Se registra en la Biblia que el apóstol Juan -el discípulo al que Jesús amaba-, afirmó que “a Dios nadie le vió jamas” (Juan 1:18), y esto es coherente con las declaraciones del propio Dios casi 1600 años antes, al decir: “no me verá hombre, y vivirá” (Éxodo 33:20-23). Sea una metáfora o un relato histórico de cuando Dios dialogaba con los humanos, me resulta razonable interpretar que si en algún lugar específico reside Dios para no dejarse ver en persona, es en el interior del Sol. Mi suposición también encuentra patrocinio en las palabras del apóstol Pablo, al escribirle a Timoteo que Dios “habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver” (1 Timoteo 6:16).
Para consolidar esa conclusión, agrego que aún para las más avanzadas tecnologías, penetrar al menos visualmente la capa exterior del Sol es imposible; siendo quizás la primera ley de autoconservación que aprendemos: no intentar mirar al sol directamente sin la ayuda de algún artefacto intermediario.
A lo anterior, sumemos que para algunas culturas antiguas, el principal Dios era precisamente el Sol, como el Dios-Sol al que los egipcios denominaban Ra, mismo al que desde la mitología romana se bautiza con su nombre actual: Sol, el trono de Apolo.
Lo que me parece más interesante de esa asimilación, civilizaciones tras civilizaciones hasta llegar a nuestros días, es que todas han coincidido y acertado en percibir el Sol como la principal fuente de energía, de calor, de luz y de vida en la tierra.
Que el Sol pueda ser Dios, o viceversa, me hace total sentido, pues ¿qué más importante para la vida humana?, ¿qué más invencible, espectacular e insospechable?, si es que cabe incluir alguna otra cosa en esas categorías; o, díganme, ¿qué sería del verde sin el sol?, y claro, ¿qué sería de nosotros sin lo uno ni lo otro?
El sol lo puede todo -o seguro que casi todo-, desde eso que no podemos nosotros y hasta con todos nosotros. Incluso, explica la creencia en Dios y la justifica como nada puede más. De ahí que el sol sea la principal inspiración de Dios en el hombre, y desde esta perspectiva, la génesis de esa trilogía resulta más clara: primero el Sol, luego los seres humanos, y luego, por esa necesidad cultural de ponerle un nombre a todo: Dios.
Paradójicamente, también la idea contraria resulta plausible: partiendo de su magnificencia podríamos sostener que el Sol ha venido a suplantar a Dios desde que este último prefirió no estar, al menos interactuando directamente con nosotros (y esto también conecta con la referencia bíblica inicial, ¡todo tiene sentido!). Mientras el sol nunca descansa ni deja de manifestarse de forma trascendente y esencial, Dios por igual, pero solo a través de la fe. Y así, desde tiempos inmemoriales, de cultura en cultura, el sol -en definitiva- ha quemado más neuronas que las drogas.
Dicen algunos científicos que el sol data de hace casi cinco mil millones de años; yo digo que eso no solo es improbable, también es un abuso de la creatividad y la libertad de pensar; la misma libertad que ha promovido la idea del origen del sol como un accidente interestelar. Me pregunto, cuántos milenios más serán necesarios para que la ciencia admita que la perfección no tiene explicación causal: ¡el Sol no es producto del azar!
Desde nuestros primeros días el Sol nos cautiva, nos dirige y también nos limita y disciplina; nos alimenta, al tiempo que nos enfrenta y despierta, cada día y en cada estela. Que pueda extinguirse antes que la humanidad solo podría sostenerlo la religiosidad menos racional o la ficción más surreal.
Como siempre de todos suele decirse de todo, y el Sol no ha sido la excepción, pues también ha sido sujeto de difamación; como cuando se decía que giraba alrededor de los planetas, y ay de aquellos que como Galileo Galilei pretendiesen defenderlo. Hoy se dice que hace daño a nuestra piel y que es necesario protegernos de él siempre y en todo lugar, ¡qué barbaridad! Pero aun esto sea verdad, nadie puede negar que sin el sol no puede haber humanidad, o lo que hasta ahora conocemos como humanidad; por lo tanto, a celebrar: ¡bienvenido sea el sol cada día más!
Protegernos del sol es tan imposible como entenderlo; es de nosotros y para nosotros. Y no es que no nos damos cuenta, es que poco hacemos con esa cuenta.
El sol es el único eterno retorno idéntico en nuestras vidas. Utilizando la luna como su mano derecha, hace las noches con la misma magia que el día. Por eso es tan importante en su presencia como en su ausencia, que no es tal, pues nunca deja de estar; siempre invicto y desconcertante en cada rayo. Y que forma tan hermosa de hacer creer que se va, para reaparecer cada día con exacta precisión.
El sol debería saberlo todo, al menos respecto de nosotros que siempre ha estado, desde antes que nosotros, y aún mientras otra vuelta damos. Todo transformándose y el sol intacto. ¿Quién lo ha estado alimentando? ¿Cómo será ser Sol? ¿Tendrá algún temor o le basta con saberse Sol?
Alguna vez escuché decir que debido a su unicidad quizás también sea una especie triste; pero si lo fuese, ¿por qué tanto esplendor e insuperable resplandor? Nadie que sufra de soledad exhibe tanta majestuosidad natural. Aun en el día más nublado, el Sol se manifiesta igual, nunca deja de estar y siempre termina revelando sus incontenibles ganas de vivir; saberse solo es su única posibilidad.
El Sol no conoce de dudas, descanso, enfermedades ni necesidad de vacaciones, de eso su trayectoria e invariable radiación son pruebas más que suficientes.
Pensando en el Sol he llegado a convencerme de que entre ateos y creyentes (y de ambos, entre sus cosmólogos, astrónomos, astrólogos, filósofos y curiosos) la divergencia es mucho menor de lo que comúnmente se ha pensado. Y el sol es donde todos coinciden. Por un lado, más allá de la especulación adornada por sofisticaciones científicas, todos desconocemos su diámetro, su edad e incluso su color. Por otra parte, unos le identifican como una creación de Dios y otros del Big Bang. Un desacuerdo entre palabras, diría un filósofo del lenguaje, pues en definitiva, para todos los que podemos al menos reflexionar, además de ser nuestra más maravillosa estrella, el sol es también nuestro más antiguo enigma y mayor misterio, de ahí en adelante, la ignorancia reina.
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