De las áreas boscosas que aún le quedan al Distrito Nacional, la porción más vulnerable es la correspondiente al Centro Olímpico Juan Pablo Duarte. Tal vulnerabilidad se debe a las intensas actividades cotidianas de corte deportivo que se efectúan en el lugar, y a los eventos masivos de carácter artístico, religiosos y políticos que se realizan. Pero a todo esto debe agregarse otro factor que conspira contra su existencia: no tener, al menos, algún tipo de protección legal. Al parecer, la vegetación del Olímpico constituye un simple accesorio o adorno de corte natural, del cual se podría prescindir. Esto se desprende de una lectura superficial de los documentos fundacionales de la institución.
En 1966 fue iniciada su construcción, que concluyó en febrero de 1974, cuando sirvió de escenario a la celebración de los XII Juegos Centroamericanos y del Caribe. Para el año 2003, en que se llevó a cabo en el país una nueva edición de los juegos regionales, las autoridades remodelaron y construyeron nuevos pabellones y complejos deportivos, para lo cual se redujo considerablemente la vegetación existente; sin contar las partes recortadas para destinarlas a la ampliación de avenidas y construir pasos a desnivel.
También debe indicarse que, en su interior se han construido instalaciones ajenas a la educación física y la recreación, como son dos destacamentos: uno para la Policía Nacional y otro para el Ejército Nacional. Más tarde se edificaron las tres estaciones del Metro de Santo Domingo.
Algo a destacar es que desde sus inicios “El conjunto de obras deportivas fue complementado con un gran proyecto de arborización, que según estudios de un especialista de la época, bajaría dos grados a la cálida temperatura de la capital dominicana” (“Historia del Centro Olímpico Juan Pablo Duarte”, https://colimdo.org/pagina/historia-del-centro-olimpico-juan-pablo-duarte/).
Se sabe que la finalidad de su construcción fue promover la práctica y competición deportivas, tanto a nivel nacional como internacional. A pesar de esto, afortunadamente, con el pasar del tiempo se fue convirtiendo en un pulmón muy vital para el centro urbano de la Capital dominicana. Ello se debe, justo es recordarlo, al entusiasmo y correcta valoración ecológica del principal mentor del proyecto, Juan Ulises García Saleta, quien, junto a un diligente equipo de personas comprometidas con la preservación de la flora y el medio ambiente, lograron levantar una arboleda que las generaciones posteriores tenemos el deber de preservar, precisamente por estar desprovista de protección legal.
Conste que este lugar ha sido escogido por centenares de personas para realizar sus caminatas diarias. Por lo tanto, más allá de los objetivos que invocaron su creación, hoy en día, este lugar ha adquirido otras funciones dignas de tenerse en cuenta.
Dicho lo anterior, nos asaltan varias preguntas: ¿De qué manera puede preservarse la superficie boscosa del Olímpico, sin tener que renunciar a los fines que determinaron su creación? ¿Quién o quiénes tienen la potestad de decidir la tumba de árboles dentro de su perímetro? ¿Se justifican las impugnaciones hechas por la fundación Wiche García Saleta y activistas ambientales, frente al desarraigo de centenares de árboles efectuado en julio de 2025? ¿Cómo explicar que semejante acción se efectuara justo en el momento en que la opinión pública estaba volcada casi por completo en el problema de la anunciada intervención de un lateral del Jardín Botánico? ¿Qué significado encierra las declaraciones del ingeniero Kelvin Cruz, ministro de Deportes y Recreación, al expresar que se había enterado del derribe de los árboles a través de los medios de comunicación, y que no estaba de acuerdo con tales acciones?
Una de las razones es que, al parecer, existe una duplicidad institucional que genera confusión al momento de decidir qué hacer frente a las decisiones que comprometen parcial o totalmente su existencia. Lo anterior quedó evidenciado a raíz del corte de árboles perpetrado en el lugar durante el mes de julio pasado, con la finalidad de llevar a cabo trabajos de construcción y remozamiento de establecimientos deportivos con miras a la celebración de los Juegos Centroamericanos y del Caribe 2026.
Aquí cabe nuevamente poner en tela de juicio la validez de la concepción antropocéntrica enarbolada por la racionalidad occidental que, de tanto enfocarse en valorar como digno y valioso únicamente al ser humano, descuida el resto de los seres vivos, incluyendo los que conforman el reino plantae.
Tomando como marco referencial las ideas anteriores, lo ocurrido en el Centro Olímpico no puede pasarse por alto, pues talar alrededor de 900 árboles en un sector tan densamente poblado y contaminado constituye un daño irreparable para el bosque del Olímpico, convertido en una especie de ecosistema donde ubican su habitad centenares de insectos, aves y reptiles.
Por otra parte, en la depredación de árboles llevada a cabo hay que poner de relieve la meticulosa estrategia oficial trazada para que semejante medida pasara desapercibida, no solo para la opinión pública sino inclusive para la principal autoridad del Ministerio de Deportes y Recreación (MIDEREC).
Una cronología de los hechos indica que la primera denuncia ecológica contra el corte de marras, la emitió la Fundación Wiche García Saleta, asegurando que se había afectado 300 árboles, muchos de ellos adultos, con lo cual se estaba llevando a cabo la tala más grande que ha sufrido el Centro Olímpico en toda su historia (Nuevo Diario, Sección Nacionales, 16 de julio 2025). Poniendo de manifiesto el modus operandi a toda vista arbitrario, la entidad inquirió en los criterios técnicos y forestales de dicha medida, resaltando la forma acelerada de su ejecución, mientras calificaba el hecho como un atropello, tras asegurar que “ya el gran daño está hecho” (Fuente citada).
