Cuando vemos análisis sobre fenómenos políticos contemporáneos ─como el Brexit, los acuerdos de paz en Colombia, o el asalto al Capitolio─ encontramos interpretaciones disimiles. Parecen provenir de individuos que habitan en mundos distintos. Pero, ¿qué significa exactamente esta expresión? ¿Cómo interpretar la afirmación de que personas con sistemas interpretativos discrepantes habitan en mundos diferentes?
Entendida como una metáfora blanda, significa que, aunque compartan una misma realidad, las personas con categorías, conceptos y presuposiciones contrapuestas tienen perspectivas tan divergentes que parecen vivir en mundos distintos.
Pero en su sentido fuerte, la metáfora remite a un problema filosófico más complejo, siempre y cuando abandonemos el supuesto de que tenemos un acceso no problemático a la realidad, sobre todo al debatir sobre los problemas del espacio público. Una mirada interesante sobre este problema es la de Walter Lippmann.
En la segunda década del pasado siglo, Lippmann escribió un libro titulado Opinión pública (Public Opinion), donde cuestionaba la posibilidad de acceder completamente a una realidad no mediatizada por los discursos y prejuicios. No es que Lippmann negara la existencia de un mundo objetivo; es que para él la realidad consiste en una red compleja e interrelacionada de hechos a los que accedemos a partir de nuestras interpretaciones.
Y, para Lippmann, nuestras interpretaciones están cargadas de estereotipos. Con este término, no se refería solamente a nuestras generalizaciones o prejuicios en torno a un grupo, sino al conjunto de relatos, modelos y categorizaciones con los que seleccionamos los datos y dotamos de sentido a la realidad. Gracias a ellos conformamos un «pseudoentorno» a través del cual miramos el «entorno real».
Por tanto, no replicamos la realidad en una especie de fotografía mental, sino que, a través de nuestros marcos conceptuales, seleccionamos determinados datos como relevantes, rechazamos otros como insignificantes y muchos son simplemente inobservados. Por esta razón, puede existir una multiplicidad de «pseudoentornos» en función de los distintos sistemas conceptuales.
Dicho lo anterior, observando el fenómeno actual de la polarización política, la confrontación pública no es el producto de un desacuerdo en la existencia de un hecho verificable. Como señala Dan Williams en «Cómo las tribus digitales rivales construyen realidades», es el resultado de una diferencia en la atención y selección dada a los datos y a las fuentes de información en función de las divergencias en los sistemas conceptuales rivales, así como en el modo que se narran y califican los fenómenos.
Por ello, una revuelta puede ser vista por un grupo de personas como una manifestación de indignación ciudadana que reclama unos derechos perdidos y, al mismo tiempo, ser etiquetada por otro como una movilización vandálica. El marco conceptual impone el tipo de observación. El espacio público no es un escenario de conflicto entre datos brutos o hechos no problemáticos, sino el contexto donde se confrontan diferentes formas de constituir los hechos a partir de sistemas interpretativos divergentes.
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