acontecer onírico, los "relojes blandos" distribuidos en el cuadro marcan horas distintas, como si acaso se tratase de versiones paralelas de los hechos sucediendo en la escena simultáneamente en instantes diferentes. En un escenario aparentemente común pero que el transcurrir parece haber trastocado.
Breve historia de las épocas
El hombre primitivo, absorto en una suerte de "automatismo inconsciente", existió a merced del instinto y la supervivencia que dictaban el orden del día. Es el lenguaje, de acuerdo con los antropólogos, lo que marcará la irreversible transición de primate a ser pensante experimentada por nuestros antepasados; fue así como la comunicación verbal les permitió ordenar el entorno y establecer marcos de referencia que definieron el origen de las épocas. Una de las menciones más tempranas del tiempo como preocupación humana es la aparecida en la Biblia, primer texto occidental que intenta narrar la historia del planeta y sus ocupantes. Tanto en el Génesis como en Eclesiastés se describen los eventos formadores del presente y su propósito ulterior: el vivir en un estado lineal que anuncia la temporalidad de las cosas (lo terrenal), y una etapa posterior de carácter eterno (la Gloria).
Previo al desarrollo del cristianismo, los egipcios fueron pioneros en mostrar nuestra incipiente obsesión con lo temporal estudiando el año solar y su relación con las crecidas del Nilo y la aparición de la estrella Sirius; los griegos, por otro lado, cultivaron la meditación y con ello concibieron una verdadera "filosofía del tiempo". Así, la pregunta del sentido del ser y el mundo nace con los filósofos presocráticos liderados por Heráclito y Parménides quienes exploraron la relación naturaleza-lenguaje, el orden cósmico y la noción de perennidad. Platón, a su vez, consideró el tiempo imagen móvil de la infinitud (la cual imita al desarrollarse en círculo), concepción que supone una dependencia del mundo físico respecto al de las ideas, y del tiempo respecto a lo eterno. Para Aristóteles dicho precepto es concebido como movimiento donde lo finito y los acontecimientos forman parte de la totalidad; es de esta forma como ambos pensadores introducen una noción de "eternidad" que permanecerá intacta en las disciplinas del pensar hasta la llegada de los dictados de San Agustín (para quien lo subjetivo toma control cuando adjudica al alma, y no a los cuerpos, su verdadera medida).
Los primeros científicos premodernos, incluyendo Galileo, modificaron estas ideas al intentar integrar tiempo, espacio y materia, componentes fundamentales del mecanicismo; estudiando la gravedad o la velocidad instantánea de un cuerpo en movimiento redefinieron el cálculo infinitesimal y la relación alma-tiempo. El inglés Newton, figura cúlmine de la Revolución científica del siglo XVII, propone una pérdida del carácter trascendental del tiempo al definirle en base a la razón y la racionalidad fría; lo hace objetivo, le mide como unidad y lo asume como magnitud "puesto que en un mundo en movimiento no hay lugar para el presente". Entrados los años tempranos del siglo XX, acontece una radical transformación teórica de lo que nos ocupa a partir de la teoría de la Relatividad espacial de Einstein. El nobel alemán deja establecida la irrevocable unión tiempo-espacio sugerida por Aristóteles siglos antes, simbiosis en la que el primero forma la cuarta dimensión de la realidad, los objetos poseen altura, profundidad, y longitud y se encuentran inmersos en el devenir que los modifica.
Origen de la prisa
Una de las muestras más evidentes de la preocupación humana por el tiempo ha sido su obsesión por medirle; tanto los musulmanes como los chinos mantuvieron una visión muy precisa de él y diseñaron calendarios de acuerdo con sus creencias religiosas (la huida de Mahoma desde La Meca a Medina, en el caso de los primeros, o la rotación de los astros y el solsticio de invierno en los últimos). Las civilizaciones azteca, inca y maya, por cierto, conocieron su cálculo con una exactitud aún difícil de comprender partiendo también de la observación del movimiento de los astros. Vitruvio contaba cómo milenios antes de Cristo los sumerios de la anciana Babilonia cronometraron el transcurrir de las horas empleando relojes de agua, las clepsidras que cuantificaban el paso de un volumen líquido entre dos recipientes similares. Durante la época de Ptolomeo la cultura egipcia hizo lo propio gracias al estudio de la rotación terráquea, incluso diseñaron complejos relojes de arena; sin embargo, el hombre hubo de esperar hasta las postrimerías de la Edad Media para que se construyeran los primeros relojes mecánicos en la Europa de los siglos X y XI.