A diferencia de la explicación ofrecida en torno a los trabajos del Jardín Botánico, en lo tocante al Centro Olímpico no se trataba de cortar árboles para ampliar una ruta vial, sino de la construcción, reconstrucción y remozamiento de instalaciones deportivas que servirían de escenarios para los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026.
Pero, contrario al Jardín Botánico, amparado en la Ley 64-00 que le otorga autonomía funcional (declarándolo patrimonio natural con personalidad jurídica propia), en lo tocante al Centro Olímpico Juan Pablo Duarte, cuya vegetación es un verdadero oasis en medio de grandes avenidas y enormes torres, ninguna normativa puede invocarse con miras a su protección.
La Fundación Wiche García Saleta, que emula el legado deportivo de uno de los fundadores del Centro Olímpico (quien impulsó desde el inicio la siembra de árboles y la limpieza del lugar), deploró la extracción de árboles: “Estamos indignados con la forma en que se ha agredido el área boscosa del Centro Olímpico; resulta penoso, que quienes se suponen que están para velar por su protección, sean precisamente quienes han autorizado estas talas” (“Fundación Wiche García Saleta denuncia grave deforestación en el Centro Olímpico”, Cadena de Noticias CDNDeportes, julio 16, 2025).
La ONG señala que entre los árboles cortados figuran caobas y otras especies adultas que costará más de veinte años restaurarlos, razón por la cual solicitaron una copia del permiso ambiental otorgado para ejecutar el corte, advirtiendo “que extrañamente, esta tala se está haciendo aceleradamente” (Fuente citada).
Ante la gravedad de los hechos, y al no disponer de información oficial acerca de lo acontecido, Bernardita García, presidenta de la Fundación Wiche García Saleta, acudió al Programa Show del Medio para dar a conocer la deforestación que se estaba perpetrando. Al ser llamado, en vivo, y cuestionado por Iván Ruiz, conductor del programa aludido, el ministro de Deportes y Recreación Kelvin Cruz manifestó: “Me enteré por los medios de comunicación, y cuando ya estaba realizado el hecho (se refiere a la tala); pero inmediatamente e indignado llamé a los responsables para que dieran una explicación, y me dijeron que la Federación de Béisbol pidió esos espacios, pero yo no estoy de acuerdo” (Listín Diario, 22 de julio de 2025).
Es importante remarcar que estas acciones de cariz arbolo fóbico se estaban consumando en el Centro Olímpico en momentos que sectores ambientalistas impulsados por el cineasta José María Cabral, promocionaban una intensa campaña para la realización de la “cadena humana” en defensa del Jardín Botánico. De ahí que los trabajos se efectuaran de manera acelerada, pues había que ganar tiempo.
Puede advertirse la fina estrategia de manipulación de la opinión pública, orquestada mientras la población tenía centrada una atención casi total en la defensa del Botánico. Se trata de una socorrida táctica a la que suele recurrirse dentro del pragmatismo político cuando, determinados planes y medidas no cuentan con el beneplácito de la ciudadanía. Lo ocurrido debe hacernos conscientes de los enormes riesgos que corre no solo la arboleda del Olímpico o el Botánico, sino el conjunto del patrimonio natural en nuestro país, dentro de un estado Nación en que muchas veces el funcionariado actúa de manera caprichosa, aviesa o ceñida a intereses personales o de grupos.
Las muestras de indignación del ministro de Deportes y Recreación, tras confesar ignorancia en torno a los árboles arrancados en un lugar ubicado bajo su cargo y jurisdicción, sin su consentimiento, arrojan al menos tres lecciones importantes.
La primera es que debe mantenerse una actitud de sospecha frente a las declaraciones y ejecutorias de las autoridades gubernamentales, principalmente cuando dirigen áreas tan sensibles y donde convergen tantos intereses como en el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (recuérdese el caso de Orlando Jorge Mera, ministro asesinado en su despacho supuestamente por una decisión de carácter ambiental, en junio de 2022).
La segunda es que la ciudadanía debe mantenerse vigilante y con actitud de empoderamiento, pues los distintos gobiernos no siempre están dispuestos a actuar conforme a las leyes establecidas en el campo ambiental, ni a ser coherentes y firmes ante los apetitos desbordados de individuos y sectores particulares, para los cuales el patrimonio natural dominicano puede venderse, comprarse y donarse. Por tanto, hay que redoblar los esfuerzos en procura de poner un muro de contención frente a las actitudes indolentes o voraces en lo que concierne a la conservación de nuestras formaciones boscosas.
Tercera, renovar el compromiso de promover una mayor conciencia de la enorme valía que encierra el mundo vegetal para la supervivencia de los animales humanos y no humanos, así como para dar garantía al conjunto de condiciones que permiten que la vida sea posible en nuestro Planeta.
Por todo lo antes dicho, en referencia a la pregunta que sirve de título al presente escrito, planteo que quien debe dar la cara por los árboles del Olímpico es la ciudadanía capitaleña, que no puede delegar en manos de las autoridades oficiales, el resguardo de uno de los pocos pulmones que ayudan a purificar el ambiente y a regular el clima en el área del Distrito Nacional.
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