Cada día trae su afán, según Mateo 6:34. ¿Qué nos quiere decir esta frase bíblica? Que vivamos el presente, sin angustiarnos por lo que viene. Hay que ser agradecidos con lo que Dios nos da y hasta con lo que nos quita. Sin embargo, hay que dar lo mejor de sí en cada cosa que hagamos. Al final, se trata de servir de ejemplo para los seres queridos, especialmente para los hijos y nietos.
Esta época de reflexión nos invita a detenernos. No es una simple fecha. Se trata de una etapa de contemplación e introspección personal, familiar y social para renovar nuestra fe y reafirmar nuestras creencias. Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, envió a su hijo unigénito a vivir en carne y hueso el precio de nuestros pecados. Aquellos por los que luego murió injustamente en la cruz.
Por tanto, se hace más que necesario: repensar nuestro accionar, recargar energías, evitar excesos, hacer la paz con nosotros mismos y hasta con el prójimo. Más que preocuparse por alcohol, playa, ríos, carreteras y canes; cuestiones que podemos hacer en cualquier otro momento, lo inmediato debería ser apostar a descubrir nuestro propósito terrenal y prepararnos para lo irremediable. La vida no es injusta, simplemente es la vida.
En fin, estos tiempos difíciles, de grandes incertidumbres y retos, deben servir para pensar de manera colectiva en el país que queremos construir para próximas generaciones. Debemos asumir el compromiso con las presentes y futuras generaciones. Solo invirtiendo en la familia, formando en valores y procurando institucionalidad podemos enfrentar los malos momentos. Todo lo demás vendrá por añadidura.
Compartir esta nota