El desarrollo económico de las urbes y la progresiva especialización del trabajo conllevaron a que se hiciese necesario medir el tiempo en unidades convencionales; en otras palabras, hubo de fracturar su continuidad a fin de que las tareas fuesen estructuradas en horarios precisos, en sucesiones de fragmentos que ahora nombramos minutos, horas y días. Mientras en Oriente los relojes existieron para el casi exclusivo uso de los poderosos y dependían del ritmo natural de la trayectoria solar, en Occidente nacieron para medir el transcurrir de todos los hombres quienes, envueltos en el complejo compás del trabajo productivo, dependían de uno que ya no podía emular el ritmo de la naturaleza.
Así, el Medioevo abandona las campanas como señal de las horas y gracias a los péndulos y al dominio del metal aparece el reloj mecánico; el primero en la Inglaterra del 1326, que, tras ser reducido de tamaño varias décadas después, facilitará el surgimiento de los relojes de pulsera y de bolsillo que atarán al hombre para siempre a la precisión y la eficacia convertidas en ese esclavizante paradigmático rasgo de la hipermodernidad llamado prisa. Como muestra, hoy los estadounidenses cuentan con el reloj más exacto jamás diseñado, hecho logrado por dos jóvenes científicos empleando la rotación tridimensional de electrones en un espacio cuántico guiado por láser; los expertos afirman que este asombroso dispositivo apenas se atrasará un segundo cada quince mil millones de años.
El reloj, han dicho algunos, constituye la respuesta más obvia a la pregunta que cuestiona la esencia del tiempo; su naturaleza esférica alude a una circularidad como eterno retorno en la que el entonces se repite sin cesar en el ahora. Y a pesar de constituir la forma más estructurada de medirle, es instrumento de coacción en tanto que le organiza en invenciones simbólicas que, a pesar de pretender dominarle, culminan sujetándonos en una forma de existencia donde la velocidad, la prisa, una vez más, es el nuevo poder al que nos somete el ritmo de vida contemporáneo. Dicho de otro modo, la paradoja definida por la pretensión de emplear la velocidad para ahorrar tiempo y vivir mejor induce justamente lo contrario: disponer de menos vida. Porque la vida reside precisamente en el disfrute despojado de valor material, uno en el que el ocio y la compartición con el otro le enriquezcan y prolonguen devolviéndonos el ritmo de la contemplación, la reflexión y la creatividad.
Ficciones
En la literatura, como era de esperarse, el concepto tiempo ha sido asimilado más desde una perspectiva subjetiva o irracional que lógica. En el Fausto de Goethe, en los alucinantes viajes de Dante Alighieri y Julio Verne, y en la absurdidad de cualquier cuento de Cortázar, confrontamos una existencia (re)inventada a partir de segmentos temporales más o menos (des)ordenados. Hace más de seis décadas, en el ensayo La otra orilla, Octavio Paz enlazó aquella noción con la poesía al narrar "cómo el hombre se vierte en el ritmo, cifra de su temporalidad, y cómo el ritmo a su vez se declara en la imagen que vuelve al hombre apenas unos labios repiten el poema". En Borges, a su vez, aparece un orden y una fascinación cuasi obsesiva por el transcurrir; quizás más que en ningún otro autor, hay en él una noción que aparea lo vivencial y lo intelectual del concepto tiempo, tesis que pretende convencernos, aristotélicamente, de que este "es la sustancia de que estamos hechos…"
El mexicano Carlos Guevara Meza nos recuerda que dicha fascinación se contrapone al hecho de que los escritos borgeanos, sean narrativos o ensayísticos, no constituyen de por sí una filosofía. Entre los que personalmente definiríamos como "textos (a)temporales" destacan El Aleph, El jardín de senderos que se bifurcan, El inmortal, Elegía del recuerdo imposible y otros dos merecedores de particular atención: La historia de la eternidad, enfocada en un episodio que Borges experimenta deambulando por las calles de Buenos Aires en el cual debate la eternidad al confesar que durante esta experiencia realmente se sintió "fuera del tiempo". El segundo es Nueva refutación del tiempo, riquísimo ensayo metafísico que se sostiene en el pensamiento budista a partir de autores como David Hume y desde críticas al idealismo del siglo XVIII encabezadas por George Berkeley.
En este último texto el argentino reivindica el instante como parte constitutiva de la eternidad, de una eternidad dolorosa y trágica ya que "…Lo grave no es que las cosas terminen, sino que no hayan sucedido…". Así lo sentencia el párrafo final: "And yet, and yet… negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro." Parecería, en síntesis, que Borges debatió lo sucedido desde el instante a la eternidad, que fue enemigo de lo inexorable y, que, indudablemente, atesoró el inconmensurable poder de la memoria que hoy parece desaparecer.
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