Este 23 de septiembre, el maestro Ramón Orlando convertirá el Estadio Olímpico Félix Sánchez en el foco de la memoria, la identidad y la alegría dominicana al celebrar sus cincuenta años de trayectoria artística. Un hito de esta magnitud exige no solo nuestra presencia, sino un abrazo colectivo y sin reservas de toda la sociedad.
Celebrar cinco décadas de arte no es mirar únicamente al pasado; es honrar a un creador que decidió entregar su alma a la banda sonora de nuestra cotidianidad. Ramón Orlando es, ante todo, un dominicano forjado en la nobleza de un hogar sólido, guiado por padres laboriosos. Su madre, refugio y entrega en el hogar; su padre, el inmenso Cuco Valoy, quien sembró en nuestra música autóctona una raíz profunda donde el son y el merengue se elevaron a categoría de arte mayor.
Es imposible entender la dimensión humana y artística de Ramón sin mirar esa estirpe. Cuco Valoy hizo de su música un estandarte de dignidad, convirtiendo su arte en un mural de denuncia social durante la Revolución de Abril de 1965 y manteniéndose firme frente a la opresión política en los años subsiguientes. Obras como Páginas Gloriosas destilan ese caudal patriótico que respiraba el hogar mientras aquel niño, de manos inquietas, cruzaba los umbrales del Conservatorio Nacional de Música para descifrar el secreto de los acordes del piano.
Muy pronto, ese talento precoz se transformó en genialidad. Ramón Orlando asumió los arreglos musicales y el teclado de la orquesta familiar para regalarle al país himnos inapelables de nuestra cultura. ¿Quién no ha sentido un fuerte latido en el pecho al escuchar las notas iniciales Si tú piensas que no te amo, Te extraño o Te quiero? Temas inmortalizados por su voz y por la de otros grandes intérpretes.
Con su paso por varias agrupaciones y consolidado más tarde con su propia Orquesta Internacional, el maestro se convirtió en el arquitecto de los sentimientos de una generación. Sus merengues vibrantes y sus baladas románticas marcaron a fuego la juventud de los años ochenta y noventa, entre los cuales me anoto con profunda gratitud. Logró lo que muy pocos pueden: unir el virtuosismo académico con el pulso sincero de la calle, del pueblo, haciendo que el merengue no fuera solo para bailar, sino para pensar, enamorarse, alegrarse y sanar.
Como sociedad, arrastramos una deuda histórica con nuestros creadores: solemos aplaudir tarde. Hoy tenemos la hermosa oportunidad de saldar parte de ese afecto en vida. Este 23 de septiembre no asistiremos únicamente a un concierto donde más de sesenta artistas subirán a escena para rendir tributo al maestro; asistiremos a un acto de justicia, de canto y social.
Abarrotemos el Estadio Olímpico Félix Sánchez. Digámosle a Ramón Orlando que su obra importa, que su sensibilidad nos define y que nos sentimos infinitamente orgullosos de ver en su talento el reflejo luminoso de lo mejor de la dominicanidad. Que su música siga sonando, alta y clara, como el latido indetenible de nuestra patria.
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